
Caballería
de línea de La Romana. (Richard
Knötel, 1857-1914)
Tiro de
mulas (AFCM)
Caballo
cochero, Madrid 1908 (AFCM) |
Problemas de intendencia. El principal demandante
de caballos en España fue su ejército. Las quejas por no encontrar caballos aptos
para el servicio del ejército son constantes en todos los autores
consultados. El problema lo achacan a dos aspectos: la cantidad y la calidad.
Ya hemos visto el estado de abandono en que se encontraba el sector
productivo, estado que por sí sólo explicaría la baja cantidad y calidad de
nuestros caballos, pero no fueron esas las únicas razones por las que el
ejército no hallaba caballos con los que dotar sus regimientos, ya que
también había cambiado el criterio de compra de los militares; las Ordenanzas
Militares elevaron la alzada mínima para la compra de caballos de remonta,
posiblemente a imitación de otras ordenanzas europeas: “Entre
los nuestros he observado y experimentado, que los que tienen más constancia
y resistencia para la fatiga, así en el tiro, como montados, son los de
mediano cuerpo, esto es de la marca, y hasta tres dedos más, y es que el
caballo andaluz nunca ha sido grande hasta que modernamente se ha dado en
este desacierto, y lo prueba lo antiguo que es en la Ordenanza Militar haber
tasado las siete cuartas para el servicio del ejército”. (Pomar, Pedro
Pablo de. 1793. Causas de la escasez y
deterioro de los caballos de España)
Esta modificación de la
alzada mínima de los caballos del ejército excluía a muchos buenos caballos
que, al no encontrar comprador, se depreciaban, causando el correspondiente
perjuicio económico a los ganaderos y desmotivándoles aún más. La reducción del censo
y el aumento de la alzada mínima causaron que el ejército se encontrara con
grandes dificultades para conseguir suficientes caballos para su remonta, e
incluso, durante la Guerra del Rosellón (1793-1795), se vieron obligados a
comprar jacas y rocines que no llegaban a la marca. A estos contratiempos
se sumó, al parecer, el sabotaje de la Francia revolucionaria: “Cuando cierta nación de Europa no pudo
conseguir hacerse con nuestras selectas castas de caballos, ni paralizar su
fomento en los años de 1794 a de 1796
dirigió comisionados a las Andalucías para que comprasen, como lo
hicieron, todos los potros más sobresalientes de las finas razas, y los
matasen en las cuadras, como se verificó con muchos, hasta que el Gobierno,
instruido, pudo evitar tan criminal intento con la persecución a toda costa
de dichos comisionados” (Cerveriz y Sobrino, Francisco Javier de. 1835. Sobre la cría caballar) Requisas. La Guerra de
Independencia (1808-1814) supuso el golpe de gracia para la ya maltratada
cría caballar española. Las pocas ganaderías que habían podido mantener la
calidad de sus caballos vieron cómo el ejército requisaba sus potros y
sementales, la guerrilla incautó sus potras y yeguas domadas y el ejército de
Francia les robó lo que aún no había sido requisado. Las falta de caballos sementales
se notó durante varios años: “Tal ha
sido el fomento que ha recibido la cría caballar con la nueva ley en unas
provincias donde no habiéndose podido reparar la carencia tan absoluta de
caballos padres, a que nos redujo la guerra de la independencia, han quedado
sin cubrirse solo en el reino de Sevilla,/…/ al pie de catorce mil yeguas por
carecer de sementales”. (Laiglesia y Darrac, Francisco. 1851. Memoria sobre la cría caballar de España) Las requisas de
caballos, por parte del ejército, eran habituales en estado de guerra, y las
guerras eran demasiado habituales en España:
“…si consideramos las múltiples e incesantes
guerras, revoluciones, motines y asonadas que se han sucedido en este país en
el presente siglo y en el anterior; si consideramos el papel importante,
necesario que juega en ellas la caballería, y si consideramos por otra parte
que en las de larga duración todo se conmueve, todo se trastorna y mucho
perece, forzosamente habremos de convenir en que ésta es una (entre las
indirectas) de las más principales causas de decadencia,” (Sánchez
González, Simón. 1880. Estado actual de
la cría caballar en España) Mucho era el daño
causado a los propietarios al privarles de sus caballos y, sin embargo, era
escaso el provecho que obtenía el ejército, porque la falta de entrenamiento
y/o condiciones físicas no les
permitía soportar los trabajos y penalidades de la guerra: “Abolir totalmente las requisiciones,
porque de ellas solo es momentáneo el mayor número de caballos en los cuerpos
del ejército, en razón de que mezclándose el caballo doctrinado con el rocín,
indócil y resabiado, el cuidado con esmero y regalo con el que solo ha comido
verde o paja, el poltrón con el fatigado, el de paso de andadura con el
trotón &c. &c., mudan todos de pronto su régimen habitual de vida,
enferman, quedan inútiles o mueren, como por desgracia lo ha comprobado la
experiencia desde el año 1836 por los cinco años, durante los que se
estuvieron surtiendo los regimientos de caballos requisados, cuya experiencia
es más que todos los razonamientos que pudiéramos hacer”. (Casas, Nicolas. 1843. Tratado de
la cría del caballo, mula y asno) El ejército español, al
contrario que el resto de ejércitos europeos, no usaba caballos castrados en
su caballería, sólo utilizaba caballos enteros, por lo que ellos eran el
objetivo principal de las requisas: “en
España solo se conoce el uso del caballo entero, pues aunque en cada cuerpo
se han encontrado siempre cierto número de capones, han debido su origen a
los enteros que por circunstancias particulares se han mandado castrar”.
(Sánchez González, Simón. 1880. Estado
actual de la cría caballar en España) Los ganaderos veían con
impotencia como les arrebataban, cuando por uno y cuando por otro conflicto,
sus sementales, causándoles un grave trastorno en sus ganaderías y la lógica
decepción, desconfianza y apatía: “La
rigurosa requisición que se verificó de todos los caballos padres fue, a mí
parecer, mas destructora que la que hicieron de las yeguas los franceses y
cuerpos francos; porque de sus resultas los criadores apenas encontraron
caballos que tuviesen la potencia de procrear, y se veían obligados a que sus
yeguas se cubriesen por el primero que encontraban, por malo que fuese. De
aquí procedió que los hijos fueron cada día menos robustos, y el que se
propagase una generación, que reunía por esencia los mayores defectos.” (Proyecto sobre la mejora de la cría de
caballos, presentado al gobierno por el inspector general de caballería el
Mariscal de Campo Don Francisco Ferraz”. 1821) “Que esto sea así no hay que dudarlo: las guerras que según
dejamos expuesto han desolado en tantas ocasiones este país, hicieron
indispensables las requisiciones, llegando en algunos casos y durante la de
la Independencia, a recogerse caballos de todas condiciones por Decreto del
20 de Marzo de 1809. Potros de tres años y siete cuartas menos tres dedos por
el de 1° de Octubre del mismo año; y por último, ¡llegaron a requisarse hasta
las yeguas! (Sánchez
González, Simón. 1880. Estado actual de
la cría caballar en España) Con los frutos de las
yeguas preñadas que quedaron se pudo, al cabo de los años, remontar algo la
situación: “¿Mas acaso los estragos de
tan desoladora campaña pudieron alcanzar a destruir enteramente la semilla de
tan privilegiadas castas? No por cierto: paralizó enteramente su fomento:
redujo su número a la menor expresión, y hallándose ya sin medios hábiles
para sostenerse, caminaba al último punto de su desgracia; pero conservando
aun la línea de descendencia, o llámese en lenguaje provincial su fe de raza,
como cualidad esencial en esta granjería» (Cerveriz y Sobrino, Francisco
Javier de. 1835. Sobre la cría caballar) Al terminar la guerra,
las partidas de la guerrilla (que montaban en yeguas porque los caballos ya
habían sido requisados por el Gobierno) se integraron en el ejército. Dado
que la caballería española usaba caballos enteros, las yeguas que montaban
los guerrilleros no podían entrar en formación con sus jinetes y fueron
vendidas. La gran mayoría procedían del sur y eran yeguas andaluzas de buena
casta pero en lugar de reintegrárselas a sus dueños, o al menos a su zona de
origen para que pudieran haber sido útiles en el mantenimiento de la raza, se
vendieron en los lugares en que permanecían acantonadas las unidades y la
mayoría acabaron dedicadas a la cría mulatera: “En el año de 1815 quedaron amalgamados en los cuerpos de caballería
del ejército todos los francos y partidas de guerrilla, de cuya operación
resultó en los regimientos un crecido número de yeguas, las cuales, si se
hubiesen introducido en Andalucía y repartido entre los mejores criadores,
hubieran procreado con bastante utilidad; mas desgraciadamente no ocurrió tal
pensamiento al Gobierno, y los regimientos vendieron sus yeguas en el paraje
en que se hallaban acantonados sufriendo la suerte de ser en su mayor número
destinadas al uso del garañón”. (“Proyecto
sobre la mejora de la cría de caballos, presentado al gobierno por el
inspector general de caballería el Mariscal de Campo Don Francisco Ferraz”,
1821) No tenemos datos sobre
el número de caballos requisados por el ejército francés durante su ocupación
de España pero suponemos que sería muy cuantiosa dado la extrema necesidad de
caballos que padecía. Las numerosas campañas de Napoleón habían consumido
95.000 caballos en cuatro años, de los que 40.000 correspondían a 1809. Para
la campaña de Rusia habían estimado sus generales que necesitaba 150.000
(35.000 para la caballería ligera) y en 1812 los depósitos nacionales
franceses sólo le podían ofrecer 47.000 de entre todos los tipos (pesados,
semipesados y ligeros) y sin adiestrar. Entre las pérdidas del
censo equino español achacables a Napoleón, además de los que murieron en el
frente y de los que expoliaron, hay que contemplar también los 1.600-1.700
caballos enteros que componían el cuerpo expedicionario del marqués de La
Romana y que quedaron abandonados en Dinamarca, o en poder del ejército
francés, el 21 de agosto de 1808, cuando el marqués y 9.000 soldados
consiguieron embarcarse y regresar a España. Bajo precio. El ejército era, como
ya hemos dicho, el principal consumidor de caballos y tenía derecho de
preferencia sobre las transacciones de los potros, de forma que antes de efectuar
una venta, el ganadero estaba obligado a dar aviso a las autoridades por si
el ejército estuviese interesado en su adquisición. Pero los precios pagados
por éste eran muy bajos y no producían ninguna rentabilidad:“Esta causa, lo diremos de una vez, la
hallamos en ser la cría caballar gravosa a todo el que la emprenda, por la
sencilla razón de que el precio que en la actualidad tienen y a que se pagan
los caballos, no subsana los gastos que origina su crianza, esto unido a su
difícil venta. Si lo contrario sucediera, esto es, que los caballos se
pagaran bien y su venta fuese pronta y fácil, seguros estamos de que entonces
veríamos que, con ansia y ardor, había quien se dedicase a criar caballos de
todas clase” (Soto, Julián. 1862. Cría
caballar) Los precios no
solamente eran bajos sino que no se revisaban. En el medio siglo trascurrido
entre 1828 y 1878, el precio que tenía consignado el ejército por cada
caballo no varió: “Para la remonta
ordinaria de 1387 caballos con destino al Ejército tiene consignado en los
presupuestos del ejercicio pasado de 1878 a 79 la suma de 1.109.600 pesetas
al respecto de 800 por caballo, o sea 3200 reales cantidad igual exactamente
a la que se asignaba en el año de 1828”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en
España) Siendo el ejército el
principal cliente de los ganaderos y ofertando precios tan bajos se comprende
que no tuviesen interés en criar potros:
“…saben también lo perjudicial que ha sido esto para la cría caballar, porque
el ganadero no tenía estímulo ni reintegraba sus gastos con el bajo precio a
que vendía sus mejores caballos, dando por resultado que en los últimos años
ha reservado a las remontas los potros que no había podido vender antes y a
mejor precio a los particulares; hechos muy significativos, de muy triste
augurio para la caballería de nuestro ejército, sobre los cuales llamamos
seriamente la atención de quien corresponda, ahora que aún es tiempo”. “De seguir como
está, al tipo de 800 pesetas por caballo, lo confesamos sinceramente, llegará
un día, acaso no lejano, que el Ejército no podrá remontar por completo sus
escuadrones; se le reservará lo que los particulares no hayan adquirido por
defectuoso, la cría caballar languidecerá más de lo que se halla, porque el
particular y el ganadero no harán gastos que no esperen ver remunerados: y
cuando estemos sin caballos, y necesitados de ellos, habremos de buscarlos
donde los haya, si quieren y pueden dárnoslos, pagando acaso con sobradas
creces, si es que no usura, las economías y ahorros que hoy y de algún tiempo
a esta parte, mal aconsejados sin duda, persisten; los Gobiernos en sostener. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en
España) La escasez de caballos
llegó a tal límite que con ocasión de la tercera guerra carlista (1872-1876)
el Gobierno se vio en la necesidad de adquirir caballos en el extranjero para
montar a sus unidades de caballería: “¡Es
preciso hablar claro, es necesario manifestar la verdad, toda la verdad! La
cría caballar en España está, o se halla actualmente en una lamentable
decadencia; disminuido su número hasta un extremo que apenas si cubre las
necesidades más perentorias del Ejército, según hemos visto recientemente, y
demostrado con la importación de caballos que se hizo de Hungría y África en
la última guerra civil”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en
España) Para la remonta del año
79 autorizaron que se pudiera aumentar 25 pesetas por potro: “Sabemos y lo consignamos con verdadera
satisfacción que la Dirección del arma de Caballería, autorizada por el
Gobierno ha facultado a las comisiones de remonta para que aumenten hasta 25
pesetas en la adquisición de cada uno de los potros que las mismas debieron
adquirir en el pasado año”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en
España) A finales de siglo, los
precios aumentaron algo más: “Los
precios a que se venden los caballos varían mucho según su clase, edad,
aptitudes y provincia donde se compran. El Ejército paga un precio medio de
550 pesetas por los potros de dos años, 875 por los de tres años, 1.000 por
los de cuatro años, de 900 a 2.000 pesetas por los caballos domados; el
precio medio del caballo de silla andaluz es de 1.500 pesetas, vendiéndose
algunos ejemplares de punta a 2.000, 3.000 y aun a 4.000 pesetas; los
caballos de tiro ligero se venden de 4.000 a 6.000 pesetas la pareja, y los
pocos que existen de tiro pesado suelen venderlos de 1.500 a 2.000 pesetas
cada caballo”. (Molina Serrano, Eusebio. 1899. Cría caballar y remonta) El ejército seguía
siendo el principal consumidor de caballos. A finales del XIX contaba con un
efectivo de 19.331 equinos, entre caballos y mulas, de los que 10.482
correspondían a Caballería, 3.850 a Artillería, 2.092 a la Guardia Civil y el
resto a los demás cuerpos (Molina Serrano, 1899) En cuanto al asunto de
la alzada mínima, el ejército se había dado cuenta de que su modificación,
además de reducir la oferta, había forzado a los ganaderos a aumentar la
talla de sus productos descuidando otros factores más importantes. De poco le
servían los caballos grandes si carecían de resistencia, armonía, agilidad y
carácter: “En 1852 se ordenó a las
remontas por la subdirección de estos establecimientos, con aprobación del
jefe superior del arma, que se diera la preferencia a la conformación y no a
la alzada en las compras de potros.” (Cotarelo, Juan. Gaceta Militar, 21 de diciembre de
1858.) El pertinaz problema de las mulas. Desde el reinado de
Enrique IV se mantenía la prohibición del uso del garañón para la producción
de híbridos en Extremadura, Andalucía y Murcia, con el fin de limitar la cría
de mulas y, al menos desde Felipe II, se mantuvieron restricciones (que nadie
cumplía) para el uso de las mulas en el tiro de coches. El uso de la mula era,
a juicio de los entendidos, el inconveniente principal que se oponía a la
normalización de la cría caballar en nuestro país y fue muy denostado por
todos los que pretendían fomentar la cría caballar en España pero, en
realidad, el labrador español no podía prescindir de ellas. El uso de vacas o
bueyes para labrar las tierras era adecuado para labradores que no tenían
muchas fincas o que se encontraban próximas a su pueblo (como en las comarcas
norteñas) pero, con el desarrollo de la agricultura y la roturación de
montes, eriales y dehesas, que quedaban muy distantes de los núcleos
habitados, resultaban inoperantes dado la lentitud de su paso. En España, por
el tipo de terreno y clima, los caballos pesados de tiro resultaban
ineficaces y costosos de mantener. Las mulas hacían el mismo trabajo siendo
mucho más resistentes, frugales y austeras. El precio de una mula era tres
veces superior al de una buena yegua y además tiene el inconveniente de ser
estéril; ningún labrador hubiera hecho ese dispendio si no fuese por
perentoria necesidad: “porque es necesario tener presente, que
no es la preocupación ni el capricho lo que viene haciendo necesarias las
mulas, sino la necesidad que en España se tiene de ellas, siendo como es, si
no imposible, muy difícil al menos que en este país de circunstancias
especiales, se vean sustituidas por el caballo de tiro: porque en nuestro
suelo, caliente y seco, será siempre necesaria, la muía, y de ningún modo
reemplazada ventajosamente, por el caballo”. (Soto, Julián. 1862. Cría caballar) La demanda de mulas era
muy alta y se pagaban mucho mejor que los caballos: “La
persistencia en la cría del producto híbrida de que nos ocupamos, es debida a
los muchos y excelentes servicios que presta; a que, sobria por naturaleza,
se cría con menos cuidados y gastos que el caballo; se vende más fácilmente y
a mejor precio; consignado queda en otro sitio que vale un potro para la
remonta a los tres años 825 pesetas, mientras se paga por un lechal (muleto)
acabado el destete o poco después 500. Esto sentado, fácilmente deja
comprender la inclinación, la tendencia natural que se observa en el labrador
y ganadero en pequeño a la cría de muías con preferencia al caballo”.
(Sánchez González, Simón. 1880. Estado
actual de la cría caballar en España) Pero la mula o macho
son estériles y se consigue mediante el cruce del burro con la yegua (también
se logra del caballo con la burra, en cuyo caso se llama burdégano,
comercialmente mucho menos interesante). Esto supone que la yegua dedicada a
la producción mular no produce caballos y que si la demanda de mulas es muy
elevada (como lo fue) se destinan muchas yeguas al garañón y la producción de
caballos decae en la misma proporción. Las medidas coercitivas
que impedían la extracción de yeguas de Extremadura, Andalucía y Murcia al
resto de las regiones o al extranjero no sirvieron de nada. Los extranjeros
siguieron sacando caballos y yeguas y los manchegos y valencianos siguieron
criando mulas con las mejores yeguas andaluzas: “La inmediación de esta provincia facilita que se estén sacando continuamente las más escogidas yeguas
de Andalucía, que de potrancas de
tres años van a buscar, y ofrecen de primer bote sesenta, y más doblones por
cada una, habiendo también patricios en los pueblos, que de antemano se las
tienen escogidas, y se las conducen a sus propios lugares; no siendo fácil
averiguar estas maniobras fraudulentas” (Pomar, Pedro Pablo de. 1793. Causas de la escasez y deterioro de los
caballos de España) Al ser la producción de
caballos onerosa y la de mulas muy rentable, los mulateros podían ofrecer
buenos precios por las mejores yeguas, quedándose los yegüeros con las
peores. Si la cría caballar hubiese sido rentable, los criadores nunca se
hubiesen desprendido de sus mejores ejemplares: “Es comunísima la diligencia en los manchegos de pasar a comprar por
sí o por comisionados ladinos a las Andalucías, las mejores yeguas que pueden
hallar, valiéndose de la penuria de los tiempos, y del atraso de algunos
mayorazgos, o pelantrines para ponerlos en la precisión de vender las yeguas
que desean, y que pagan sin reparo a un tercio o a una mitad más del valor
metálico, que es el común en aquella época”. (Amar, Antonio y otros.
1818. Informe sobre la mejora y aumento
de la cría de caballos) Además de resultar
imprescindibles en la agricultura, también lo eran en la arriería. La falta
de carreteras en España hacía que gran parte del transporte interior de mercancías se realizase a lomos de animales
de carga, normalmente mulas pero también burros y jacas. Para transportar el
mismo peso que llevaba un carro tirado por cuatro mulas hacía falta más de
doce mulas: “El que examine el peso que
lleva un carro catalán desde Barcelona a Madrid con solas cuatro mulas yendo
por Valencia, y calcule el que puede llevarse a lomo por el mismo paraje,
hallará que doce de los mejores machos o mulas no podrían portear lo que el
carro dicho”. (Amar, Antonio y otros. 1818. Informe sobre la mejora y aumento de la cría de caballos) Tal vez hubiese sido
mejor que el Gobierno organizara la cría de mulas, ya que, su demanda era tan
elevada que no bastaba con las criadas en el país y había que importarlas de Francia. Las mulas
de importación debían pagar al pasar la frontera 40 reales, sin embargo, eso
no fue obstáculo para que anualmente se importaran desde Francia mulas por
valor de 2.000.000 de pesos. Cabe recordar que el valor de la lana que la
Mesta exportaba ascendía a 4.000.000 de pesos y estaba considerada como la
mayor partida procedente de la exportación en España. Si se importaban desde
Francia no era por considerarlas mejores sino por pura necesidad: “Sobre todo, las que se crían en
Andalucía, Cataluña y León, en Castilla la Vieja, de cuyo punto son
trasportadas para su recría en las llanuras de la Mancha, donde merced a los
pastos, aguas y condiciones climatológicas de la localidad, adquieren
suficiente desarrollo, buenas formas y una energía y valor que hace se las
considere como las primeras mulas de España y las mejores del mundo”. (Sánchez
González, Simón. 1880. Estado actual de
la cría caballar en España). De hecho, los franceses solían comprar
lechuzas en España y, una vez recriadas, nos las volvían a vender. Negándose a ver la
realidad, los gobernantes lucharon con todos sus medios contra este hábito.
En la agricultura y la arriería tenían que hacer la vista gorda porque su
prohibición hubiera supuesto muchos más males que el que se pretendía
solventar, pero en el ejército impusieron el uso del caballo de tiro, tal y
como hacía el resto de países europeos:
“Las mulas, y especialmente las
manchegas, son superiores, y serían mejores y más abundantes si la
Artillería, con mejor criterio científico, dinámico y económico de sus
motores animales, en vez de pagar 1.500 o 2.000 pesetas por esos inverosímiles,
tragones y enfermizos caballos extranjeros, que no darán jamás en nuestro
país tan buen resultado como las mulas, pagasen por las manchegas de 1.000 a
1.500 pesetas”. (Molina Serrano, Eusebio 1899. Cría caballar y remonta) Uso del coche. Durante muchos siglos,
todos los caballeros e hidalgos pudientes de España, estaban obligados a
mantener caballo o caballos, según su hacienda, para contribuir en las
guerras del Reino. Con el paso del tiempo y la lejanía del peligro, esas
leyes se fueron relajando y el número de caballos reduciendo. Las mejoras
técnicas en la construcción de los coches hicieron que la población los
prefiriera para viajar y se desprendiera del caballo de montura. Esto no
fomentó la cría del caballo de tiro ligero ya que se prefería un tronco de
mulas a uno de caballos por ser éstas más sufridas y de mucho más aguante. En 1578, Felipe II
ordenó que, excepto para viajes de cinco o más leguas, se cambiaran los tiros
de mulas de los coches por troncos de cuatro caballos, bajo pena de la
pérdida de las mulas, coches y aparejos. Felipe III renovó, en la Pragmática
de 1600, las mismas órdenes, con las modificaciones de que prohibía los tiros
de seis caballos, ya no obligaba que fueran de cuatro, sino de dos y
autorizaba el uso de dos mulas en los coches que viajaran fuera de la corte a
aquellos que justificasen ser labradores de veinticinco fanegas o más. Felipe
IV ordenó publicar la Pragmática de 1625 reiterando lo ordenado por Felipe II
bajo multa de 40.000 maravedís para el dueño del coche y el destierro durante
un año para el cochero. Ante el reiterado incumplimiento, Carlos II publicó
un bando por el que prohibía sin excepción, el uso de mulas en los coches,
estufas, calesas o cualquier otro tipo de carruajes, dando un año de plazo
para el cambio de las mulas por caballos, excepto para los viajes fuera de la
corte. Fueron muchas las
disposiciones gubernamentales prohibiendo el uso de mulas en los coches pero
sus resultados fueron pobres y efímeros. Sin embargo, a finales del siglo
XVIII, la adopción de modas extranjeras sí logró lo que durante tres siglos
no habían conseguido los Reales Decretos, Pragmáticas, Bandos Reales,
sanciones o amenazas de requisición; que se cambiasen por tiros de caballos. Pero esto tampoco
benefició a la cría del caballo español porque se tenía la opinión de que no
tenía la talla suficiente como para destinarle a este servicio y se optó por
la importación de las razas que en Europa eran más usadas en estos
menesteres: “No negamos tampoco que
prestan algún servicio en los carruajes de lujo en la corte y provincias,
efecto de la ligereza que en el día tienen los coches, pero que están muy
lejos de competir con las elegantes razas de tiro extranjeras, porque les
falta alzada, longitud de los cuellos, energía y otra porción de
circunstancias que dejamos consignadas en su debido lugar”. (Cubillo y
Zarzuelo, Pedro. 1879. La verdad en la
cría caballar) Aunque en muchos casos,
ese argumento no era más que una excusa para disimular el consabido
esnobismo, ya que se llegaban a enganchar tiros de gran alzada con carruajes
ridículamente pequeños: “En Madrid se
hace uso del ganado caballar para silla, para tiro de coches, para el
servicio de las panaderías y otros
acarreos: los carruajes de los títulos y altos empleados se arrastran
comúnmente por yeguas alemanas y francesas: y figurando estos tiros como un
objeto de lujo, al mismo tiempo que carruajes pequeños, forman estos un
marcado contraste con los troncos de grande alzada que llevan, porque las
yeguas extranjeras tienen regularmente siete cuartas y diez u once dedos.
Pocos son los que adoptan caballos españoles para esta clase de servicio, y
mencionamos con gusto a los señores marqués de Castelar, caballerizo mayor
que fue de S.M. el rey, y general Pezuela, quienes siempre hicieron gala de
su españolismo en esta parte, y no por esto desmerecieron los troncos de sus
carruajes de los más briosos y aventajados de otros países”. (Cotarelo,
Juan. 1849. Manual de la provincia de
Madrid) Según Cotarelo, a
mediados del siglo XIX un tronco de caballos españoles con cuatro a cinco
años, sin defectos, buena estampa y parejos en capa y alzada costaba entre 9 y 10.000 reales, mientras que por
un tronco de yeguas alemanas o francesas de características similares
(excepto la alzada que era de 1,59-1,61m.) pedían de 15 a 20.000 reales. Que
esta conducta de adquirir grandes caballos europeos para el tiro de carruajes
no estaba justificada por motivos prácticos sino sólo por moda o fatuidad,
nos lo confirma José de Hidalgo, quien, dieciséis años más tarde, nos informa
que además de caros eran flojos: “Así
vemos esos magníficos troncos de caballos ingleses, que cuestan 50.000 rs., y
que si se les obliga andar una jornada, que decimos, un paseo un poco largo,
no lo pueden soportar. Son caballos artificiales, así como pudiéramos llamar
a los nuestros, caballos naturales; los primeros son el resultado del arte y
la inteligencia combinada, los segundos son el producto de la naturaleza
contrariada por el arte; pues si el caballo viviera en libertad absoluta, por
sí mismo buscaría medios de subsistir, que en muchos casos el hombre no se
cuida de proporcionarle, y le impide salir fuera del círculo de hambre en que
lo encierran”. (Hidalgo Tablada, José de. 1865. Curso de economía rural)
Coche en la Puerta de Alcalá, 1930 (Julio Sánchez Rodríguez, AFCM) El uso de caballos
extranjeros en el tiro de los coches afectó, inconscientemente, al criterio
popular en cuanto a las cualidades que debía tener todo buen caballo (que
hasta entonces se habían mantenido meridianamente claras). Entre otras
varianzas, el cliente se acostumbró a solicitar caballos de gran alzada,
tanto si se destinaban al tiro como si era para montura: “Lo
cierto es que es una extravagancia la moda que hemos tomado de venderlos y
estimarlos por dedos, persuadiéndome que esto ha procedido de que hemos
querido usarlos en los coches, y como no tenemos castas a propósito,
confundiéndolo todo, hemos visto que eran pequeños, y ido escogiendo los más
grandes, y estimándolos también para la silla, lo que advertido por los
criadores han procurado y conseguido hacerlos grandes, sin reparar en
proporciones; pero es muy extraordinario encontrar agilidad y ligereza en una
máquina grande, por cuyas calidades, y proporcionada fuerza, adquirieron su
opinión nuestros caballos antiguos”. (Pomar, Pedro Pablo de. 1793. Causas de la escasez y deterioro de los
caballos de España.). Este detalle no es una cuestión baladí pues con él
comenzó el descredito y desapego popular hacia el caballo español; corriente
que llega hasta nuestros días. En España se habían
realizado algunos intentos por producir caballos de alzada y fuerza para servir
en el tiro de coches, como en las Caballerizas Reales de Aranjuez o en
Velilla del conde de Cifuentes. También salía alguno aceptable en La Mancha,
Murcia, Valdeburón y Aragón. Principio del documento Desarrollo de la zootécnia. |
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