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Los caballos españoles del siglo XIX.

- INICIO.

- BREVE RESEÑA HISTÓRICA.

- CASTAS EQUINAS ESPAÑOLAS.

       - TIPO DE MARISMAS Y RIVERAS.

       - TIPO DE LAS SIERRAS.

       - TIPO DE LAS CAMPIÑAS.

       - EL CABALLO DE TIRO.

       - LA CASTA FINA.

- LA CRÍA CABALLAR EN EL SIGLO XIX.

       - EXCESO DE INTERVENCIÓN.

       - DESINTERÉS Y ABANDONO.

       - ESCASEZ DE PASTOS.

- PROBLEMAS DE INTENDENCIA.

       - REQUISAS.

       - BAJO PRECIO.

       - EL PROBLEMA DE LAS MULAS.

       - EL USO DEL COCHE.

- DESARROLLO DE LA ZOOTECNIA.

       - PRIMEROS INTENTOS DE MEJORA.

       - EL SISTEMA PASTORIL.

       - SELECCIÓN CONTRARIA.

- PERMANENCIA DE LA RAZA PURA.

      - DEPÓSITOS DE SEMENTALES.

      - DEBATE SOBRE SU CONSERVACIÓN

- RESISTENCIA DEL CABALLO ESPAÑOL.

       - MOTIVOS DE DESAPEGO.

- BIBLIOGRAFÍA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Caballería de línea de La Romana.

(Richard Knötel, 1857-1914)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tiro de mulas (AFCM)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Caballo cochero, Madrid 1908 (AFCM)

 

 

 

Problemas de intendencia.

 

El principal demandante de caballos en España fue su ejército. Las quejas por no encontrar caballos aptos para el servicio del ejército son constantes en todos los autores consultados. El problema lo achacan a dos aspectos: la cantidad y la calidad. Ya hemos visto el estado de abandono en que se encontraba el sector productivo, estado que por sí sólo explicaría la baja cantidad y calidad de nuestros caballos, pero no fueron esas las únicas razones por las que el ejército no hallaba caballos con los que dotar sus regimientos, ya que también había cambiado el criterio de compra de los militares; las Ordenanzas Militares elevaron la alzada mínima para la compra de caballos de remonta, posiblemente a imitación de otras ordenanzas europeas:  “Entre los nuestros he observado y experimentado, que los que tienen más constancia y resistencia para la fatiga, así en el tiro, como montados, son los de mediano cuerpo, esto es de la marca, y hasta tres dedos más, y es que el caballo andaluz nunca ha sido grande hasta que modernamente se ha dado en este desacierto, y lo prueba lo antiguo que es en la Ordenanza Militar haber tasado las siete cuartas para el servicio del ejército”. (Pomar, Pedro Pablo de. 1793. Causas de la escasez y deterioro de los caballos de España)

 

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Esta modificación de la alzada mínima de los caballos del ejército excluía a muchos buenos caballos que, al no encontrar comprador, se depreciaban, causando el correspondiente perjuicio económico a los ganaderos y desmotivándoles aún más.

La reducción del censo y el aumento de la alzada mínima causaron que el ejército se encontrara con grandes dificultades para conseguir suficientes caballos para su remonta, e incluso, durante la Guerra del Rosellón (1793-1795), se vieron obligados a comprar jacas y rocines que no llegaban a la marca.

A estos contratiempos se sumó, al parecer, el sabotaje de la Francia revolucionaria: “Cuando cierta nación de Europa no pudo conseguir hacerse con nuestras selectas castas de caballos, ni paralizar su fomento en los años de 1794 a de 1796  dirigió comisionados a las Andalucías para que comprasen, como lo hicieron, todos los potros más sobresalientes de las finas razas, y los matasen en las cuadras, como se verificó con muchos, hasta que el Gobierno, instruido, pudo evitar tan criminal intento con la persecución a toda costa de dichos comisionados” (Cerveriz y Sobrino, Francisco Javier de. 1835. Sobre la cría caballar)

 

Requisas.

La Guerra de Independencia (1808-1814) supuso el golpe de gracia para la ya maltratada cría caballar española. Las pocas ganaderías que habían podido mantener la calidad de sus caballos vieron cómo el ejército requisaba sus potros y sementales, la guerrilla incautó sus potras y yeguas domadas y el ejército de Francia les robó lo que aún no había sido requisado. Las falta de caballos sementales se notó durante varios años: “Tal ha sido el fomento que ha recibido la cría caballar con la nueva ley en unas provincias donde no habiéndose podido reparar la carencia tan absoluta de caballos padres, a que nos redujo la guerra de la independencia, han quedado sin cubrirse solo en el reino de Sevilla,/…/ al pie de catorce mil yeguas por carecer de sementales”. (Laiglesia y Darrac, Francisco. 1851. Memoria sobre la cría caballar de España)

Las requisas de caballos, por parte del ejército, eran habituales en estado de guerra, y las guerras eran demasiado habituales en España:   “…si consideramos las múltiples e incesantes guerras, revoluciones, motines y asonadas que se han sucedido en este país en el presente siglo y en el anterior; si consideramos el papel importante, necesario que juega en ellas la caballería, y si consideramos por otra parte que en las de larga duración todo se conmueve, todo se trastorna y mucho perece, forzosamente habremos de convenir en que ésta es una (entre las indirectas) de las más principales causas de decadencia,” (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

Mucho era el daño causado a los propietarios al privarles de sus caballos y, sin embargo, era escaso el provecho que obtenía el ejército, porque la falta de entrenamiento y/o condiciones físicas  no les permitía soportar los trabajos y penalidades de la guerra: “Abolir totalmente las requisiciones, porque de ellas solo es momentáneo el mayor número de caballos en los cuerpos del ejército, en razón de que mezclándose el caballo doctrinado con el rocín, indócil y resabiado, el cuidado con esmero y regalo con el que solo ha comido verde o paja, el poltrón con el fatigado, el de paso de andadura con el trotón &c. &c., mudan todos de pronto su régimen habitual de vida, enferman, quedan inútiles o mueren, como por desgracia lo ha comprobado la experiencia desde el año 1836 por los cinco años, durante los que se estuvieron surtiendo los regimientos de caballos requisados, cuya experiencia es más que todos los razonamientos que pudiéramos hacer”. (Casas, Nicolas. 1843. Tratado de la cría del caballo, mula y asno)

 

El ejército español, al contrario que el resto de ejércitos europeos, no usaba caballos castrados en su caballería, sólo utilizaba caballos enteros, por lo que ellos eran el objetivo principal de las requisas: “en España solo se conoce el uso del caballo entero, pues aunque en cada cuerpo se han encontrado siempre cierto número de capones, han debido su origen a los enteros que por circunstancias particulares se han mandado castrar”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

Los ganaderos veían con impotencia como les arrebataban, cuando por uno y cuando por otro conflicto, sus sementales, causándoles un grave trastorno en sus ganaderías y la lógica decepción, desconfianza y apatía: “La rigurosa requisición que se verificó de todos los caballos padres fue, a mí parecer, mas destructora que la que hicieron de las yeguas los franceses y cuerpos francos; porque de sus resultas los criadores apenas encontraron caballos que tuviesen la potencia de procrear, y se veían obligados a que sus yeguas se cubriesen por el primero que encontraban, por malo que fuese. De aquí procedió que los hijos fueron cada día menos robustos, y el que se propagase una generación, que reunía por esencia los mayores defectos.” (Proyecto sobre la mejora de la cría de caballos, presentado al gobierno por el inspector general de caballería el Mariscal de Campo Don Francisco Ferraz”. 1821)

“Que esto sea así no hay que dudarlo: las guerras que según dejamos expuesto han desolado en tantas ocasiones este país, hicieron indispensables las requisiciones, llegando en algunos casos y durante la de la Independencia, a recogerse caballos de todas condiciones por Decreto del 20 de Marzo de 1809. Potros de tres años y siete cuartas menos tres dedos por el de 1° de Octubre del mismo año; y por último, ¡llegaron a requisarse hasta las yeguas! (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

Con los frutos de las yeguas preñadas que quedaron se pudo, al cabo de los años, remontar algo la situación: “¿Mas acaso los estragos de tan desoladora campaña pudieron alcanzar a destruir enteramente la semilla de tan privilegiadas castas? No por cierto: paralizó enteramente su fomento: redujo su número a la menor expresión, y hallándose ya sin medios hábiles para sostenerse, caminaba al último punto de su desgracia; pero conservando aun la línea de descendencia, o llámese en lenguaje provincial su fe de raza, como cualidad esencial en esta granjería» (Cerveriz y Sobrino, Francisco Javier de. 1835. Sobre la cría caballar)

Al terminar la guerra, las partidas de la guerrilla (que montaban en yeguas porque los caballos ya habían sido requisados por el Gobierno) se integraron en el ejército. Dado que la caballería española usaba caballos enteros, las yeguas que montaban los guerrilleros no podían entrar en formación con sus jinetes y fueron vendidas. La gran mayoría procedían del sur y eran yeguas andaluzas de buena casta pero en lugar de reintegrárselas a sus dueños, o al menos a su zona de origen para que pudieran haber sido útiles en el mantenimiento de la raza, se vendieron en los lugares en que permanecían acantonadas las unidades y la mayoría acabaron dedicadas a la cría mulatera: “En el año de 1815 quedaron amalgamados en los cuerpos de caballería del ejército todos los francos y partidas de guerrilla, de cuya operación resultó en los regimientos un crecido número de yeguas, las cuales, si se hubiesen introducido en Andalucía y repartido entre los mejores criadores, hubieran procreado con bastante utilidad; mas desgraciadamente no ocurrió tal pensamiento al Gobierno, y los regimientos vendieron sus yeguas en el paraje en que se hallaban acantonados sufriendo la suerte de ser en su mayor número destinadas al uso del garañón”. (“Proyecto sobre la mejora de la cría de caballos, presentado al gobierno por el inspector general de caballería el Mariscal de Campo Don Francisco Ferraz”, 1821)

No tenemos datos sobre el número de caballos requisados por el ejército francés durante su ocupación de España pero suponemos que sería muy cuantiosa dado la extrema necesidad de caballos que padecía. Las numerosas campañas de Napoleón habían consumido 95.000 caballos en cuatro años, de los que 40.000 correspondían a 1809. Para la campaña de Rusia habían estimado sus generales que necesitaba 150.000 (35.000 para la caballería ligera) y en 1812 los depósitos nacionales franceses sólo le podían ofrecer 47.000 de entre todos los tipos (pesados, semipesados y ligeros) y sin adiestrar.

Entre las pérdidas del censo equino español achacables a Napoleón, además de los que murieron en el frente y de los que expoliaron, hay que contemplar también los 1.600-1.700 caballos enteros que componían el cuerpo expedicionario del marqués de La Romana y que quedaron abandonados en Dinamarca, o en poder del ejército francés, el 21 de agosto de 1808, cuando el marqués y 9.000 soldados consiguieron embarcarse y regresar a España.

 

Bajo precio.

El ejército era, como ya hemos dicho, el principal consumidor de caballos y tenía derecho de preferencia sobre las transacciones de los potros, de forma que antes de efectuar una venta, el ganadero estaba obligado a dar aviso a las autoridades por si el ejército estuviese interesado en su adquisición. Pero los precios pagados por éste eran muy bajos y no producían ninguna rentabilidad:“Esta causa, lo diremos de una vez, la hallamos en ser la cría caballar gravosa a todo el que la emprenda, por la sencilla razón de que el precio que en la actualidad tienen y a que se pagan los caballos, no subsana los gastos que origina su crianza, esto unido a su difícil venta. Si lo contrario sucediera, esto es, que los caballos se pagaran bien y su venta fuese pronta y fácil, seguros estamos de que entonces veríamos que, con ansia y ardor, había quien se dedicase a criar caballos de todas clase” (Soto, Julián. 1862. Cría caballar)

Los precios no solamente eran bajos sino que no se revisaban. En el medio siglo trascurrido entre 1828 y 1878, el precio que tenía consignado el ejército por cada caballo no varió: “Para la remonta ordinaria de 1387 caballos con destino al Ejército tiene consignado en los presupuestos del ejercicio pasado de 1878 a 79 la suma de 1.109.600 pesetas al respecto de 800 por caballo, o sea 3200 reales cantidad igual exactamente a la que se asignaba en el año de 1828”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

Siendo el ejército el principal cliente de los ganaderos y ofertando precios tan bajos se comprende que no tuviesen interés en criar potros: “…saben también lo perjudicial que ha sido esto para la cría caballar, porque el ganadero no tenía estímulo ni reintegraba sus gastos con el bajo precio a que vendía sus mejores caballos, dando por resultado que en los últimos años ha reservado a las remontas los potros que no había podido vender antes y a mejor precio a los particulares; hechos muy significativos, de muy triste augurio para la caballería de nuestro ejército, sobre los cuales llamamos seriamente la atención de quien corresponda, ahora que aún es tiempo”.

 “De seguir como está, al tipo de 800 pesetas por caballo, lo confesamos sinceramente, llegará un día, acaso no lejano, que el Ejército no podrá remontar por completo sus escuadrones; se le reservará lo que los particulares no hayan adquirido por defectuoso, la cría caballar languidecerá más de lo que se halla, porque el particular y el ganadero no harán gastos que no esperen ver remunerados: y cuando estemos sin caballos, y necesitados de ellos, habremos de buscarlos donde los haya, si quieren y pueden dárnoslos, pagando acaso con sobradas creces, si es que no usura, las economías y ahorros que hoy y de algún tiempo a esta parte, mal aconsejados sin duda, persisten; los Gobiernos en sostener. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

La escasez de caballos llegó a tal límite que con ocasión de la tercera guerra carlista (1872-1876) el Gobierno se vio en la necesidad de adquirir caballos en el extranjero para montar a sus unidades de caballería: “¡Es preciso hablar claro, es necesario manifestar la verdad, toda la verdad! La cría caballar en España está, o se halla actualmente en una lamentable decadencia; disminuido su número hasta un extremo que apenas si cubre las necesidades más perentorias del Ejército, según hemos visto recientemente, y demostrado con la importación de caballos que se hizo de Hungría y África en la última guerra civil”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

Para la remonta del año 79 autorizaron que se pudiera aumentar 25 pesetas por potro: “Sabemos y lo consignamos con verdadera satisfacción que la Dirección del arma de Caballería, autorizada por el Gobierno ha facultado a las comisiones de remonta para que aumenten hasta 25 pesetas en la adquisición de cada uno de los potros que las mismas debieron adquirir en el pasado año”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

A finales de siglo, los precios aumentaron algo más: “Los precios a que se venden los caballos varían mucho según su clase, edad, aptitudes y provincia donde se compran. El Ejército paga un precio medio de 550 pesetas por los potros de dos años, 875 por los de tres años, 1.000 por los de cuatro años, de 900 a 2.000 pesetas por los caballos domados; el precio medio del caballo de silla andaluz es de 1.500 pesetas, vendiéndose algunos ejemplares de punta a 2.000, 3.000 y aun a 4.000 pesetas; los caballos de tiro ligero se venden de 4.000 a 6.000 pesetas la pareja, y los pocos que existen de tiro pesado suelen venderlos de 1.500 a 2.000 pesetas cada caballo”. (Molina Serrano, Eusebio. 1899. Cría caballar y remonta)

El ejército seguía siendo el principal consumidor de caballos. A finales del XIX contaba con un efectivo de 19.331 equinos, entre caballos y mulas, de los que 10.482 correspondían a Caballería, 3.850 a Artillería, 2.092 a la Guardia Civil y el resto a los demás cuerpos (Molina Serrano, 1899)

En cuanto al asunto de la alzada mínima, el ejército se había dado cuenta de que su modificación, además de reducir la oferta, había forzado a los ganaderos a aumentar la talla de sus productos descuidando otros factores más importantes. De poco le servían los caballos grandes si carecían de resistencia, armonía, agilidad y carácter: “En 1852 se ordenó a las remontas por la subdirección de estos establecimientos, con aprobación del jefe superior del arma, que se diera la preferencia a la conformación y no a la alzada en las compras de potros.” (Cotarelo, Juan. Gaceta Militar, 21 de diciembre de 1858.)

 

El pertinaz problema de las mulas.

Desde el reinado de Enrique IV se mantenía la prohibición del uso del garañón para la producción de híbridos en Extremadura, Andalucía y Murcia, con el fin de limitar la cría de mulas y, al menos desde Felipe II, se mantuvieron restricciones (que nadie cumplía) para el uso de las mulas en el tiro de coches.

El uso de la mula era, a juicio de los entendidos, el inconveniente principal que se oponía a la normalización de la cría caballar en nuestro país y fue muy denostado por todos los que pretendían fomentar la cría caballar en España pero, en realidad, el labrador español no podía prescindir de ellas. El uso de vacas o bueyes para labrar las tierras era adecuado para labradores que no tenían muchas fincas o que se encontraban próximas a su pueblo (como en las comarcas norteñas) pero, con el desarrollo de la agricultura y la roturación de montes, eriales y dehesas, que quedaban muy distantes de los núcleos habitados, resultaban inoperantes dado la lentitud de su paso. En España, por el tipo de terreno y clima, los caballos pesados de tiro resultaban ineficaces y costosos de mantener. Las mulas hacían el mismo trabajo siendo mucho más resistentes, frugales y austeras. El precio de una mula era tres veces superior al de una buena yegua y además tiene el inconveniente de ser estéril; ningún labrador hubiera hecho ese dispendio si no fuese por perentoria necesidad:   “porque es necesario tener presente, que no es la preocupación ni el capricho lo que viene haciendo necesarias las mulas, sino la necesidad que en España se tiene de ellas, siendo como es, si no imposible, muy difícil al menos que en este país de circunstancias especiales, se vean sustituidas por el caballo de tiro: porque en nuestro suelo, caliente y seco, será siempre necesaria, la muía, y de ningún modo reemplazada ventajosamente, por el caballo”. (Soto, Julián. 1862. Cría caballar)

La demanda de mulas era muy alta y se pagaban mucho mejor que los caballos:  “La persistencia en la cría del producto híbrida de que nos ocupamos, es debida a los muchos y excelentes servicios que presta; a que, sobria por naturaleza, se cría con menos cuidados y gastos que el caballo; se vende más fácilmente y a mejor precio; consignado queda en otro sitio que vale un potro para la remonta a los tres años 825 pesetas, mientras se paga por un lechal (muleto) acabado el destete o poco después 500. Esto sentado, fácilmente deja comprender la inclinación, la tendencia natural que se observa en el labrador y ganadero en pequeño a la cría de muías con preferencia al caballo”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España)

Pero la mula o macho son estériles y se consigue mediante el cruce del burro con la yegua (también se logra del caballo con la burra, en cuyo caso se llama burdégano, comercialmente mucho menos interesante). Esto supone que la yegua dedicada a la producción mular no produce caballos y que si la demanda de mulas es muy elevada (como lo fue) se destinan muchas yeguas al garañón y la producción de caballos decae en la misma proporción.

Las medidas coercitivas que impedían la extracción de yeguas de Extremadura, Andalucía y Murcia al resto de las regiones o al extranjero no sirvieron de nada. Los extranjeros siguieron sacando caballos y yeguas y los manchegos y valencianos siguieron criando mulas con las mejores yeguas andaluzas: “La inmediación de esta provincia facilita que se estén sacando continuamente las más escogidas yeguas de Andalucía, que de potrancas de tres años van a buscar, y ofrecen de primer bote sesenta, y más doblones por cada una, habiendo también patricios en los pueblos, que de antemano se las tienen escogidas, y se las conducen a sus propios lugares; no siendo fácil averiguar estas maniobras fraudulentas” (Pomar, Pedro Pablo de. 1793. Causas de la escasez y deterioro de los caballos de España)

Al ser la producción de caballos onerosa y la de mulas muy rentable, los mulateros podían ofrecer buenos precios por las mejores yeguas, quedándose los yegüeros con las peores. Si la cría caballar hubiese sido rentable, los criadores nunca se hubiesen desprendido de sus mejores ejemplares: “Es comunísima la diligencia en los manchegos de pasar a comprar por sí o por comisionados ladinos a las Andalucías, las mejores yeguas que pueden hallar, valiéndose de la penuria de los tiempos, y del atraso de algunos mayorazgos, o pelantrines para ponerlos en la precisión de vender las yeguas que desean, y que pagan sin reparo a un tercio o a una mitad más del valor metálico, que es el común en aquella época”. (Amar, Antonio y otros. 1818. Informe sobre la mejora y aumento de la cría de caballos)

Además de resultar imprescindibles en la agricultura, también lo eran en la arriería. La falta de carreteras en España hacía que gran parte del transporte interior de  mercancías se realizase a lomos de animales de carga, normalmente mulas pero también burros y jacas. Para transportar el mismo peso que llevaba un carro tirado por cuatro mulas hacía falta más de doce mulas: “El que examine el peso que lleva un carro catalán desde Barcelona a Madrid con solas cuatro mulas yendo por Valencia, y calcule el que puede llevarse a lomo por el mismo paraje, hallará que doce de los mejores machos o mulas no podrían portear lo que el carro dicho”. (Amar, Antonio y otros. 1818. Informe sobre la mejora y aumento de la cría de caballos)

Tal vez hubiese sido mejor que el Gobierno organizara la cría de mulas, ya que, su demanda era tan elevada que no bastaba con las criadas en el país y  había que importarlas de Francia. Las mulas de importación debían pagar al pasar la frontera 40 reales, sin embargo, eso no fue obstáculo para que anualmente se importaran desde Francia mulas por valor de 2.000.000 de pesos. Cabe recordar que el valor de la lana que la Mesta exportaba ascendía a 4.000.000 de pesos y estaba considerada como la mayor partida procedente de la exportación en España.

Si se importaban desde Francia no era por considerarlas mejores sino por pura necesidad: “Sobre todo, las que se crían en Andalucía, Cataluña y León, en Castilla la Vieja, de cuyo punto son trasportadas para su recría en las llanuras de la Mancha, donde merced a los pastos, aguas y condiciones climatológicas de la localidad, adquieren suficiente desarrollo, buenas formas y una energía y valor que hace se las considere como las primeras mulas de España y las mejores del mundo”. (Sánchez González, Simón. 1880. Estado actual de la cría caballar en España). De hecho, los franceses solían comprar lechuzas en España y, una vez recriadas, nos las volvían a vender.

Negándose a ver la realidad, los gobernantes lucharon con todos sus medios contra este hábito. En la agricultura y la arriería tenían que hacer la vista gorda porque su prohibición hubiera supuesto muchos más males que el que se pretendía solventar, pero en el ejército impusieron el uso del caballo de tiro, tal y como hacía el resto de países europeos:  “Las mulas, y especialmente las manchegas, son superiores, y serían mejores y más abundantes si la Artillería, con mejor criterio científico, dinámico y económico de sus motores animales, en vez de pagar 1.500 o 2.000 pesetas por esos inverosímiles, tragones y enfermizos caballos extranjeros, que no darán jamás en nuestro país tan buen resultado como las mulas, pagasen por las manchegas de 1.000 a 1.500 pesetas”. (Molina Serrano, Eusebio 1899. Cría caballar y remonta)

 

Uso del coche.                   

Durante muchos siglos, todos los caballeros e hidalgos pudientes de España, estaban obligados a mantener caballo o caballos, según su hacienda, para contribuir en las guerras del Reino. Con el paso del tiempo y la lejanía del peligro, esas leyes se fueron relajando y el número de caballos reduciendo. Las mejoras técnicas en la construcción de los coches hicieron que la población los prefiriera para viajar y se desprendiera del caballo de montura. Esto no fomentó la cría del caballo de tiro ligero ya que se prefería un tronco de mulas a uno de caballos por ser éstas más sufridas y de mucho más aguante.

En 1578, Felipe II ordenó que, excepto para viajes de cinco o más leguas, se cambiaran los tiros de mulas de los coches por troncos de cuatro caballos, bajo pena de la pérdida de las mulas, coches y aparejos. Felipe III renovó, en la Pragmática de 1600, las mismas órdenes, con las modificaciones de que prohibía los tiros de seis caballos, ya no obligaba que fueran de cuatro, sino de dos y autorizaba el uso de dos mulas en los coches que viajaran fuera de la corte a aquellos que justificasen ser labradores de veinticinco fanegas o más. Felipe IV ordenó publicar la Pragmática de 1625 reiterando lo ordenado por Felipe II bajo multa de 40.000 maravedís para el dueño del coche y el destierro durante un año para el cochero. Ante el reiterado incumplimiento, Carlos II publicó un bando por el que prohibía sin excepción, el uso de mulas en los coches, estufas, calesas o cualquier otro tipo de carruajes, dando un año de plazo para el cambio de las mulas por caballos, excepto para los viajes fuera de la corte.

Fueron muchas las disposiciones gubernamentales prohibiendo el uso de mulas en los coches pero sus resultados fueron pobres y efímeros. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, la adopción de modas extranjeras sí logró lo que durante tres siglos no habían conseguido los Reales Decretos, Pragmáticas, Bandos Reales, sanciones o amenazas de requisición; que se cambiasen por tiros de caballos.

Pero esto tampoco benefició a la cría del caballo español porque se tenía la opinión de que no tenía la talla suficiente como para destinarle a este servicio y se optó por la importación de las razas que en Europa eran más usadas en estos menesteres: “No negamos tampoco que prestan algún servicio en los carruajes de lujo en la corte y provincias, efecto de la ligereza que en el día tienen los coches, pero que están muy lejos de competir con las elegantes razas de tiro extranjeras, porque les falta alzada, longitud de los cuellos, energía y otra porción de circunstancias que dejamos consignadas en su debido lugar”. (Cubillo y Zarzuelo, Pedro. 1879. La verdad en la cría caballar)

Aunque en muchos casos, ese argumento no era más que una excusa para disimular el consabido esnobismo, ya que se llegaban a enganchar tiros de gran alzada con carruajes ridículamente pequeños: “En Madrid se hace uso del ganado caballar para silla, para tiro de coches, para el servicio de las panaderías y otros acarreos: los carruajes de los títulos y altos empleados se arrastran comúnmente por yeguas alemanas y francesas: y figurando estos tiros como un objeto de lujo, al mismo tiempo que carruajes pequeños, forman estos un marcado contraste con los troncos de grande alzada que llevan, porque las yeguas extranjeras tienen regularmente siete cuartas y diez u once dedos. Pocos son los que adoptan caballos españoles para esta clase de servicio, y mencionamos con gusto a los señores marqués de Castelar, caballerizo mayor que fue de S.M. el rey, y general Pezuela, quienes siempre hicieron gala de su españolismo en esta parte, y no por esto desmerecieron los troncos de sus carruajes de los más briosos y aventajados de otros países”. (Cotarelo, Juan. 1849. Manual de la provincia de Madrid)

Según Cotarelo, a mediados del siglo XIX un tronco de caballos españoles con cuatro a cinco años, sin defectos, buena estampa y parejos en capa y alzada costaba  entre 9 y 10.000 reales, mientras que por un tronco de yeguas alemanas o francesas de características similares (excepto la alzada que era de 1,59-1,61m.) pedían de 15 a 20.000 reales.

Que esta conducta de adquirir grandes caballos europeos para el tiro de carruajes no estaba justificada por motivos prácticos sino sólo por moda o fatuidad, nos lo confirma José de Hidalgo, quien, dieciséis años más tarde, nos informa que además de caros eran flojos: “Así vemos esos magníficos troncos de caballos ingleses, que cuestan 50.000 rs., y que si se les obliga andar una jornada, que decimos, un paseo un poco largo, no lo pueden soportar. Son caballos artificiales, así como pudiéramos llamar a los nuestros, caballos naturales; los primeros son el resultado del arte y la inteligencia combinada, los segundos son el producto de la naturaleza contrariada por el arte; pues si el caballo viviera en libertad absoluta, por sí mismo buscaría medios de subsistir, que en muchos casos el hombre no se cuida de proporcionarle, y le impide salir fuera del círculo de hambre en que lo encierran”. (Hidalgo Tablada, José de. 1865. Curso de economía rural)

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Coche en la Puerta de Alcalá, 1930 (Julio Sánchez Rodríguez, AFCM)

El uso de caballos extranjeros en el tiro de los coches afectó, inconscientemente, al criterio popular en cuanto a las cualidades que debía tener todo buen caballo (que hasta entonces se habían mantenido meridianamente claras). Entre otras varianzas, el cliente se acostumbró a solicitar caballos de gran alzada, tanto si se destinaban al tiro como si era para montura:  “Lo cierto es que es una extravagancia la moda que hemos tomado de venderlos y estimarlos por dedos, persuadiéndome que esto ha procedido de que hemos querido usarlos en los coches, y como no tenemos castas a propósito, confundiéndolo todo, hemos visto que eran pequeños, y ido escogiendo los más grandes, y estimándolos también para la silla, lo que advertido por los criadores han procurado y conseguido hacerlos grandes, sin reparar en proporciones; pero es muy extraordinario encontrar agilidad y ligereza en una máquina grande, por cuyas calidades, y proporcionada fuerza, adquirieron su opinión nuestros caballos antiguos”. (Pomar, Pedro Pablo de. 1793. Causas de la escasez y deterioro de los caballos de España.). Este detalle no es una cuestión baladí pues con él comenzó el descredito y desapego popular hacia el caballo español; corriente que llega hasta nuestros días.

En España se habían realizado algunos intentos por producir caballos de alzada y fuerza para servir en el tiro de coches, como en las Caballerizas Reales de Aranjuez o en Velilla del conde de Cifuentes. También salía alguno aceptable en La Mancha, Murcia, Valdeburón y Aragón.

 

 

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