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Cueva de Piedras Blancas (Almería). Paleolítico Superior
Equus przewalski
Cueva de Tito Bustillo
Caballos de la Cueva de Ekain
Caballo de la Cueva de Jorge (Mesolítico) Museo de Cieza (Murcia)
Selva Pascuala, Villar del Humo (Cuenca)
Cebras
Onagro
¿Encebra? Pintura rupestre de Fuente del Cabrerizo, Albarracín, Teruel. (Breuil)
Caballo Przewalski
Tarpan (reconstruido)
Przewalski abatido por soldados rusos
Caballo de tiro centroeuropeo
Aptitud para la doma
Vaso campaniforme
Amen-Hotep II
Código de Hammurabi
Yegua berberisca
Caballo berberisco
Bajorrelieve mesopotámico. Asna con su buche
Yegua berberisca con su rastra
Thut Mose IV
Jinete ibero
Caballo árabe
Perfil sub-convexo
Manada losina
Estela con jinete. Clunia (Burgos)
Marco Aurelio
La jineta se conserva en el rejoneo
Yeguas mestizas
Cueva de Niaux
Pony Shetland
Pony Dales
Terrecota ibera
P.R.E.
Bronce ibero
Caballo de bronce (Museo de Mérida)
Caballo Sorraya
Vaqueros
Guerrero ibero
caballo losino
Yegua losina en Invierno
Yegua con muleta
Caballeros cristianos y musulmanes
Alfonso X "El Sabio"
Rodrigo Díaz de Vivar "Cid campeador"
Muletas
Garañón Zamorano
Rendición de Granada
Yeguas bretonas con sus rastras
Caballo losino
Yeguas con sus muletas en la sierra
Caballo losino
Molinero en su yegua losina
Alférez de la Caballería española
Semental postier bretón
Coche de mulas
Potranca losina
Yegua losina con rastra
Dibujo de un caballo losino
Querían ver la raza en los ejemplares cruzados... (el "Moro" de Berberana)
El "Moro" de Castrobarto
"Blacky" de Relloso
"Blacky" de Relloso
"Moro" de Castrobarto
Se soltaron las yeguas en el monte de Pancorbo...
Feria de Criales de Losa (1989)
"Boni" con su vieja yegua
Caballo losino
Restos de un lechal losino comido por los lobos
Jinetes en losinos
Manada losina en la sierra de Pancorbo
Tarjeta de Telefónica sobre el caballo losino
Yeguas losinas en el monte
Lechal losino mordido por los lobos
Yegua losina y su potro
Yegua y potranca losinas
Cabeza de potro losino
Manada losina capturada
Marcando losinos
Yegua losina con rastra, en los pastos
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EL CABALLO LOSINO, SUS ORÍGENES EL CABALLO SILVESTRE EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Es notorio que, durante el Paleolítico el caballo era muy abundante en la Península Ibérica y así lo demuestran, no sólo los restos fósiles sino también cientos de pinturas rupestres y en especial las correspondientes al período Solutrense.
Comúnmente se ha dado por sentado que los cambios climáticos
producidos a finales del Pleistoceno (10.000 a. C.) produjeron
modificaciones en la vegetación, que conducen a la transformación de las
estepas en bosques, y que con aquéllas desapareció la especie caballar.
Según esta teoría, los caballos habrían abandonado la Península Ibérica,
ascendido septentrionalmente tras los hielos en retirada.
Muchos autores han creído confirmada esta teoría al no
encontrarse restos fósiles
de équidos correspondientes a la etapa del Neolítico.
Hay que aceptar respetuosamente cualquier hipótesis, pero sin
olvidar que todas ellas están por ser demostradas y que por lo tanto
siempre hay que recibirlas y analizarlas con espíritu crítico y jamás
darlas por “indiscutibles”.
Las teorías tienen una importancia de primer orden en el
desarrollo de las ciencias. En el pasado no había más opción que
discutirlas razonadamente, pues no existían los métodos actuales de
investigación. Que duda cabe, que en muchas ocasiones la aplicación de
la razón al análisis de las hipótesis ha llevado a convencimientos
absurdos (“el sueño de la razón produce monstruos”, dijo Goya), ya
que la realidad es con frecuencia más caprichosa que nuestra imaginación.
Estas teorías, publicadas por algún autor, han sido
reproducidas en infinidad de publicaciones y sin el más mínimo espíritu
crítico, contribuyendo así a su divulgación y aceptación social.
Afortunadamente, cada día son más los conocimientos acumulados y
los métodos de investigación (nuevas técnicas arqueológicas, ADN,
Carbono 14,...) y por lo tanto, la comunidad científica está en situación
de confirmar, modificar o rechazar muchas de esas teorías clásicas. Sin
embargo hay dos factores que frenan este sano avance: la escasez de
recursos económicos (si pocos son los fondos destinados a la Arqueología,
menos son los dedicados a la Arqueozoología y escasísimos los aplicados
a la investigación arqueológica de las razas domésticas) y el profundo
arraigo de algunas de estas creencias entre el público (reforzada por la
constante aparición de publicaciones, de bajo nivel intelectual que
machaconamente repiten y respaldan ideas obsoletas)
Sirva como ejemplo la manida teoría de que las actuales razas de
caballos domésticos descienden del Equus
przewalski, cuando hace ya muchos años que el análisis de ADN
demostró que este équido está genéticamente tan distante del Equus
caballus como éste lo está del Equus
asinus, ya que el primero posee 66 pares de cromosomas, el caballo 64
y el burro 62 (si bien es cierto que, mientras que el cruce de Przewalski
y caballo es normalmente fértil, el de caballo y burro no lo suele ser).
A pesar de ello son multitud las publicaciones aparecidas en los últimos
años que mantienen aquella idea.
De la misma manera la teoría de la desaparición de la especie
caballar de la Península Ibérica durante el Neolítico se dio por buena
hasta hace pocos años, a pesar de que se podrían haber objetado dudas
razonables.
Con el tiempo han aparecido, y cada día son más, los restos de
caballos encontrados en los niveles neolíticos peninsulares, como son los
aparecidos en Aldecueva (Carranza – Vizcaya), cueva de Urtiaga
(Itziar-Deba – Guipúzcoa), cueva de los Husos (el Villar – Álava),
yacimiento de Zatoya (Aburrea Alta – Navarra), Cova Fosca (Ares del
Maestre – Castellón)... Según
el Profesor D. Jesús Altuna, Director del Departamento de Arqueología
Prehistórica de la Sociedad de Estudios Aranzadi y miembro del Comité
Internacional de Arqueozoología (ICAZ), aquella teoría “queda alterada
e invalidada” y “no ha habido extinción del caballo ni en el Mesolítico,
ni en el Neolítico”, aunque “probablemente no fue abundante en la
región durante el final del Paleolítico al preferir las estepas
desarboladas centroeuropeas”. En "Fauna y paisaje de los Pirineos en la Era Glacial" (Óscar Arribas, 2004) dice: En el Cantábrico la abundancia de la especie disminuye mucho al acabar el Würm, aunque sin desaparecer del todo a lo largo del Meso- y del Neolítico. En la Meseta tampoco parece que desaparezca en el Posglaciar, , sino que continúa hasta el Neolítico, donde aparentemente sigue su caza y comienza su domesticación
Este hecho puede tener una gran repercusión sobre las teorías acerca del origen de los caballos ibéricos, ya que es frecuente leer
planteamientos como que, si durante el Neolítico no existían caballos
aquí y en el Mesolítico sí, éstos tienen que proceder de caballos
oriundos de centroeuropa (caballo celta) o del Norte de África (caballo
bereber).
Con los conocimientos actuales, lo más coherente es suponer que
los caballos silvestres ibéricos de la Edad de Hierro, descendían
directamente de los caballos del Paleolítico.
Durante el Pleistoceno, en la Península Ibérica, habitaba el Equus
caballus torralbae, de 144 a 145 cm de alzada, mientras que en el
resto de Europa habitaban el Equus
caballus mosbachensis, de 164 a 167 cm de alzada y el Equus caballus gallicus, de 132 a 142 cm. A partir de la última glaciación, denominada Würm, los fósiles de caballos aparecidos en la Península Ibérica pertenecen a una única subespecie caballar (a excepción de los yacimientos de Urtiaga y Aitzbitarte, donde aparecen restos de Equus caballus gallicus, sin duda debido a la proximidad con el sur de Francia). Esta subespecie es el Equus caballus antunesi que derivaría del E.c. torralbae, y de la que descenderían los caballos silvestres ibéricos y por tanto las razas caballares españolas y portuguesas. DEL CABALLO SILVESTRE AL DOMÉSTICO Aunque
hoy en día veamos al caballo como un animal doméstico muy especial, con
el que compartimos ratos de ocio o del que nos servimos en nuestro trabajo
diario, hay que reconocer que
durante las 30/31 partes del tiempo que llevamos conviviendo con él, este
ha sido considerado tan sólo
como una más de las piezas de czaa de las que se sustentaba el hombre
euroasiático.
Llegado un momento, esta relación se transforma y nace la doma.
Aprendimos a aprovecharnos de la fuerza y velocidad de este animal. Este
hecho es uno de los más transcendentales de la Humanidad y a marcado
decisivamente la historia de las culturas y naciones.
Pero, ¿dónde y cuando se produce este evento?. Para la mayoría
de los autores, esto se produjo en Oriente. Unos se inclinan por el Cáucaso,
otros por Ucrania, otros por Kazajistán o por Mongolia.
Como ocurre con las reacciones químicas, para que de la unión del hombre y
del caballo se produzca el
jinete se tienen que dar unas condiciones adecuadas. La primera es que
estos dos cuerpos se encuentren, lo que implica que, necesariamente tuvo
que producirse dentro del área del hábitat natural del caballo
silvestre. La segunda condición es que el hombre halla alcanzado el
adecuado nivel cultural. Este momento coincide con el Neolítico, época
en la que los hombres comienzan a desarrollar la agricultura y la ganadería.
Necesariamente tendría que haberse producido sobre équidos física y psíquicamente
aptos para la domesticación. Otra condición es que la vegetación esté
suficientemente despejada como para que el uso del caballo resulte útil,
ya que en las zonas boscosas pierde la mayor parte de su utilidad. Tampoco
sería en zonas muy montañosas, por la misma razón anterior, y porque el
caballo silvestre solo visitaría esas zonas de manera esporádica y
estacional. Un factor muy importante es que esa sociedad fuera ganadera,
dado que el conocimiento de la domesticación de otros animales le daría
una ventaja fundamental, y encontraría una aplicación inmediata a la
doma del caballo en el manejo de sus ganados. DE LOS ÉQUIDOS, SU DISTRIBUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS
El genero Equus procede del continente americano, en donde se extinguió
durante el Pleistoceno. Desde allí se esparció por el continente
euro-asiático y por África, produciendo, en su adaptación a los
distintos nichos ecológicos, una serie de especies, subespecies y
variedades. Estas formas componen un amplio abanico que, manteniendo los
parámetros que las unen como especie, difieren en formas, alzadas,
llamadas, capas y condiciones para su domesticación. En
el sur y este de África dio lugar a las cebras, entre las que se han
conocido al Equus zebra, Equus
granti. Equus boehmi, Equus chapmanae, Equus grevyi, Equus quagga y Equus
burchelli. Todas ellas son de pelaje rayado en blanco y negro o castaño,
con raya de mulo, tienen la cabeza y orejas grandes, la cola en forma de
brocha, la crin corta y erizada, rebuznan y no han sido utilizadas como
animal doméstico. En
el norte de África se produjo el asno. El asno
salvaje africano se clasifica como Equus
asinus, tienen una talla pequeña (alrededor de 1,10 m), de capa gris
amarillenta con una raya oscura que le surca por el lomo desde la crin a
la cola (raya de mulo), otra que atraviesa la cruz (cruz de San Andrés)
y cebraduras en las patas. El hocico y el vientre son más claros,
la cabeza y las orejas muy grandes, la crin corta y erizada, rebuzna y ha
sido domado desde la prehistoria, generando muchas razas domésticas por
todo el mundo.
En Oriente Próximo se generó el hemión u onagro, conocido científicamente
como Equus hemionus onager. En el Tibet se produjo el kiang conocido
como Equus hemionus kiang. En el
noroeste de la India el khur o ghorkar, llamado Equus hemionus khur y en Mongolia el kulán o chiguetai, conocido
científicamente como Equus hemionus
hemionus. Todos ellos son de capa crema amarilla, con el vientre y
hocico blancos, raya dorsal, cola brocha, crin corta y erecta, cabeza y
orejas grandes, rebuznan,
están adaptados a vivir en climas desérticos, son muy veloces y
son de carácter arisco y huidizo, lo que no impidió que fueran domados y
uncidos a los carros en Mesopotamia, en la época de los sumerios.
Desde el Villafranquiense hasta el último periodo prehistórico habitó, en el sur de Europa y
oeste de Asia el Equus hidruntinus.
Su forma ibérica perduró hasta el siglo XVI o XVII, y se conocía como
Cebro/a o Encebro/a El nombre de cebra aplicado a los équidos del sur y este de África procede de este mítico animal. El primero, o uno de los primeros ejemplares de cebra africana de los que se tiene noticia en España es el que envió el “Rey” de Egipto cuando mandó una embajada al Rey Alfonso X “el Sabio”, en el año 1260: Y estando el Rey Don Alfonso en Sevilla y todas las gentes con él en este cumplimiento que hacían por su padre, vinieron a él mensajeros del Rey de Egipto, que decían Alvandexaver. Y trajeron presentes a este Rey Don Alfonso de muchos paños preciados y de muchas naturas, y muchas joyas y muy nobles y mucho extrañas. Y otrosí trajeron un marfil y una animalia que decían azorafa, y una asna, que era buiada, que tenía la una banda blanca y otra prieta, y trajéronle otras bestias y animalias de muchas maneras...
Por lo que se puede apreciar este animal era desconocido en
occidente y se le califica como una “asna buidada” (barreada o
listada), y aún no se le aplica el nombre de cebra. Posiblemente este
nombre se lo dieran posteriormente los portugueses, al recordarles a la encebra por sus
“bandas blancas y prietas”. En el Diccionario de la Lengua Francesa, le Petit Robert dice de la cebra: Zébre- 1610, port. zebbra (XIIe.), d´o. i.; á l´origine nom d´ un équide sauvage de la péninsule ibérique, applié ensuite á l´animal d´Afrique. El Nuovo Zingarelli, ed. Zanichelli, 1986, dice: Zebra - voce iberica col sign "di onagro" (d´origine incierta) passata`poi, per tramite port., nel Congo, a designare l´animale esotico.
En Mongolia han existido hasta época reciente el caballo
Przewalski y aún sobrevive en algunos zoológicos y parques. Se trata de
un équido de pequeña alzada, de color crema, con el vientre y el hocico
blancos, la crin corta, erecta y sin tupé, estrecha raya de mulo,
cebraduras ocasionales en las patas, cabeza y orejas grandes, cola poco
poblada, ojos pequeños y poco expresivos, de carácter esquivo, nunca fue
domado. Durante mucho tiempo se le consideró el ancestro de todos los
caballos verdaderos, pero esa teoría ya ha sido descartada. Juliet
Clutton-Brok (British Museum, Natural History, Cambridge, 1987) dice: No parece que el caballo de Przewalski esté directamente ligado a los
ancestros de los caballos domésticos europeos. Es más aceptable que sea
un vástago lateral de la línea principal de caballos pleistocénicos,
que sobrevivió a la extinción...
En las llanuras euro-asiáticas habitó el Tarpán. Gmelin lo
conoció en las alturas de Rusia central, cerca del río Don, en 1769, y
lo describió así: El mayor de los
caballos salvajes es difícilmente tan grande como el más pequeño ruso.
Comparada con otras partes, su cabeza es extraordinariamente pesada. Sus
orejas son puntiagudas, ambas del tamaño de las de los caballos domésticos,
o largas, casi parecidas a las de los asnos, y caídas. Sus ojos son
fieros. Su crin es corta y erizada. Su cola está más o menos cubierta
por pelo, pero siempre algo más corto que en los caballos domésticos.
Son de color ratón y
ésta es una característica observada en todos los caballos salvajes de
este distrito... el vientre es de color blanco o ceniza y las patas negras
por debajo de la mitad y hasta los cascos. Su pelo es muy largo y tan
grueso que uno imagina tener la sensación de ver una piel de peletería más
que la de un caballo.
Los caballos salvajes son muy difíciles de domar, no son usados
para cabalgar y generalmente mueren al año siguiente de ser capturados. Los sementales salvajes atacan y matan a los domésticos para secuestrar sus yeguas. Del cruce se producen híbridos que comparten características de ambos.
Describe a uno de esos híbridos, que ya debían de ser muy comunes
en aquel tiempo. Era hijo de una yegua negra doméstica cimarrona con un
semental tarpán. El híbrido era de color ratón oscuro mezclado con
negro. Su cola era más peluda, pero no completamente. Su cabeza era
gruesa, la crin corta y erizada, la forma del cuerpo más oblonga,
mientras que el pelo era de caballo doméstico, tanto en longitud como en
densidad.
La
extraordinaria variación en el tamaño de las orejas (del tamaño de las
de los caballos domésticos, o largas, casi parecidas a las de los asnos)
habría que achacárselo a los cruces sufridos por aquella población del
Don, lo que, junto a la caza con armas de fuego, supuso su total extinción.
Zeuner, en su “Historia de los animales domésticos” (Londres,
1963) cita la información de Pfizenmayer (1926) quien, cuando se
encontraba en la expedición por Siberia que le permitió recobrar el
famoso mamut Beresovka, ahora exhibido en San Petersburgo, recogió, a su
vez, varias informaciones de los cazadores locales sobre una población de
caballos salvajes al noreste de Siberia, entre los ríos Omolon y Anjuj,
ambos tributarios del Kolijma. Este caballo era muy parecido al Tarpán
pero cubierto de largos pelos de color gris-blanquecinos, del tamaño de
un caballo yakut, y habitaba en las proximidades del circulo polar, en la
tundra, cerca del límite forestal.
Para Lundholm (1949) las diferencias entre el Przewalski y el Tarpán
estaban en lo plano de la frente, en el perfil ondulado del cráneo, en
dos depresiones, la primera de las cuales se encuentra entre los ojos y la
segunda entre los tercios medio y anterior del nasal,
en que los supraorbitales sobresalen por encima del nivel de la
frente y en que el morro es más bajo y corto que en el Przewalski.
Por estas
descripciones parece que el tarpán era algo más parecido al caballo
verdadero, pero también habría que considerarlo como un semi-caballo, a
mitad de camino entre los semi-asnos y los caballos.
En Europa occidental, al final de la última glaciación, existían
tres tipos de caballos; al norte de los Pirineos, el
Equus caballus gallicus,
de una alzada de 1,32 a 1,40 m., y el Equus
caballus germanicus, de una alzada de 1,45 a 1,50 m., y al sur de los
Pirineos, el Equus caballus antunesi, de una alzada de 1,40 a 1,47 m., único y
exclusivo de la Península Ibérica.
Hoy en día los caballos se dividen en tres grupos genéricos: los
ponies, los caballos de sangre fría o pesados y los corceles. A pesar de
haber transcurrido tantos siglos y de un intenso trasiego de caballos, aún
es posible ver coincidencias al superponer el mapa de distribución de éstos
con el de las subespecies primitivas. De estas tres subespecies, la que reunía mejores condiciones para la equitación era la de la Península Ibérica, por tratarse de animales de estepa, adaptados a la carrera, ágiles y de suficiente talla. Nada podemos saber de sus condiciones psíquicas para la doma, pero a juzgar por sus descendientes, éstas debieron ser muy buenas, y en cualquier caso, abismalmente superiores a las de los semi-caballos habitantes de las estepas orientales Durante mucho tiempo se pensó que la retirada de los hielos habría dado paso a un paisaje forestal en la Península Ibérica, sin embargo, los análisis polínicos demuestran que, al principio del Holoceno, en la meseta existía un paisaje estepario con manchas de robledal mixto, mientras que en el Levante dominaba el bosque mediterráneo. En la Europa templada y en la cornisa cantábrica sí se dieron los bosques espesos y continuos. Estas condiciones ecológicas debieron influir en la evolución de las distintas subespecies de caballos. DEL
MARCO AGRÍCOLA Y GANADERO.
Por razones ecológico-climáticas, en la Península Ibérica se
dieron con anterioridad al resto de la zona ocupada por los caballos las
condiciones para el desarrollo de la agricultura y la ganadería. El inicio de la agricultura se produjo en las zonas en donde, tras la última glaciación, se criaban espontáneamente las gramíneas. Éstas se daban en la cuenca del Mediterráneo, asociadas al robledal mixto. En el Levante español, se practicaba su recolección desde antes del Holoceno, y su cultivo aparece a mediados del noveno milenio, mientras que en otras regiones como Zagros o Anatolia, no aparecen hasta el octavo. En el yacimiento de la cueva de l´Or, se descubrieron varios tipos de trigo y cebada cultivada datados del 5.500 a. C., mientras que a la Europa del norte y oeste y a los límites de la estepa rusa, no llegaron hasta el 4.000 a. C. (María Luisa Ruiz-Gálvez Priego, “Prehistoria de España, los orígenes”, Biblioteca Iberoamericana, Ed. Anaya SA, 1988, Madrid) Según informaba la agencia EFE el 29-01-05, un equipo del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valencia ha descubierto en el yacimiento neolítico de Mas d´Is (Alicante) fragmentos de cultivos de trigo y cebada que se remontan a 5.600 años antes de Cristo. DEL ORIGEN DE LA DOMA Y DEL CABALLO DOMESTICO
Los argumentos anteriores hacen sospechar que fue en la Península
Ibérica donde brotó la domesticación del caballo. Esto habría sido
posible por contar con una variedad de équido apta para la doma, por
haber alcanzado un desarrollo socio-económico adecuado (agrícola-ganadero),
y por poseer un paisaje (estepas con bosque mixto) en las que su uso como
montura resultaba altamente beneficioso. Este hecho se podría haber
producido antes del 4.000 a. C.
De esta misma opinión era
el gran hipólogo lusitano Ruy d´Andrade y dijo: “De
hecho, nos demuestran los arqueólogos, aparecen caballos domesticados en
las pinturas de abrigos del Levante español que se remontan al Mesolítico
y, al Neolítico, aparecen ya montados, encontrándose de esa época,
armas como la alabarda, que es un arma anti-caballería, el "dardo de
arremesso" y la
lanza contrapesada, "lanza de
conto", que es de la época del
bronce, así como el freno y las espuelas, todos ellos objetos de uso en
la lucha ecuestre de la lanza esgrimida. Estos datos arqueológicos hacen,
pues, remontar la equitación de la jineta, necesaria para la esgrima de
lanza, a 4.000 años a. C., fecha en la que en parte alguna del Mundo se
conoce haber ya caballos domesticados, mucho menos montados y aún menos
conducidos con freno y espuelas, esto es ensillados para evolucionar con
precisión”.
(traducción libre del texto “Esgrima de Lança á Gineta”) Otro texto que abunda en el mismo convencimiento es el siguiente: La existencia de caballos (Equus caballus) en los yacimientos anteriores, así como en otros contemporáneos de la provincia de Granada, plantea la posibilidad de una domesticación autóctona de esta especie en la Península Ibérica según el investigador alemán H. P. Uerpman, para el que habría que descartar una difusión de esta especie domesticada desde Oriente o Europa Central (La Historia de Almería, Vol. I La Prehistoria. Martínez C., Carrillero M. y Román M. Ed. Mediterráneo-Agedime. Madrid. 1998)
Con los datos aportados en las últimas décadas por el yacimiento
de Cova Fosca (Ares del Maestre - Castellón), ya sabemos que en el Levante
domesticaban caballos, ovejas, cabras y perros desde finales del Paleolítico
(Epipaleolítico) y al cerdo y al toro, desde el Neolítico. (Carmen
Olaria e Isabel Rubio, “El Neolítico en las comarcas Castellonenses”
Ed. Cátedra SA, Madrid, 1988) DE
SU DIFUSIÓN POR EUROPA
Desde la Península Ibérica se habría comenzado a distribuir el
corcel hacia el norte y este en tiempos remotos, muy probablemente junto
con la expansión de la cultura megalítica. Tradicionalmente se consideró
que la cultura megalítica procedía del este, sin embargo, hoy se sabe
que las construcciones megalíticas occidentales son anteriores a las
orientales. Durante
mucho tiempo se tendió a ver en ello la influencia civilizadora de
Oriente, donde ya era conocido este tipo de enterramiento.[...] A partir
de la utilización del método del carbono 14, desde los años 60 quedó
claro que las construcciones megalíticas occidentales eran más antiguas
que las orientales; otros trabajos posteriores permitieron igualmente
aislar de toda influencia oriental el nacimiento de la metalurgia en
Europa. El más antiguo foco megalítico de la Península es el portugués,
que se remonta al cuarto milenio a. de C.
(María Luisa Ruiz-Gálvez Priego, 1988) No sería extraño que esta cultura se
difundiera desde la Península Ibérica. Su difusión coincide con la
aparición de las gramíneas cultivadas en el centro y norte de Europa, y
podrían haberse distribuido desde la costa levantina española donde ya
se cultivaban desde el 5.600 a. C.
Entre los pobladores neolíticos de la Europa central y norte
coexistieron dos actitudes opuestas hacia los caballos, al mismo tiempo
eran piezas de caza y atributo de príncipes y reyes. Esto
bien podría interpretarse como que, mientras el caballo nativo sigue
siendo el tradicional objeto de la caza, hay unos pocos, adquiridos
mediante el comercio con la Península Ibérica, por los que se tiene un
extraordinario aprecio, siendo una ostentación del máximo rango su
posesión.
Para algunos autores la expansión del caballo doméstico por
Europa central coincidió con la de la cultura conocida como de las
“Hachas de Guerra”, que penetró en Alemania, procedente del sur de
Rusia, sobre el 2.300 a. C. Esto parece coincidir con la expansión de la
cultura Campaniforme que, procedente de la Península Ibérica, penetró
en Alemania desarrollando una floreciente cultura que intercambiaba ámbar
de la costa del mar Báltico por bronce, cerámica y collares del mar
Mediterráneo.
Según Zeuner: Con el Danubiano IV, la primitiva Edad del Bronce se desarrolla y
disemina hacia el oeste y el norte. El pueblo de la cerámica campaniforme
establece la nueva economía del metal trabajado y desarrolla el comercio
por doquiera. Puede ser debido al comercio que el caballo viene a ser
ahora una importante proposición económica, y que la cría del caballo
se inicie a gran escala.
Fernando d´Andrade dice en su “Historie du Cheval Ibérique”: Il est probable que l´expansion de la civilisation
connue comme celle du “vase campaniforme” se développant sur la Péninsule
Ibérique pendant l´âge du bronze, trois millénaires avant J-C, et répandue
sur l´Europe du Nord et du Centre, soit due á ce cheval.
El perfil convexo de las razas pesadas europeas, que en España
también se le conoce como perfil germánico, es muy probable que lo
adquirieran de los caballos del sur de la Península Ibérica, ya que éste
era uno de sus rasgos característicos.
Fue Antonius el primero en sugerir un centro de domesticación
separado en la Península Ibérica (aunque, para él éste sería el
origen de los caballos pesados). De similar opinión era Staffe (1944),
quien la englobaba con el noroeste de África. Zeuner dice:
Asumiendo que el oeste fue indudablemente un centro independiente de
domesticación del caballo, el problema cronológico salta a la palestra.
Si el caballo doméstico estuvo presente en el Neolítico de la Península
Ibérica, debería haber estado aquí considerablemente antes del 2.000 a.
C., en un tiempo en que el resto del Mediterráneo todavía no lo había
recibido. DE SU DIFUSIÓN POR ORIENTE
La llegada del caballo doméstico a Europa central y norte no habría
supuesto ninguna convulsión social o económica ya que al tratarse de
zonas muy boscosas el caballo no podía desarrollar todo su potencial y
disminuía mucho su valor como arma de guerra. Más bien se le tenía como
un artículo de lujo, apto para el ornato y ostentación de las clases más
poderosas que comenzaban a surgir junto con el comercio. Sin embargo, al
llegar a las estepas del oriente europeo y occidente asiático provocaría
un cambio radical y muy especialmente al encontrarse con el carro. Esto
pudo ocurrir a orillas del mar Caspio, ya que en Mesopotámia venían usando el
carro para uncirlo a bueyes y onagros.
Isaac Asimov, en “La tierra de Canaán” (Alianza Ed. Madrid,
1983) lo narra así: Entre los primeros pueblos que poseyeron el carro y el caballo habría uno al que conocemos como los hurritas. Estos descendieron sobre el arco septentrional de la Media Luna Fértil desde las estribaciones de las montañas del Cáucaso, al norte del Tigris y el Éufrates, inmediatamente después de la muerte de Hammurabi, entraron en Canaán y la atravesaron... Por primera vez en la historia de Egipto, éste tuvo que enfrentarse a un enemigo proveniente del otro lado del Sinaí. No pudo resistir a los caballos, como no había podido hacerlo Canaán. El
caballo pasó a convertirse en una indispensable fuerza bélica. A partir
de entonces y hasta principios del siglo XX definiría la historia del
mundo. DE
LA TEORÍA CLÁSICA
Esta teoría contrasta con la que comúnmente localiza la domesticación del caballo en la estepa ucraniana, al norte del Cáucaso. Algunos autores incluso creen haber encontrado evidencias en el yacimiento arqueológico de Dereivka, del 4.000 a. C., pero hay que darse cuenta de que de haber sido domesticado el caballo en Ucrania, en una edad tan temprana, su uso se habría extendido a la misma velocidad que él por todo Asia y norte de África, y el mundo civilizado de entonces tendría que haberlo conocido, inexcusablemente con mucha más anterioridad; bien lo habría adoptado como arma, ornato y medio de transporte, o bien habría sufrido las feroces cabalgadas de los pueblos invasores hartos de polvo y miseria y sedientos de sangre y riquezas, tal como ocurrió muchos siglos más tarde. En el texto de Asimov citado anteriormente nos relata cómo los hurritas, procedentes del Cáucaso, asolaron el Imperio Babilónico a la muerte de Hammurabi, es decir sobre el 1.750 a. C., y efectivamente, en su famoso Código de Leyes no se menciona a los caballos, pero existe una carta, aparentemente escrita en tiempos de su sucesor, Samsulluna, en la que narra como por aquel tiempo hubo grandes movimientos de gentes, que trajeron muchos caballos a Mesopotamia (Zeuner).
Otro tanto habría ocurrido en Egipto. Los egipcios divinizaron a
muchos animales, desde el humilde escarabajo al hipopótamo o al buitre.
De haber llegado el caballo en una época más temprana, cuando se estaba
fraguando su religión, lo hubieran puesto en sus altares, pues resulta
imposible de creer que, de haberlo conocido, no divinizasen a un animal
tan "adorable".
Parece ser que las sucesivas oleadas bárbaras, procedentes de las
estepas de Asia occidental, sufridas por Oriente Medio y por Europa están
directamente relacionadas con "su" descubrimiento del caballo
doméstico y "su" dominio de la equitación.
El hecho de que Europa haya sufrido tantas invasiones de pueblos
jinetes desde Oriente, ha influido poderosamente en nuestras cabezas, a la
hora de suponer un origen a la equitación.
La razón por la cual tardó tanto tiempo en difundirse el caballo
y la equitación desde la Península Ibérica es porque, al no ser posible
el transporte marítimo de caballos, en aquella época, necesariamente tenía
que hacerlo a través de Europa, y esta región, durante el Neolítico,
era un extenso y denso bosque, con muy escasa población, circunstancias
que no permitieron a aquellos europeos aprovechar las ventajas del caballo
como sí lo hicieron los pueblos de las estepas, cuando lo conocieron.
Cuando los ibéricos llevamos a los caballos a América éstos se
extendieron por todo el continente, desde la Patagonia al Canadá y sin
embargo no se encuentra en la selva del Amazonas. Esto no es tanto por
razones climáticas como por la inoperatividad del caballo en los bosques. Curiosamente fue a Portugal y a España, cuna del caballo doméstico, a quienes les correspondió el honor de devolverle a su tierra de origen, a América, donde, por algunos siglos, pudo recuperar su estado salvaje y galopar por todo el continente sin límites. DEL
CABALLO BERBERISCO Y DEL ÁRABE
El caballo no es un animal propio de climas desérticos. Con
el clima actual, las únicas zonas aptas para mantener una población de
caballo silvestre, en el norte de África, sería la zona comprendida al
norte de la línea que une Sidi Ifni (Marruecos) con Sfax (Túnez), por
encima del Atlas argelino, otra zona en los alrededores de Trípoli y otra
en los alrededores de Bengasi. En estas áreas hay un clima estepario y
marítimo seco, pero al sur hay clima desértico. Por otra parte sabemos
que el actual aspecto desértico del Sahara es, en parte, un fenómeno
reciente. Hace ocho mil años, durante la regresión de la última
glaciación, el Sahara tenía un clima templado pero ha ido evolucionando
a seco y esta crisis se agudizó a partir del siglo II después de Cristo,
alcanzando la crisis climática su momento decisivo entre los siglos V y
X, pasando de una facies esteparia a una facies desértica, exceptuando el
desierto de Libia, que es de origen más antiguo.
Para Roma, Berbería y Cirenáica fueron, junto con Iberia y
Egipto, el granero de su imperio. Herodoto nos describe su paisaje así:
”Esta comarca y el resto de
Libia en dirección a Poniente están más pobladas y más cubiertas de
bosques que las de los nómadas. Pues la Libia oriental en donde habitan
los nómadas es baja y arenosa hasta el río Tritón; pero la que está al
occidente de este río y habitada por agricultores es muy montañosa, muy
arbolada y llena de animales salvajes”(CXCI) “En
el interior de Libia el país es desértico, sin agua, sin animales, sin
lluvias, sin bosques, desprovisto de cualquier clase de humedad”(XXXII)
Teniendo en cuenta estos antecedentes y el hecho de que al día de hoy, y desde tiempos remotos, existe en esa zona una población caballar, conocida como bereber o berberisca, parece lógico pensar que en la antigüedad también existieron caballos silvestres en el norte de África. Sin embargo, sabemos que al final del Pontiense (hace 7 millones de años), ya en el primer periodo del Pleistocénico (Placenciense) se vuelve a abrir el Estrecho de Gibraltar y queda configurado con su aspecto actual. El équido que habitaba a ambos lados del Estrecho en aquella época era el Hiparión brachypus o Pliohippus, similar a una cebra con apoyo en un solo dedo y dos atrofiados. Los verdaderos caballos aparecen en Europa en el interglacial Günz-Mindel, hace aproximadamente medio millón de años. De haber llegado al norte de África lo tendrían que haber hecho a través de Oriente Medio y Egipto y sin embargo, en estas zonas se desconocía al caballo. Hay algunos datos que refuerzan esta teoría, como por ejemplo, que en Crimea, durante el Musteriense (180.000-140.000 a. C.), los animales a los que el hombre daba caza eran el corzo, el íbice, la oveja salvaje, la saiga, el ciervo y el asno salvaje; destaca el asno, del que se encontraron 60.000 huesos y dientes en el yacimiento de Starosl´ye. Que los sumerios (5.000 a.C.) no conocían al caballo, sin embargo usaban al onagro para arrastrar pesados carros militares. (Lara). Que, como narra J. Pijoan en su Historia del Mundo (Salvat Ed. 1950 t.I) “Resulta evidente, de algunos fragmentos del Zend-Aresta que cuando los arios llegan a Persia (al comenzar el segundo milenio antes de Cristo) los únicos animales que tenían domesticados eran el perro y la vaca, y acaso el gallo. Que los egipcios no conocieron al caballo hasta después del imperio medio tebano (1.660 a. C.)” ¿Pudo
ser que se extinguiera en Oriente Medio y Egipto y quedara una población
aislada en el norte de África? ¿Sería posible que habiendo evolucionado
separado del resto de la población mantuviese un parecido tan grande con
el caballo ibérico? Sin duda
es un asunto que la arqueología terminará por dilucidar, pero hay
suficientes razones como para sospechar que África no contaba con
poblaciones de caballos silvestres, sino de asnos y, por lo tanto los
caballos berberiscos descenderían de caballos europeos y asiáticos
llevados por la mano del hombre. Sin embargo nos encontramos con
argumentos contradictorios, como los siguientes: en la región del Tibesti
(Chad) aparecieron unas pinturas rupestres en las que se distinguen carros
de un eje tirados por una pareja de animales al galope. Las pinturas
parecen pertenecer a una cultura neolítica. De esto se podría deducir
que en la región del Sahara existían caballos en el Neolítico, y no sólo
esto, sino que además ya conocían la doma y el carro. Sin embargo esta
conclusión puede ser errónea, pues si analizamos este asunto
minuciosamente vemos lo siguiente: el Neolítico es un termino
convencional, es la época anterior a la era de los metales, pero su
datación varía mucho según las zonas y culturas que las habitaban. Así,
por ejemplo, en Australia y en la Polinesia ésta era duró hasta hace
apenas dos siglos, mientras que en Europa la rebasaron en el 2.000 a.C. En
África la Edad de Piedra final (Paleolítico Superior) se extendió hasta
la Edad de Hierro (pocos siglos antes o después de Cristo, según las
diversas zonas) o incluso hasta tiempos históricos. Por otra parte
sabemos que los egipcios conocieron al caballo y al carro con la invasión
de los Hicsos, en 1650 a.C. y que fueron expulsados por Ahmés en 1580
a.C. Una vez libres de los invasores y dueños de la nueva tecnología del
caballo y el carro, es muy probable que mandaran expediciones a las zonas
de su entorno (o que fuesen los garamantes, como luego veremos) y que
llegasen a la zona del Tibesti, en donde sus primitivos habitantes
intentaron retratarlos en las paredes de sus cuevas. Si nos fijamos en
estas pinturas rupestres nos daremos cuenta que los animales allí
representados, como vacas y jirafas, están retratados con mucha destreza,
a pesar de la sencillez de los trazos. Los carros también están
perfectamente dibujados y sin embargo, las parejas de animales que los
arrastran están tan
burdamente pintados que es imposible reconocer en ellos al caballo. En
realidad parecen más unas jirafas de cuello corto, y esto, sin duda es así,
porque esta gente era la primera vez que veían a los caballos y por ello
no fueron capaces de darles el realismo que acostumbraban dar a las
especies nativas. Así pues, contrariamente a lo que pudiera creerse en
una primera y precipitada conclusión, estas pinturas pueden corroborar
que el caballo era desconocido por los habitantes del Tibesti.
Según Herodoto (siglo V a.C.) los garamantes de Fezzán (Libia)
eran agricultores sedentarios que utilizaban carros tirados por caballos:
“Dan caza estos garamantes a los
etíopes trogloditas con carros arrastrados por cuatro caballos”y
este hecho se verificó en el siglo XX gracias a un descubrimiento de arte
rupestre en el Jabal Akakus en el Fezzán occidental y en el Jabal
al-Urraynat cerca de la frontera de Egipto. Sin embargo, estas pinturas no
han de ser muy antiguas ya que los garamantes no disfrutaron del caballo
hasta el año 900 a. C.
Hoy en día se da por asumido que el caballo no existía en África,
pero aquí se plantea otra incógnita y es que si los egipcios no conocen
al caballo hasta el siglo XVII a.C., y los garamantes hasta el año 900 a.
C., cuando los fenicios fundaron Cartago (1.900 a.C.) o Trípoli (1.800
a.C.) no los encontrarían. Puede ser que los llevasen ellos y lo más lógico (por la proximidad, cantidad y calidad de sus caballos) es
que los aportasen desde sus colonias ibéricas como Almuñécar, Adra, Málaga
o Cádiz. De ser así, se explicaría la similitud entre el caballo ibérico
y el bereber. Tampoco hay que desdeñar la posibilidad de que fuesen los navegantes tartessios los que introdujesen por primera vez al caballo en África, ya que, como dice el Prof. García Bellido en "Historia de España" (Pág. 291): Sería absurdo sostener que los tartessios - a quienes hemos visto poco antes mantener estrechas relaciones marítimas con Bretaña, las Islas Británicas e Irlanda, antes de los fenicios - no estuviesen capacitados para navegar hacia el Sur, a lo largo de las costas mauritanas y hasta parajes muy alejados; tanto por lo menos, como lo está Cádiz de Irlanda. Y en la página 293 cita a Poseidonio, el cual describe sus embarcaciones: "a los que llaman caballos, a causa de la figura de sus proas"
Curiosamente, en una de esas antiguas colonias fenicias se
constituyó el Imperio Cartaginés, que rivalizó con el romano por el
control del Mediterráneo y que hizo de su caballería una de las mejores
de la antigüedad. Con respecto a las poblaciones de animales y los
cartagineses, cabe recordar que en su tiempo los elefantes eran comunes en
Berbería, hasta el punto que Aníbal los usaba en sus ejércitos, y sin
embargo, hoy están extinguidos. Y que el animal más emblemático
del Sahara, el dromedario, no existía, ya que fue introducido por Séptimo
Severo a finales del siglo II.
Los
griegos debieron influir en el desarrollo de la raza berberisca .En la
Historia del Mundo (Salvat ed.) de Pijoan J., encontramos lo siguiente:
“... en el siglo IX a C, que es cuando escribe Homero, el caballo debía ser muy común en Grecia, pero en la Iliada aqueos y troyanos no montan a caballo sino en ocasiones especialísimas. No tienen caballería; tan solo emplean los caballos para uncirlos a los carros de guerra; Los troyanos son designados con el epíteto "domadores de caballos"; en contraposición, a los aqueos se les llama "destructores de ciudades". Todo hace creer que la tan ponderada riqueza de los troyanos era resultado del comercio que hacían con los caballos”. Los griegos instalaron colonias comerciales en el Mediterráneo y criaron caballos en ellas. “...Cirene, ,(Shabbat, Libia) en Africa una colonia de los dorios, era famosa por su suelo fértil favorable para la cría de caballos". Los
griegos admiraban al caballo ibérico y a sus jinetes. Era tenido como el
mejor de la época mitológica
griega (Homero, Ilíada, más de 1000 a.C.).Durante la Guerra del
Peloponeso, Dionisos de Siracusa ofreció 50 jinetes mercenarios iberos a
Jenofonte, para ayudar a los espartanos contra los atenienses (Jenofonte,
Las Helénicas, vol VII, 369 a. C.). Si eran capaces de transportar por
mar, a 50 iberos con sus respectivos caballos desde Iberia hasta el
Peloponeso, hay que concluir varias razones:
-El transporte de caballos en barco, incluso a largas distancias
era factible para los griegos del siglo V a. C. (ya lo habría sido para los
fenicios)
-La caballería ibérica tendría algo muy especial para llevarla
hasta tan lejos y ser suficiente en tan reducido número (se ganó la
batalla).
-No encontraban jinetes ni caballos comparables en lugares más próximos.
Si
estas conclusiones son acertadas, es lógico suponer que no sólo
transportasen caballos ibéricos con fines bélicos y que no sólo los
importasen a Grecia, sino también a sus colonias asiáticas y africanas.
De ser así, el caballo bereber procedería, primordialmente, del
caballo ibérico, tanto por influencia tartessia, fenicia o griega . Publius Vegetius (siglo IV a. C.) en su Mulomedicina
nos dice:
Los
caballos africanos de sangre hispánica sobrepasan a los demás en
velocidad.
En cuanto al origen del árabe, parece estar mucho más claro que
desciende de animales domésticos importados en época histórica. No hay
que olvidar que el comercio en la antigüedad era muy fluido y que influyó
mucho en la distribución de los animales domésticos, especialmente donde
no existían de manera natural, por no encontrar competidores. Sirva como
curioso ejemplo el texto siguiente: [..] A partir del siglo I de la era cristiana (tras la expedición romana de Aelius Gallus, procónsul de Egipto, ordenada por Augusto en el año 26 a. C., que alcanzó las puertas de Márib, capital de Sabá ), el comercio se hizo por mar. Naves romanas con tripulaciones griegas recalaban en los puertos sudarábigos, desde donde transportaban los aromas sudarábigos y las especias de la India con menos peligro y menos coste hasta el puerto de Berenice en Egipto, y desde allí por tierra hasta la ciudad de Koptos, y por el Nilo en barco hasta Alejandría. El manual de comercio del siglo I para el mar Rojo y el océano Índico, conocido como “Periplo del mar Eritreo”, nos informa de los artículos que las sociedades sudarábigas importaban. Estos eran principalmente textiles y vestidos, oro, estaño y cobre, coral, perlas, estoraque, trigo, arroz, vino, aceite de sésamo y esclavos; mercancías de lujo como caballos, estatuas y objetos de plata para la corte. [...] “El País de la Reina de Saba, tesoros del antiguo Yemen”. Felipe Maíllo Salgado (Pág. 15)
A poco que reflexionemos sobre este texto tenemos que concluir que
el hoy tan afamado caballo árabe y supuesto ancestro de tantas razas no
existía en el siglo I, ya que como dijo Fernando del Pulgar “porque así como ninguno piensa en lleuar fierro a la tierra de
Vizcaya, donde ello nasce...”...a ningún comerciante romano se le
pasaría por la cabeza llevar caballos a donde con tanta calidad se crían.
Sin duda la Península Arábiga tampoco entraba en la distribución
natural de la especie y , por tanto hay que pensar que la actual raza árabe
es fruto de la recría de caballos domésticos europeos. Posiblemente al
haberse criado fuera de su hábitat, de una manera artificial, muy
dirigida por el hombre, con un alto grado de aislamiento y con una fuerte
endogamia, se haya producido una raza tan peculiar, homogénea y de tanta
preponderancia genética. Con frecuencia se oye hablar del caballo como un animal propio del desierto, lo cual no es cierto en absoluto. Los animales propios de los desiertos arenosos tienen pies almohadillados, adaptados para caminar en la arena sin hundirse, como por ejemplo el dromedario y el camello. Los équidos que tienen por hábitat los desiertos pedregosos sí que tienen pies duros, pero suelen poseer grandes orejas tanto para oír a largas distancias como para facilitar la regulación de la temperatura corporal, como ocurre con el asno salvaje, el emión, el onagro o el kiang. DEL
ORIGEN DE LAS RAZAS AUTÓCTONAS IBÉRICAS
Es muy probable que ya en el Neolítico se fijasen las
diferencias entre los distintos tipos que se aprecian en la actualidad; en
la zona cantábrica, adaptado al clima atlántico, con abundantes pastos
pero de bajo poder nutricional y mineralmente pobres, relieves abruptos,
climas suaves y lluviosos, que le obligan a adoptar formas pequeñas,
ventrudas y de perfil sub-cóncavo. En la meseta, adaptado a estepas y
faldas de montaña, con clima continental, pastos menos abundantes pero
muy nutritivos y de gran riqueza mineral, que desembocan en un tipo de
caballo de tamaño medio, perfil recto, con una osamenta de gran calidad y
gran vigor. En la zona bético-mediterránea, adaptado al clima mediterráneo,
pastos abundantes y de riqueza mineral variable, que produce un tipo de
caballo de mayor talla que los dos anteriores , de capa más clara y con
perfil sub-convexo.
Durante el Neolítico, el hombre ibérico comienza a despegarse de
su nicho ecológico y a crearse su propio entorno, dominando la
naturaleza, mediante la agricultura y la ganadería. Aunque el cambio ha
sido lento y progresivo, y por tanto es muy difícil definir el momento en
que el ser humano deja de ser una especie más de las muchas que conviven
en el orden natural, es evidente que en esta época ya es capaz de
abstraerse parcialmente del rigor de la Naturaleza interponiendo técnicas
suficientemente desarrolladas, como la construcción de viviendas, la
producción de cereales, el ensilado de alimentos, la cría de ganado, la
elaboración de textiles y cerámica, etc... Con ello logra una mayor
estabilidad y abundancia en la obtención de alimentos, lo que le permite
un aumento demográfico que no ha parado hasta nuestros días. Por otro
lado se ve obligado a un cierto sedentarismo en las zonas más adecuadas
para llevar a cabo el nuevo sistema de vida. Esto propicia que, ya en
aquel tiempo, comience a haber zonas más humanizadas (alteradas) y otras
que se conservan en su estado natural. La fauna, especialmente la de los
grandes herbívoros sufre estos cambios en tres vertientes: una por la
ocupación progresiva de sus pastos para la producción agrícola , otra
por el aumento de la presión cinegética debido al incremento
poblacional, y otra por la aparición de animales domésticos.
No es el objetivo de este escrito hacer un análisis histórico de
la evolución de la sociedad humana en la Península Ibérica y su
influencia en el equilibrio natural, pero sí resaltar que ya en esta época
comienza un proceso que, andando el tiempo desembocará en diversas
fracturas en las poblaciones naturales de los grandes herbívoros, que al
permanecer aislados en sus, cada vez más pequeños reductos, comienzan a
evolucionar independientemente.
Este sería el origen de las razas autóctonas, al que hay que
sumar una serie de circunstancias que, a lo largo de su historia las han
influido, en mayor o menor grado.
En la Península Ibérica el proceso ha sido muy lento, ya que se
mantuvieron poblaciones salvajes hasta tiempos históricos (los romanos
les llamaban Equus silvicolensis)
, hasta el siglo XVI existieron las míticas encebras, y aún hoy en día
se mantienen poblaciones caballares en estado semi-silvestre.
Según Rodero, E. y M. Herrera (1998) “Las razas son poblaciones que se distinguen por un conjunto de
caracteres visibles exteriormente, que están determinados genéticamente
y que se han diferenciado de otras de la misma especie a lo largo de
proceso histórico, teniendo en cuenta que se han originado en un área
determinada con un ambiente común.”
Para Denis (1982) las razas, en su transcurso histórico pasan por
los siguientes tipos: -
Subespecies
geográficas, previas
a la domesticación. -
Razas
primitivas, con
limitada intervención del hombre. -
Razas
naturales, etapa de
transición a las actuales. -
Razas
actuales, intensa
intervención humana pero conservando el carácter regional. -
Razas
mejoradas, que tienen
proyección internacional.
En este proceso se parte de unas razas, que lo son por selección
natural (por adaptación a las condiciones ambientales) y se llega a unas
razas “mejoradas”, fruto de una selección artificial (por adaptación
al criterio y a las necesidades de la sociedad)
Hay autores que tratan indistintamente a unas razas y otras, sin
tener en cuenta que, mientras que unas están en los primeros estratos y
por tanto deben sus características a un proceso de adaptación al medio
durante miles de años, otras son fruto de manipulaciones humanas en busca
de tipos económicamente rentables o por simple capricho. Mientras que las
primeras tienen un gran valor genético y etnozoológico, que las hace
irreemplazables, las últimas se pueden recrear, siempre que se cuente con
ejemplares de las razas de las que proceden.
Por otra parte, las razas mejoradas dependen totalmente de la
protección humana y cuando las circunstancias económicas que han
provocado su aparición cambian, éstas desaparecen con rapidez. Razas que
hace unas décadas eran muy buscadas, hoy han dejado de criarse. Sin
embargo, las razas primitivas no tienen dependencia del ser humano y han
sido capaces de sobrevivir allí donde el hombre se lo ha consentido, de
forma similar a como lo han logrado los ciervos, jabalíes o lobos.
Hoy nos encontramos con “razas” que, partiendo de las
primitivas se las cruzó con caballos españoles que les proporcionasen la
alzada y cualidades para cubrir las necesidades militares de aquélla época.
Posteriormente y para dar servicio a la agricultura y a los tranvías
urbanos se las ha cruzado con sementales percherones y belgas, y cuando el
motor de explosión desplazó a los caballos de estos menesteres se ha
procedido a cruzar las yeguas con pura sangre inglés para crear una raza
deportiva. Hoy cuentan con sus respectivos Libros Genealógicos y el
respaldo de asociaciones de ganaderos y entidades públicas por lo que,
desde el aspecto jurídico-administrativo son razas de pleno derecho, pero
estas razas mejoradas ¿tienen el mismo valor que las razas primitivas?
Por poner un ejemplo, es como si comparásemos una repoblación forestal de
pinos o eucaliptos con un antiguo bosque autóctono. Desde el punto de
vista económico, es posible que tengan más valor las repoblaciones, pero
no así desde los puntos de vista botánico, genético, paisajístico,
medio-ambietal, histórico, recreativo, cinegético, micológico etc.
A nuestro entender, no se pueden considerar indistintamente y,
mientras que a las primitivas, por ser ramas próximas al tronco
originario, se las debe considerar como razas, a las últimas se las debería
considerar como variedades, tipos o sub-tipos. LAS
RAZAS CABALLARES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA.
Analizando los estudios referentes al origen de las razas
caballares de la Península Ibérica, la mayoría de los autores
consultados achacan el origen de nuestras razas a las importaciones
realizadas por algunos de los muchos pueblos que se establecieron aquí.
En algunos casos porque los autores son foráneos y tienen una visión
parcial del asunto, y en los demás, porque son peninsulares y, como decía
Ruy d´Andrade: Com
a velha mania ibérica de que só é bom o que de fora nos vem, a galinha
da vecina sendo sempre melhor do que a minha, nâo só adoptamos, sem
raciocinar, tudo o que nos impignem, como desprezamos tudo o que tenemos,
e, se alguma coisa se mostra tâo boa que a nâo podemos desprezar, todos
nos empeñamos em procurar – lhe uma possível paternidade estrangeira
que lhe confira o valor que apresenta
Los pueblos preferidos para responsabilizarles de dichos orígenes
son los celtas, para las razas de jacas cantabro-pirenaicas y los íberos
y árabes para el caballo hispano y lusitano. La mayor parte de los
autores no consideran la posible intervención de otros pueblos como
fenicios, cartagineses, griegos, romanos vándalos, alanos, suevos, o
visigodos. El caso más llamativo es el de los romanos, ya que habiendo sido el pueblo que más tiempo nos ocupó, que más transformó a las sociedades nativas, que más se preocupó del desarrollo agrícola y ganadero, que propició un intenso comercio entre la Península Ibérica y la Itálica, así como con el resto del Imperio, podría haber tenido su cuota de responsabilidad en este asunto. Sin embargo parece que no influyeron en las razas cabal |