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Caballos del Renacimiento.

- El caballo de la España del Renacimiento.

- Léxico de la anatomía del caballo.

- Capas del caballo.

- La brida.

- La estradiota.

- La gineta, su origen.

- La gineta, descripción.

- La gineta, difusión.

- Diferencias entre gineta y brida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estribo de medio celemín

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Descripción de la gineta.

 

La gineta se basaba en aprovechar aquellas cualidades del caballo que, precisamente, la brida despreciaba: Su agilidad, velocidad, reflejos, precisión, voluntad y temperamento, pero es indudable que esta escuela hubiera sido imposible si los caballos ibéricos no hubiesen contado con esas cualidades.

Su doma se iniciaba muy pronto, con dos años, y a los tres ya se le comenzaba a montar. En ella se procuraba ganar la confianza del animal para que su entrega fuese absoluta. Se le enseñaba a andar reunido, remetiendo las posteriores y elevando cabeza y cuello para dotar de impulso a sus movimientos, a “estar en la mano” y a hacer los movimientos con absoluta corrección y precisión a los tres aires: “Los caballos hay que traerlos sabrosos, ajustados y de buen aire, para que huellen con compás y orden, lo cual, a mi juicio es lo más importante para los caballos de la Gineta”. (Pedro Fernández de Andrada. Libro de la Gineta de España, 1580)

Les enseñaban las ayudas de rienda, pierna y espuela: “Y así tengo por mejor darles lección en diversos lugares, procurando afirmarles en los trotes, así de cabeza como de boca, dándoles a conocer cómo se han de dejar regir con la mano y cómo se han de gobernar y mandar con los pies, dándoles a conocer lo que es castigo o lo que es ayuda, y a que sepan parar derribándose de caderas y a rehacerse sobre la cola y a volver y revolver con buena orden y proporción” (Andrada). A hacer piruetas, a volver, a hacer paso atrás, a hacer arremetidas de sobresalto, a una mano y a otra, revolviendo o haciendo arreones en una misma carrera derecha, a parar a raya y a mantenerse quedos y sosegados mientras no se les pedía otra cosa. “Porque para tener los caballos entera perfección se les ha de mostrar que no tengan más brío ni más voluntad de la que quisiere que tenga el que estuviere sobre ellos”, (Pedro de Aguilar, “Tractado de la caballería de la Gineta”, 1570).

Se les enseñaba a “ponerse”, o hacer corvetas, es decir a colocar la cabeza y a remeter los pies, derribándose sobre las caderas y levantando las manos, y también a hacer la reverencia. Se les acostumbraba a sufrir las voces, tiros, amenazas de gente armada con palos y espadas, a ir al encuentro de otros caballos, al paso, trote y galope. Pero todo ello con oficio, suavidad y buena mano. “basta conocer que es caballería de ingenio (la gineta) pues lo que en otras se hace con fuerza de cabezones y gamarras, y otros artificios violentos se hace en ella con solo buen entendimiento y blandura, de modo que la rusticidad y braveza del caballo: lo mudan en conocimiento claro de lo que se le muestra”. (Andrada)

Ya conocían el concepto del tacto ecuestre; Vargas Machuca, en su libro titulado “Exercicios de la Gineta” (1619) dice: “En esta parte ha de ser con tano primor el tacto de la mano del caballero, que se ajuste con el sentimiento de la boca del caballo, de manera que ni falte ni sobre rienda […] en este punto se conoce la buena mano que llaman” “porque la de la gineta es primor y suavidad, y la de la brida, rigor y aspereza”

Siempre aconsejan al jinete ganarse la complicidad del caballo: “El cual con tan buena industria debe perfeccionar las obras del caballo, que para siempre guarde buena amistad entre ambos; porque no hay duda, sino que juntando el artificio y buena maña del hombre con el natural del caballo vendrán ambos a conseguir una grande perfección” “Porque así como entre dos personas no puede suceder cosa buena, sino guardan entre sí amistad y conformidad; y que el que más sabe de ellos supla algo y gobierne al otro, así no lo puede haber entre un bruto y un hombre de entendimiento, sino es con grande artificio y discreción” (Andrada)

Y cuando se encontraban con algún problema de comportamiento procuraban resolverlo con métodos suaves y racionales: “Y así tratamos de su remedio no con invenciones violentas ni con frenos fuertes de la Brida, ni con industrias de gamarras y cabezones” “La tercera regla, por la que se debe preciar mucho la Gineta, es que se suplan los vicios y desatinos de los caballos con buena disciplina y costumbres que con artificios y invenciones violentas” “La buena mano enfrena mejor que el freno” (Andrada). Desaconsejando siempre el uso de métodos violentos: “Porque o los caballos nos matan a nosotros o nosotros los matamos a ellos, sin sacar del castigo más fruto que éste” “Ni aplicar a la Gineta los remedios violentos de la Brida, porque lo que en ella se hace con fuerza, se ha de hacer acá con maña, dando a entender al caballo lo que queremos que haga”. “Y hallando caballo con estas partes, procurará ser siempre señor de su voluntad, trayéndole sujeto y bien doctrinado, porque el día que faltare la obediencia no se podrá gobernar bien, y esto se ha de procurar antes con buena maña y artificio que con medios violentos, que por esto se estiman en mucho las reglas de la Gineta, y por lo que ella se precia, y cuando estos no bastasen, se usará de los medios ásperos y violentos, de suerte que el caballo sienta que ha de obedecer por temor, el día que no lo quisiere por amor y blandura, aunque lo mejor es procurar que lo haga por bien y regalo, poniendo para ello todos los medios posibles, sin usar con los caballos ginetes cañones ni frenos fuertes de la Brida, ni menos cabezones, pensando con aquella violencia rendirlos y sujetarlos. Y no se puede negar que es bueno, pues vemos con ello hacer admirables caballos” (Andrada)

 

La silla gineta.

En la gineta se usaban dos tipos de sillas, iguales en su forma, pero diferentes en su tamaño, la silla entera, para caballos más gruesos, y la media silla para los más galgueños. Tenían la costumbre de mantener los caballos muy gordos en tiempo de paz y adelgazarlos para la guerra, por lo que la silla entera se usaba más en el primer caso y la segunda para combatir, “Es cosa de su profesión (de caballero) regalar y pensar (dar pienso)  sus caballos para que en el tiempo de paz anden gordos, hermosos y de lindo pelo, y en el de guerra, fuertes, sanos y ligeros”. (Andrada)

El fuste era de madera encorada (forrada con cuero crudo). El arzón delantero era bastante más alto que el trasero: “Que la silla, para ser buena, debe tener el fuste delantero más alto que el trasero, cuanto haga un poco de reconocimiento, y ha de ser este fuste delantero tan alto que, poniéndose el caballero sobre los estribos, no lo pueda salvar ni salir por encima de él, porque si tirare alguna caña o bohordo (que ordinariamente se echan con fuerza) no se vaya el cuerpo tras él y quede en las crines del caballo, como suele acontecer” (Andrada). El arzón trasero más bajo y un poco caído atrás. El tamaño de la silla era en proporción al caballero pero siempre recogida, Vargas Machuca recomendaba: “De un arzón a otro, haya tanta distancia, cuanto tuviere de largo desde el codo al puño del brazo del ginete, haciendo doble la mano sobre la muñeca”, (28-30 cm). Las tejuelas (cabos del arzón delantero) eran llanas “de suerte que el arzón delantero no ocupe el lugar de las rodillas ni las lastime”.

Del arricés (hebilla de la que pende la ación del estribo) a la caída del arzón delantero, haya de hueco sobre la tejuela cuatro dedos, y al trasero un coto de mano” (Vargas Machuca). Según la RAE, coto es  la medida lineal de medio palmo, aproximadamente la formada por los cuatro dedos de la mano cerrada, sin contar el pulgar, pero hay que tener en cuenta que estas medidas tenían diferentes interpretaciones en función de la época y de cada una de las provincias. Creo que Vargas Machuca distinguía entre el “coto ordinario” y el “coto de la mano”; el primero sería la distancia de los cuatro dedos y, el segundo la distancia que acota (que limita o entra dentro de los límites de) la mano abierta, es decir, lo que ahora llamamos un palmo. De esa manera coincidirían las distancias, ya que cuatro dedos (8 cm) más 6 cm del arricés (14 cm) más un palmo (23-24 cm) suman 37-38 cm, que es la distancia entre los ejes (la caída) de los arzones proporcional a una silla con un asiento de 28.30 cm.

La cincha era de cáñamo “doblada con buenos hierros (rematada con argollas) y el látigo (extremo de cuero) blando y fuerte”. Se ceñía con nudo, no con hebilla, como se usa con las cinchas de las albardas o como se cincha en México y el oeste de E.E.U.U., quedando el nudo al lado izquierdo, “los nudos y lazos con que se ata han de quedar en el hueco de la corva de la pierna izquierda”, por delante y encima de los arriceses. También se usaba la cincha partida, con dos látigos, como recomendaba Juan Arias Dávila, conde de Puñonrrostro, en su “Discurso de la Gineta”, en cuyo caso los arriceses quedaban en medio de ambos. La cincha no debía quedar demasiado apretada. La silla se colocaba delantera, nunca sobre los lomos. Las faldas de la silla eran cortas: “No sean largas de ropa, antes sean cortas, que parecen mejor y descubren más al caballo”

Los arreos variaban siendo mucho más ostentosos cuando se montaba de gala y más austeros para la guerra. Usaban petral, normalmente con cascabeles, pero no gamarra, baticola, retranca o ataharre. Sobre la silla colocaban la mochila, que era una funda con dos aberturas para salvar los arzones, y la coraza o funda de cuero, para las veras, o caparazón de tela de plata, oro y terciopelo con ricos cordones “de madre e hija”, en tiempos de paz. Vargas Machuca dice que había caparazones de cuadra y de vuelta, y que en su centro llevaban el galápago (*), que era un cojinete o zona almohadillada sobre la que se sentaba el jinete.

(*) De este asiento almohadillado pasó el nombre de galápago a la silla lisa o silla inglesa.

 

Los estribos.

Sobre la longitud que había que dar a las aciones había discrepancias: Unos, como Juan Ximénez de Peralta, eran partidarios de llevar los estribos cortos, porque era mejor para la carrera, se batían mejor las espuelas y resultaba más airoso y galán el caballero en fiestas y regocijos; ayudaba a “parecer buen hombre de a caballo”. Otros, como el conde de Puñonrrostro, opinaban que era mejor llevarlos más largos. Vargas Machuca dice que esta manera es mejor para “las veras”, es decir, para la guerra, porque daba más firmeza, seguridad y desenvoltura, y permitía subir y bajar de la silla con más presteza. Para este autor, los estribos tenían que quedar a la altura de los tobillos, teniendo los pies fuera de ellos y las piernas extendidas. Pedro de Aguilar opinaba: “La medida y punto que más generalmente a todos puede cuadrar, será traer puestos los estivos en la silla de tal manera que desde los arrizafes (arriceses) al suelo de ellos (de los estribos) no haya más que dos palmos de la propia persona que hubiere de cabalgar en ellos. Aunque para andar con mayor policía y primor, convenga cabalgar algún tanto más corto, trayendo las alas de los estribos siempre fuera del guarnimiento de la silla. Porque con lo corto anda se más firme y más abrigado y más galán y se puede dar más aprisa y más pulidamente de los pies”. Ahora montamos a tres palmos, aproximadamente.

La ventaja de estribar corto es poder galopar suspendido en los estribos, sin que las posaderas toquen la silla, evitando que el movimiento del caballo se trasmita al cuerpo del jinete, aunque en esto también había discrepancias; Vargas Machuca criticaba la moda que, a su regreso de las Indias, había encontrado en la corte, de rehenchir con almohadillado las tejuelas y el galápago de las sillas “so color que ayuda a descubrir el cuerpo en el paseo […] en tal manera que corriendo van sentados, cosa que impide ir airoso y bien armado el cuerpo, porque con el movimiento del caballo, recibe el caballero muchos topes y vaivenes en la carrera […] porque el bueno ha de llevar el cuerpo suspendido sobre los estribos, y en medio de los dos arzones en el aire, sin que ninguno de ellos le allegue al cuerpo”, mientras que Aguilar era partidario de hacer la carrera sentado “porque de otra manera más parecería hacer oficio de corredor que de caballero”. Supongo que Aguilar se refiere a los paseos y regocijos, en que usarían del galope corto, porque en “las veras” tendrían que galopar sobre los estribos, ya que un pequeño movimiento en la mano de lanza suponía una gran oscilación en la punta de la moharra, pudiendo herrar el golpe. Claro que para eso no es necesario llevar las aciones tan cortas, bastando con que, puesto el jinete en pié sobre los estribos, queden cuatro o cinco dedos de distancia entre el asiento y el cuerpo, pero aquí pesaba aún mucho la tradición bereber. Los bereberes estribaban corto porque ellos se sienten cómodos en esa postura. Tal vez por su cultura nómada, han adquirido la costumbre de sentarse en el suelo, sin sillas, y eso hace que les resulte muy natural sentarse en cuclillas, mientras que a nosotros, a partir de cierta edad, nos incomoda.

Los estribos podían ser de varios tipos: Había unos que llamaban redondos, de medio celemín o media luna y eran buenos para la guerra “porque guardan el pié de los golpes y heridas” es decir que eran cerrados por delante. Según Andrada, para 1580 ya estaban en desuso pero creo que permanecieron en Portugal y que son los mismos que hoy llaman “de caixa”

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"Otros más airosos que llamamos Marinos de medio lazo o a lazo entero  con cuyos gavilanes  se puede herir al caballo cuando no se llevan espuelas. No han de ser tan anchos como para que se cuele el pié ni tan estrechos como para que se queden enganchados”. Estos estribos marinos o marismeños serían muy parecidos a los estribos vaqueros actuales pero con los cantos laterales de la suela cóncavos, terminando sus esquinas en forma de gavilán más o menos agudo (de lazo entero o medio).

A Aguilar le gustaban los moriscos: “digo que los estribos y espuelas que yo he visto de muy mejor talle y parecer, son los que traen del reino de Tremecén”, aunque a Vargas Machuca no le gustaba que fuesen tan achos y pesados, pareciéndole mejor los cordobeses “que es el verdadero estribo” y los de Ávila, aunque éstos últimos eran muy vivos de gavilanes y “los caballos reciben notable daño en los codillos cuando el caballero se cierra de pies”

Para montar, tomaban las riendas con la mano izquierda y, con la misma, sujetaban el arzón delantero. Metían el pié izquierdo en el estribo y, con la pierna y brazo derecho tomaban impulso y subían. Apoyaban los pies en los estribos con la parte delantera y llevaban la puntera un poco levantada y mirando hacia los codillos del caballo “abrigados al caballo”, y con los talones derribados y hacia afuera. Se sentaban derechos en medio de la silla, con la parte interna y media de las espinillas cerradas firmemente contra el costado del caballo, las rodillas abrigadas a la silla, el cuerpo derecho y gallardo. Tomaban las riendas en la mano izquierda, pasando la rienda izquierda por entre el dedo meñique y el anular y la derecha por entre el anular y el corazón, volviéndolas unidas sobre el índice y sujetándolas con el pulgar. La capa la metían entre el cuerpo y el arzón trasero, y si era larga sólo metían la primera parte. La mano de rienda la llevaban sobre la cruz, en el aire, o apoyada sobre la mochila del arzón delantero. Llevaban la cabeza del caballo “puesta” (remetida) incluso para galopar, y sin dar “sofrenadillas” “porque con esos golpecillos pierden el tiento de la boca”. La mano derecha la llevaban caída junto a la pierna o sujetando los cabos de las riendas.

Andrada nos recuerda el motivo por el cual se han de llevar las riendas en la mano izquierda: “Diremos porque se trae la rienda en la mano izquierda, consistiendo en ella la templanza y gobierno de los caballos, así para que pare bien como para que ande firme de rostro; que para eso se debía traer en la derecha como más principal y con que se hacen mayores cosas y formas bien afortunadas. A lo cual se responde que la causa es porque en la mano derecha se ha de traer la lanza, y la espada, y tirar la gorra, y hacer otros actos de guerra y de paz, que con la izquierda no se hicieran bien”.

 

El freno de la gineta.

Una de las características más peculiares de la gineta era su freno. Fundamentalmente era igual al de la brida y la estradiota porque todos se basan en el principio de la palanca, donde la potencia la aplica el jinete a través de la rienda, el punto de apoyo son los asientos y la resistencia el barboquejo, pero, mientras que el en los frenos de la brida y la estradiota las camas (brazo de potencia) eran muy largas, en el freno de la gineta, eran la mitad o dos tercios más cortas y, según la ley de la palanca, a mayor longitud del brazo de potencia, mayor fuerza ejerce en el punto de resistencia (P x Bp = R x Br). Es decir que suponiendo que un jinete y un bridón ejercen una fuerza similar y que ambos brazos de resistencia también lo fuesen, el barboquejo y los asientos del caballo de brida sufrían una presión dos o tres veces superior.

La gran diferencia estaba en la barbada. En la brida, como en los frenos actuales, es una cadena que, partiendo del portamozo derecho, pasa por debajo del barboquejo y se une al portamozo izquierdo, mediante un garabato. El freno de la gineta no tiene portamozos y la barbada es una argolla que pende de la cabeza del mosal y abraza la quijada inferior a la altura de la comisura de los labios.

Hay que aclarar que el mosal era lo que ahora equivocadamente llamamos desveno, y desveno hacía referencia a la inclinación de los asientos. Normalmente el bocado es perpendicular a las camas pero, en ocasiones y para buscar mejor asiento, formaban un ángulo en su punto medio y, en lugar de unirse a las camas de forma transversal, lo hacía diagonalmente y, a esta particularidad, es a lo que llamaban desveno, de forma que los bocados podían ser atravesados o con desveno, independientemente de que llevasen mosal en medio.

 

El freno de la gineta se componía de:

1 - Tornillo, que era la pieza por donde se unía a las riendas, y se llamaba así porque tornaba o giraba.

2 - Luneta: Pieza recta o curva que unía las camas por su extremo inferior, a la altura de los tornillos.

3 - Camas o tiros: Los dos brazos de potencia que unen el bocado con las riendas mediante los tornillos. Podían ser rectas o formar una curva antes de unirse al bocado.

Coz o codillo: Curvatura que formaban, en ocasiones, las camas.

4 - Bocado, cañón o mueso: La parte del freno que entra en la boca del caballo.

5 - Asientos: Los extremos del bocado que apoyan sobre las encías del caballo. Podían ser transversales o con desveno, lisos, buidos (acanalados o con estrías), con coscojas, melones, molinetes y/o limoncillos.

6 – Mosal o montada: Arco que forma el bocado en su parte media. Tenía diversas dimensiones y formas, pudiendo ser redondo (espejuelo), en forma de puerta (portalejo) o de lados oblicuos (de cuerno de cabra). Podía ser liso o con coscojas, con sabores, perillas, molinetes y/o majuelas, para que el caballo jugase con ellas y su lengua y así estimularle la salivación.

7 - Cabeza del mosal: Protuberancia en la parte superior externa del mosal de la que pendía la barbada.

8 - Barbada: argolla por la que se introducía la mandíbula inferior del caballo hasta la altura de las comisuras de los labios y que pendía de la cabeza del mosal. Podía girar en la cabeza o ser fija, y ser lisa, acanalada, con estrías, de goznes (articulada), de garniel (con apertura), de candilejo, pergolada o de eslabones.

9 - Alacranes: Garabatos por los que se unía el freno a la cabezada.

Los caballeros de la gineta ponían mucho empeño en diseñar el freno con las dimensiones y características adecuadas a la boca de su caballo. Había cuatro tipos principales de frenos: El natural, el de espejuelo, el de portalejo o portalete y el de cuerno de cabra pero con un sinfín de variaciones que afectaban a la longitud de las camas, a la anchura del bocado, al grosor y longitud de los asientos, a que su superficie fuese bruñida (de babosilla), con coscojas o estriados, atravesados o con desveno, la longitud y forma del mosal, el grosor y forma de la barbada, que fuese clavada o suelta, etcétera. Y estas modificaciones se usaban en función de que la boca del caballo fuese natural, boquimuelle, boquirrasgado, boquiconejuno, de que los asientos, barboquejo y lengua fuesen finos o carnosos, o de si el caballo tenía algún vicio como tragarse el freno, morderlo con los dientes, torcerlo, sacar la lengua, despapar, encapotarse, enarbolarse, o salir disparado.

Ese afán por conseguir el perfecto enfrenamiento: “Todo el primor de la Gineta consiste en el buen enfrenamiento” decía Vargas Machuca, lograba la íntima sintonía entre la boca del caballo y la mano del jinete, haciendo que el caballo respondiese con inmediatez y precisión.

 

Las espuelas.

Las usaban de diversos tipos, entre los que se encontraban las llamadas de pico de gorrión, las de monte, las de acicates y las secretas

Se componían de:

- Caja: El hueco donde se introducía el talón del pié. Tenía dos brazos, siendo el interior más corto que el exterior.

- Barrileras: Los ojales por donde pasaban las correas con que se ceñía la espuela al pié. Tenían dos dedos de ancho.

- Venera: Pletina cóncava que se asentaba en la parte posterior del talón.

- Castillejo: Parte superior de la venera que tenía un ojal, de dos dedos de ancho, por donde pasaban las correas de la espuela.

- Intermedio: Pieza entre el castillejo y la rodaja o arandela.

- Rodaja, rodete o arandela: Pieza circular transversal al intermedio y asta. Andrada dice que es mejor que sea ancho, para que no lastime mucho la espuela al caballo. La mayor parte de las veces era esta pieza la que contactaba con el costado del caballo, sin que el acicate llegase a tocarle.

- Asta: Vástago de la espuela. Andrada dice que tiene tres o cuatro dedos y Vargas Machuca que “un coto ordinario” (cuatro dedos).

- Acicate: Punta de la espuela que se colocaba (o no) al final del asta.

Daban mucha importancia en la forma de batir las espuelas, que había de ser rítmica, rápida y discreta. Normalmente lo hacían de repelón, haciendo bascular los estribos sobre su ojo, moviendo la puntera del pié abajo y arriba, una o dos veces por tranco, en el galope.

 

Armas de la gineta.

Las armas típicas de la gineta eran la lanza, la adarga y la espada, y eran comunes a ambos bandos (cristiano y musulmán). Donde se aprecia una gran diferencia es en las armaduras. Los musulmanes acudían a la batalla sin ellas, a lo sumo llevaban una cota de malla o un jaco acolchado y, en ocasiones, un pequeño capacete bajo el turbante. En el bando cristiano se aprecia una evolución, pasando de la armadura completa de la Edad Media a una armadura ligera, a finales de aquella época, y a una simple cota de malla bajo el jaco y un morrión, en el Renacimiento.  

 

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Pedro de Aguilar (1570) hace relación de las armas tradicionales del soldado de la gineta: Peto, espaldar, gola, falda abierta por delante y por detrás, mangas de malla, manoplas, quijotes, capacete de pico de gorrión, lanza, adarga, espada y daga, y reflexiona “Aunque a mí me parece son estas tantas armas, que aunque el enemigo no mate al caballero que las llevase, lo matarán ellas por su peso y embarazo”

Vargas Machuca (1619) recomendaba: “repararse debajo de la ropilla de un buen jaco de malla fuerte, de macho y hembra gruesa, que para este modo de batalla, es la mejor arma de todas, respecto de los dobles y quiebros que el cuerpo ha de hacer, porque con otra arma tiesa se hace mal”.

Tapia y Salcedo, en su libro titulado Ejercicios de la Gineta (1643) dice del guerrero de la gineta: “Son sus armas espada ancha, lanza y adarga, cota, borceguíes y espuelas, que las demás embarazan más que guardan”.

 

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Jinetes representados en el fresco de la Batalla de la Higueruela (1431), del Monasterio de El Escorial y en la Toma de Orán (1509) de la capilla mozárabe de la Catedral de Toledo.

 

La lanza tenía de 16 a 18 palmos de longitud, ni muy gruesa ni muy delgada, de madera de fresno para las veras y de pino para los regocijos. En un extremo llevaba la moharra, gallardete y cordones, y en el opuesto, llamado cuento, un cuerno con sortija o una bola. Los  moros usaban en ocasiones unas lanzas con moharra en ambos extremos, tal y como se aprecia en el tapiz de la Campaña de Túnez, del alcázar de Sevilla.

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No se usaba de forma estática, sobre el ristre, como en la brida, sino que se manipulaba con destreza, se giraba sobre la mano y debajo de la mano, se rebatía, se hurtaba y se daban golpes, tanto con la moharra como con el cuento, tanto al entrar como al salir.

La adarga era un escudo de cuero de vaca, crudo y encalado (metido en una solución de cal viva para que se desprendiese el pelo). En tiempos del califato los más reputados se hacían en Córdoba, de los que se hacían 13.000 al año, y las más apreciadas eran las que se hacían con piel de “lamt”  (= ante). El ilustre historiador Levi Porvençal es quien lo cita pero dice que se trata de un antílope sahariano cuya piel, una vez curtida, pasaba por impenetrable a lanza, sable y a casi todas las flechas, sin embargo es probable que se tratase de la piel del búfalo; en el Diccionario de Autoridades (Ed. 1726) dice: “Ante, f. m. Se llama también la piel del Danta, o Búfalo adobada, de suerte que con dificultad la pasa la espada, u otra arma de acero”.

Los moros usaron otros modelos de broquel, procedentes de Turquía y de Damasco, además de las adargas cordobesas. El ejército cristiano usaba adargas idénticas a las musulmanas; a partir de la conquista de Córdoba (1236) su producción se mantendría, pero para abastecer a los castellanos. En la Crónica de Don Pedro Niño, escrita hacia 1436 por Gutierre Díez de Games, hace relación del armamento con que éste caballero acudió a la toma del castillo de Pontevedra: “E llegó allí Pero Niño encima de un caballo, e las armas que traía eran una cota, e un bacinete con camal, según que entonces se usaba, e unas canilleras, e una adarga muy grande de barrera, que le habían dado en Córdoba por muy fermosa”.

Tenía la forma de dos elipses unidas longitudinalmente pero ligeramente inclinadas, de suerte que la adarga era algo más ancha por arriba. En la confluencia de las elipses se formaban sendas miras, la inferior servía para apoyar la adarga sobre el muslo, y la superior se utilizaba, en ocasiones, para apoyar la lanza cuando se cargaba contra el enemigo. Contaban con dos abrazaderas, por donde se insertaba el brazo izquierdo, y una manija que se sujetaba con la mano, al tiempo que las riendas. También solían llevar un fiador para colgársela del hombro derecho (atravesado por el pecho) o del arzón delantero, cuando no combatían. Su altura era de 60-65 cm. y resultaba muy ligera. En ocasiones, sobre todo para las galas y juegos de cañas, las pintaban o las cubrían con ricas telas bordadas o con cueros repujados. Había unas adargas específicas para el juego de cañas que eran más grandes (120-150 cm), rígidas de la mitad para arriba y flexibles en su mitad inferior. También hacían otras para la infantería, “de barrera”, como la que llevó Pero Niño a Pontevedra.

La adarga fue perdiendo protagonismo con la invención de las armas de fuego: “Han perdido algo de su valor después de la invención infernal de los mosquetes y arcabuces” (Andrada), hasta el punto de que este autor llegaba a desaconsejar su uso: “No reprobaría llevar a la guerra sola la lanza, porque el adarga, no sirve, ni defiende la furia de un arcabuz o mosquete y embaraza y estorba”

La espada era recta y de la marca o más corta y ancha (resultaba más fácil de desenvainar y envainar cuando había que hacerlo sobre un caballo al galope). Algunos autores recomiendan usar espadas de un solo filo para impedir que, al sacarla o meterla en su vaina, involuntariamente se cortasen las riendas.

Echaban mano a la espada cuando la lanza se quebraba o se caía de la mano. En esas ocasiones, por caballerosidad, el contrario también solía desprenderse de su lanza pero, Vargas Machuca, recomienda que, en caso de tomar esa decisión, se haga con precaución, porque había algunos que tenían mucha habilidad para recoger a galope la lanza que el rival había tirado cortésmente, haciendo cambiar las tornas.

 

                                                                                                                            Ricardo de Juana, 2012.

 

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