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Caballos del Renacimiento.

- El caballo de la España del Renacimiento.

- Léxico de la anatomía del caballo.

- Capas del caballo.

- La brida.

- La estradiota.

- La gineta, su origen.

- La gineta, descripción.

- La gineta, difusión.

- Diferencias entre gineta y brida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diferencias entre la brida y la gineta.

 

La brida y la gineta eran diferentes, como ya hemos visto, en el equipo hípico y la postura del jinete pero también lo eran en su concepto, en el tipo de caballo utilizado y en la forma de combatir.

En cuanto a la diferencia en el concepto, ambas escuelas procuran la sumisión del caballo para poder aprovecharse de su fuerza pero en la brida se realizaba mediante métodos expeditivos que solo buscaban el sometimiento de la voluntad del caballo por miedo al castigo, mientras que en la gineta se procuraba ganar su voluntad, seduciéndole hasta lograr su complicidad y, logrado esto, se le trataba, no como a un esclavo, sino como a un compañero de armas del que dependía la vida del jinete. Esta diferencia de planteamiento no se debía a la mayor o menor inteligencia y/o sensibilidad de los hombres, sino de la de los caballos.

Hoy en día no se aprecia tanta diferencia entre los caballos españoles o portugueses y los del resto de Europa, debido a que durante siglos, las otras naciones europeas, han cruzado sus caballos autóctonos con los nuestros, con los berberiscos y con los de Arabia pero, todavía en el siglo XVII, el duque de Newcastle decía: ”De todos los caballos del mundo, de cualquier región o clima que sean, los caballos de España son los más inteligentes, y lo son de tal forma, que es cosa que excede la imaginación”. La gineta no hubiese sido posible en España si nuestros caballos hubiesen sido lerdos y, si en otros países europeos hubiesen tenido caballos tan inteligentes y ágiles como los nuestros, seguramente hubiesen desarrollado la gineta u otro tipo de equitación ligera similar.

Pero no solamente se diferenciaban por su mayor inteligencia sino también por su valor, osadía y temeridad. Tal vez debido a ese tipo de doma, mediante la cual se lograba su complicidad, los caballos españoles asumían la lid de su jinete como si de un asunto propio se tratase. El señor de Solleysel, Caballerizo Mayor de Luis XIV de Francia y autor de. Le Perfait Maréchal, (Amsterdam. 1723) escribe con admiración sobre los caballos españoles:he oído hablar historias admirables sobre su valor, ya que han sido vistos cubiertos de heridas, con las tripas fuera del vientre, toda su sangre perdida y, aún así, seguir tan coléricos como cuando se encontraban sanos y salvos, con el mismo coraje y la misma fiereza con que habían llegado al combate, perdiendo antes la vida que el coraje”. Gutierre Díez de Games narra, en la Crónica de Don Pedro Niño (h. 1436) un caso real, del que fue testigo en Ronda, que confirma la opinión del señor de Solleysel: “Desta guisa llegó fasta la puente que cerca de la villa: e acaesció que salió un caballero armado a pié, e llegó muy denodadamente fasta echarle mano a las riendas del caballo; e diole Pero Niño tal golpe por cima de la cabeza, que le cortó el bacinete con el casco (cráneo), tanto que el moro cayó muerto en tierra. De aquel golpe oviera de perder el espada. El pasó en aquella hora tanto peligro e trabajo, que caballero del mundo non pudo mas pasar en tanto espacio; que le asían por las piernas tirando por él, e levárole la vaina del espada, e la daga; e con la ayuda de Dios delibróse de todos ellos, en tal manera, que quien mirar quiso bien, pudo ver dejar la cerca los que estaban encima de la puerta, e fuir al castillo. E así andando, enflasquecía su caballo: e mirándole, vio que corría dél sangre mucha, e que ya no le podía traer, e que facía poco por las espuelas. Volvió a su gente, el caballo que no podía más, e firiendo e delibrandose de los moros. Asíanse del: el caballo era de buena natura, e aunque le fallescía la fuerza de los golpes e grandes feridas que le avían dado no le fasllecía el corazón; porque sacó a su señor de tal lugar. Antes quel caballo cayese dióle un su paje otro caballo; e dende a poco cayó el buen caballo muerto en tierra colgando las barrigas e las tripas fuera por muchos lugares”.

En lo que respecta a lo militar, aunque básicamente las dos escuelas consistían en pelear con lanza sobre un caballo, la forma de hacerlo era muy distinta y, por tanto, también lo era su utilidad en la batalla. Para comprender la diferencia táctica de ambas caballerías creo que viene bien recordar la opinión de Martín de Eguiluz, capitán de los Tercios que participó en numerosas guerras en Berbería, Nápoles, Flandes, Malta y Portugal, durante el siglo XVI. Por ser de infantería, su opinión puede considerarse objetiva (nadie valoraba tan justamente a la caballería como los soldados de infantería ya que en el fragor de la batalla, como decía Bernal Díaz del Castillo, después de la de Dios, era la única ayuda con que contaban). En su libro Milicia, discurso y regla, 1595, dice : “Los hombres de armas para una ocasión son fuertes más que ninguna otra caballería: y así en tiempo de batalla contra el enemigo, la persona Real, o Emperador se repara con ella, porque arrimado a un escuadrón de infantería otro de caballería de hombres de armas, es castillo fuerte en campo llano, porque las hileras de vanguardia las forman de caballos bardados […] y son fortísimos y gallardos los caballos, y sufren gran carga, y si cierran con otro escuadrón hace se un fracaso como de terremoto, En esto cada una parte de la caballería es muy buena, y junto con la infantería es fortísima en campaña la una y la otra: pero para romper a los enemigos, así caballería como infantería, la ligera de ristre: para escoltas, trabar escaramuza y otros servicios, el arcabucería: para presta, y por donde quiera, la gineta: para fortificación de una necesidad, la de los hombres de armas, que es la de lanzas gruesas. Así que toda ella está bien repartida y es muy necesaria”.

 En este párrafo hace mención a cuatro tipos de caballería: La ligera de ristre, la arcabucería montada, la gineta y la de los hombres de armas. La primera era intermedia entre la de los hombres de armas y la gineta; estos jinetes peleaban con lanza ligera pero la usaban al estilo de los hombres de armas, portándola sobre el ristre del peto. Sus caballos, como los de la gineta, no llevaban armadura pero los hombres sí iban más acorazados que aquellos. Los arcabuceros montaban en caballos ligeros pero de menos categoría: “Y los arcabuceros de a caballo, como han de tener forzoso un caballo, y aquel, aunque no sea tan gallardo como el del caballo ligero, como corra, pare, y revuelva bien sin espanto, es bueno”. La de los hombres de armas era la caballería pesada, “la de lanzas gruesas”, y se utilizaba, como si de un muro se tratase, para protegerse del ataque de los enemigos o para lanzarlo contra sus escuadrones rompiéndolos como si fuese un terremoto. La gineta usaba los caballos españoles, los más ligeros, por ello era la más presta (rápida) y andaba por donde quería:  "La  gineta de España para campear es perfecta, que es presta como el pensamiento, y revuelve por do quiere, y pica por todas partes, y las cuestas, cerros, sierras y valles, todo es llano para ella, que son como gatos aquellos caballos, en un momento se hallan en todo lo que quieren: y ninguna otra caballería les dañará si no los cogiesen encerrados: pero en campaña ella hace lo que quiere, porque si la demás caballería la sigue para alcanzarla, es como ir el mastín tras el galgo: y también si quiere esperar la carga de la caballería ligera, hiere mejor huyendo, porque tira de la lanza para atrás, y mata el caballo que le sigue, y hace burla del, porque si alarga la brida, en un momento se haya lejos" (Martín de Eguiluz)

 No utilizaban la lanza de forma estática, como la caballería de ristre y la de los hombres de armas, sino con absoluta libertad y gran destreza.

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La gran diferencia entre el ejército francés (los europeos en general) y el español era la gineta y sus caballos. La diferencia cualitativa entre los caballos ibéricos y los del resto de Europa, como ya hemos indicado, era entonces mucho mayor de la que se puede apreciar hoy en día. Gonzalo de Ayora, en las cartas que escribió a Fernando el Católico durante la Campaña del Rosellón (1503), comenta que interrogó a unos prisioneros franceses y, entre otras cosas le dijeron: “que los más buenos caballos que tienen en su campo son de España; por lo que claramente dice toda su gente la ventaja que nuestros caballos tienen a los suyos, y a los de todo el mundo”. 

Y no mentían los prisioneros franceses ya que, el mismo rey Carlos VIII de Francia eligió a un caballo español para acudir a la campaña de Nápoles (1494-95), sin importarle que fuese de veinticuatro años de edad y tuerto. Como logró entrar victorioso en Nápoles, le quedó tan agradecido que le dio una tranquila jubilación y lo enterró a su muerte.

El ejército francés que invadió el Rosellón estaba compuesto por hombres de armas, además de arqueros y ballesteros a caballo pero en las cartas de Gonzalo de Ayora abundan las hazañas en las que queda meridianamente clara la superioridad de la gineta sobre las unidades montadas francesas. En un ardid que tendieron los españoles en Mas de la Garriga, cerca de Perpiñán, un destacamento de 30 jinetes se topó con 20 arqueros y 1500 peones de los que prendieron 29 y mataron 200; al verlo, salieron del real de Francia 50 hombres de armas “pero no osaron seguir a los nuestros por el grande miedo que les tienen” y regresaron al Real en busca de refuerzos “Sería la avanguarda de los franceses fasta 50 hombres de armas, y 100 otros entre ballesteros y arqueros de caballo; y en otra batalla que venía tras ésta, habría fasta 200 hombres de armas, y otros tantos archeros, y fasta 2500 peones por alas, y luego otra poco mayor que ésta de caballeros […] y allí salieron Pedro de Almaraz, y el Comendador Ribera, y Martín de Salcedo, con fasta 100 ginetes otros que tenían, y recogieron los suyos (30), y volvieron contra los franceses, que huyeron hasta su batalla primera, que sería media legua”.

Mucho sería por el factor psicológico: “y día ha habido de correr un ginete a dos hombres de armas de ellos, estando armados, y con sendas lanzas de mano, y correllos, y meterlos a lanzadas por la batalla de su guarda, y ellos perdidos los estribos, y abrazados con las cervices de los caballos, y dando gritos que los socorriesen”. Pero tampoco les faltaban ejemplos prácticos a los “gens d´armes” para temer a los jinetes; en esta campaña del Rosellón participaron también jinetes moros de la recién tomada Granada: “y día de topar tres granadines a la gineta con un hombre de armas y 7 archeros, y matar 3 de ellos y traer 2 presos, y fuir los otros hasta su Real”.

Pero la gineta no solo era eficaz contra la caballería francesa sino también contra la implacable infantería suiza: “un día de los que el Duque salió a correr la guarda de los Franceses, como esta tierra es tan arboleada y llena de bosques, apartáronse 30 ginetes de los otros corredores, y toparon con 200 archeros (a caballo), y más de 1000 peones, en que había 300 suizos, y pelearon con ellos, y mataron algunos archeros, y pusieron en fuida los otros, y sus peones, excepto los suizos, de los cuales mataron los nuestros más de 180, y prendieron 36, sin matar hombres de los nuestros: verdad es que ovo algunos feridos y caballos muertos”. Cuesta imaginar cómo podían los jinetes atravesar la inexpugnable barrera de chuzos de la infantería suiza sin sufrir más bajas que las de algunos heridos y algunos caballos muertos.

 

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Mala guerra, de Hans Holbein el Joven. (wikipedia)

 

Tan clara era la superioridad de la gineta que Ayora le dice al rey Fernando: “Crea V.A. que con el ayuda  de Dios esta armada de los franceses se perderá presto: y si oviese 500 ginetes sobre los que aquí hay […] que los franceses serían destruidos muy brevemente”.

 

                                                                                                                             Ricardo de Juana, 2012.

 

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