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Diferencias entre la brida y la
gineta. La brida y la gineta
eran diferentes, como ya hemos visto, en el equipo hípico y la postura del
jinete pero también lo eran en su concepto, en el tipo de caballo utilizado y
en la forma de combatir. En cuanto a la
diferencia en el concepto, ambas escuelas procuran la sumisión del caballo
para poder aprovecharse de su fuerza pero en la brida se realizaba mediante
métodos expeditivos que solo buscaban el sometimiento de la voluntad del
caballo por miedo al castigo, mientras que en la gineta se procuraba ganar su
voluntad, seduciéndole hasta lograr su complicidad y, logrado esto, se le
trataba, no como a un esclavo, sino como a un compañero de armas del que
dependía la vida del jinete. Esta diferencia de planteamiento no se debía a
la mayor o menor inteligencia y/o sensibilidad de los hombres, sino de la de
los caballos. Hoy en día no se
aprecia tanta diferencia entre los caballos españoles o portugueses y los del
resto de Europa, debido a que durante siglos, las otras naciones europeas,
han cruzado sus caballos autóctonos con los nuestros, con los berberiscos y
con los de Arabia pero, todavía en el siglo XVII, el duque de Newcastle decía: ”De todos los caballos del mundo, de
cualquier región o clima que sean, los caballos de España son los más
inteligentes, y lo son de tal forma, que es cosa que excede la imaginación”.
La gineta no hubiese sido posible en España si nuestros caballos hubiesen
sido lerdos y, si en otros países europeos hubiesen tenido caballos tan
inteligentes y ágiles como los nuestros, seguramente hubiesen desarrollado la
gineta u otro tipo de equitación ligera similar. Pero no solamente se
diferenciaban por su mayor inteligencia sino también por su valor, osadía y
temeridad. Tal vez debido a ese tipo de doma, mediante la cual se lograba su
complicidad, los caballos españoles asumían la lid de su jinete como si de un
asunto propio se tratase. El señor de Solleysel, Caballerizo Mayor de Luis
XIV de Francia y autor de. Le Perfait Maréchal, (Amsterdam. 1723) escribe con admiración
sobre los caballos españoles: “he oído hablar historias admirables sobre su valor, ya que han sido
vistos cubiertos de heridas, con las tripas fuera del vientre, toda su sangre
perdida y, aún así, seguir tan coléricos como cuando se encontraban sanos y
salvos, con el mismo coraje y la misma fiereza con que habían llegado al
combate, perdiendo antes la vida que el coraje”. Gutierre Díez de Games narra, en la Crónica de Don Pedro Niño (h. 1436) un caso real, del que
fue testigo en Ronda, que confirma la opinión del señor de Solleysel: “Desta guisa llegó fasta la puente que
cerca de la villa: e acaesció que salió un caballero armado a pié, e llegó
muy denodadamente fasta echarle mano a las riendas del caballo; e diole Pero
Niño tal golpe por cima de la cabeza, que le cortó el bacinete con el casco (cráneo), tanto que el moro cayó muerto en tierra.
De aquel golpe oviera de perder el espada. El pasó en aquella hora tanto
peligro e trabajo, que caballero del mundo non pudo mas pasar en tanto
espacio; que le asían por las piernas tirando por él, e levárole la vaina del
espada, e la daga; e con la ayuda de Dios delibróse de todos ellos, en tal
manera, que quien mirar quiso bien, pudo ver dejar la cerca los que estaban
encima de la puerta, e fuir al castillo. E así andando, enflasquecía su
caballo: e mirándole, vio que corría dél sangre mucha, e que ya no le podía
traer, e que facía poco por las espuelas. Volvió a su gente, el caballo que
no podía más, e firiendo e delibrandose de los moros. Asíanse del: el caballo
era de buena natura, e aunque le fallescía la fuerza de los golpes e grandes
feridas que le avían dado no le fasllecía el corazón; porque sacó a su señor
de tal lugar. Antes quel caballo cayese dióle un su paje otro caballo; e
dende a poco cayó el buen caballo muerto en tierra colgando las barrigas e
las tripas fuera por muchos lugares”. En lo
que respecta a lo militar, aunque básicamente las dos escuelas consistían en
pelear con lanza sobre un caballo, la forma de hacerlo era muy distinta y,
por tanto, también lo era su utilidad en la batalla. Para comprender la
diferencia táctica de ambas caballerías creo que viene bien recordar la
opinión de Martín de Eguiluz, capitán de los Tercios que participó en
numerosas guerras en Berbería, Nápoles, Flandes, Malta y Portugal, durante el
siglo XVI. Por ser de infantería, su opinión puede considerarse objetiva
(nadie valoraba tan justamente a la caballería como los soldados de
infantería ya que en el fragor de la batalla, como decía Bernal Díaz del
Castillo, después de la de Dios, era la única ayuda con que contaban). En su
libro Milicia, discurso y regla,
1595, dice : “Los hombres de armas para
una ocasión son fuertes más que ninguna otra caballería: y así en tiempo de
batalla contra el enemigo, la persona Real, o Emperador se repara con ella,
porque arrimado a un escuadrón de infantería otro de caballería de hombres de
armas, es castillo fuerte en campo llano, porque las hileras de vanguardia
las forman de caballos bardados […] y son fortísimos y gallardos los
caballos, y sufren gran carga, y si cierran con otro escuadrón hace se un
fracaso como de terremoto, En esto cada una parte de la caballería es muy
buena, y junto con la infantería es fortísima en campaña la una y la otra:
pero para romper a los enemigos, así caballería como infantería, la ligera de
ristre: para escoltas, trabar escaramuza y otros servicios, el arcabucería:
para presta, y por donde quiera, la gineta: para fortificación de una
necesidad, la de los hombres de armas, que es la de lanzas gruesas. Así que
toda ella está bien repartida y es muy necesaria”. En este párrafo hace mención a cuatro tipos
de caballería: La ligera de ristre, la arcabucería montada, la gineta y la de
los hombres de armas. La primera era intermedia entre la de los hombres de
armas y la gineta; estos jinetes peleaban con lanza ligera pero la usaban al
estilo de los hombres de armas, portándola sobre el ristre del peto. Sus
caballos, como los de la gineta, no llevaban armadura pero los hombres sí
iban más acorazados que aquellos. Los arcabuceros montaban en caballos
ligeros pero de menos categoría: “Y los
arcabuceros de a caballo, como han de tener forzoso un caballo, y aquel,
aunque no sea tan gallardo como el del caballo ligero, como corra, pare, y
revuelva bien sin espanto, es bueno”. La de los hombres de armas era la
caballería pesada, “la de lanzas gruesas”, y se utilizaba, como si de un muro
se tratase, para protegerse del ataque de los enemigos o para lanzarlo contra
sus escuadrones rompiéndolos como si fuese un terremoto. La gineta usaba los
caballos españoles, los más ligeros, por ello era la más presta (rápida) y
andaba por donde quería: "La
gineta de España para
campear es perfecta, que es presta como el pensamiento, y revuelve por do
quiere, y pica por todas partes, y las cuestas, cerros, sierras y valles,
todo es llano para ella, que son como gatos aquellos caballos, en un momento
se hallan en todo lo que quieren: y ninguna otra caballería les dañará si no
los cogiesen encerrados: pero en campaña ella hace lo que quiere, porque si
la demás caballería la sigue para alcanzarla, es como ir el mastín tras el
galgo: y también si quiere esperar la carga de la caballería ligera, hiere
mejor huyendo, porque tira de la lanza para atrás,
y mata el caballo que le sigue, y hace burla del, porque si alarga la brida,
en un momento se haya lejos" (Martín de Eguiluz) No utilizaban la lanza de forma estática, como
la caballería de ristre y la de los hombres de armas, sino con absoluta
libertad y gran destreza.
La gran diferencia
entre el ejército francés (los europeos en general) y el español era la
gineta y sus caballos. La diferencia cualitativa entre los caballos ibéricos
y los del resto de Europa, como ya hemos indicado, era entonces mucho mayor
de la que se puede apreciar hoy en día. Gonzalo de Ayora, en las cartas que
escribió a Fernando el Católico durante la Campaña del Rosellón (1503),
comenta que interrogó a unos prisioneros franceses y, entre otras cosas le
dijeron: “que los más buenos caballos
que tienen en su campo son de España; por lo que claramente dice toda su
gente la ventaja que nuestros caballos tienen a los suyos, y a los de todo el
mundo”. Y no mentían los
prisioneros franceses ya que, el mismo rey Carlos VIII de Francia eligió a un
caballo español para acudir a la campaña de Nápoles (1494-95), sin importarle
que fuese de veinticuatro años de edad y tuerto. Como logró entrar victorioso
en Nápoles, le quedó tan agradecido que le dio una tranquila jubilación y lo
enterró a su muerte. El ejército francés que
invadió el Rosellón estaba compuesto por hombres de armas, además de arqueros
y ballesteros a caballo pero en las cartas de Gonzalo de Ayora abundan las
hazañas en las que queda meridianamente clara la superioridad de la gineta
sobre las unidades montadas francesas. En un ardid que tendieron los
españoles en Mas de la Garriga, cerca de Perpiñán, un destacamento de 30
jinetes se topó con 20 arqueros y 1500 peones de los que prendieron 29 y
mataron 200; al verlo, salieron del real de Francia 50 hombres de armas “pero no osaron seguir a los nuestros por
el grande miedo que les tienen” y regresaron al Real en busca de
refuerzos “Sería la avanguarda de los
franceses fasta 50 hombres de armas, y 100 otros entre ballesteros y arqueros
de caballo; y en otra batalla que venía tras ésta, habría fasta 200 hombres
de armas, y otros tantos archeros, y fasta 2500 peones por alas, y luego otra
poco mayor que ésta de caballeros […] y allí salieron Pedro de Almaraz, y el
Comendador Ribera, y Martín de Salcedo, con fasta 100 ginetes otros que
tenían, y recogieron los suyos (30),
y volvieron contra los franceses, que huyeron hasta su batalla primera, que
sería media legua”. Mucho sería por el
factor psicológico: “y día ha habido de
correr un ginete a dos hombres de armas de ellos, estando armados, y con
sendas lanzas de mano, y correllos, y meterlos a lanzadas por la batalla de
su guarda, y ellos perdidos los estribos, y abrazados con las cervices de los
caballos, y dando gritos que los socorriesen”. Pero tampoco les faltaban
ejemplos prácticos a los “gens d´armes” para temer a los jinetes; en esta
campaña del Rosellón participaron también jinetes moros de la recién tomada
Granada: “y día de topar tres
granadines a la gineta con un hombre de armas y 7 archeros, y matar 3 de
ellos y traer 2 presos, y fuir los otros hasta su Real”. Pero la gineta no solo
era eficaz contra la caballería francesa sino también contra la implacable
infantería suiza: “un día de los que el
Duque salió a correr la guarda de los Franceses, como esta tierra es tan
arboleada y llena de bosques, apartáronse 30 ginetes de los otros corredores,
y toparon con 200 archeros (a caballo),
y más de 1000 peones, en que había 300 suizos, y pelearon con ellos, y
mataron algunos archeros, y pusieron en fuida los otros, y sus peones,
excepto los suizos, de los cuales mataron los nuestros más de 180, y
prendieron 36, sin matar hombres de los nuestros: verdad es que ovo algunos
feridos y caballos muertos”. Cuesta imaginar cómo podían los jinetes
atravesar la inexpugnable barrera de chuzos de la infantería suiza sin sufrir
más bajas que las de algunos heridos y algunos caballos muertos.
Mala guerra,
de Hans Holbein el Joven. (wikipedia) Tan clara era la
superioridad de la gineta que Ayora le dice al rey Fernando: “Crea V.A. que con el ayuda de Dios esta armada de los franceses se
perderá presto: y si oviese 500 ginetes sobre los que aquí hay […] que los
franceses serían destruidos muy brevemente”.
Ricardo de Juana, 2012. Principio del documento
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