> El caballo silvestre en la Península Ibérica
> Del caballo silvestre al doméstico
> De los équidos, su distribución y características
> Del entorno físico
> Del marco agrícola y ganadero
> Del origen de la doma y del caballo doméstico
> De su difusión por Europa
> De su difusión por oriente
> De la teoría clásica
> Del caballo berberisco y del árabe
> Del origen de las razas autóctonas ibéricas
> Sobre el concepto de raza
> Las razas caballares de la Península Ibérica
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> Introducción

 

Cueva de Piedras Blancas (Almería). Paleolítico Superior

Equus przewalski

Cueva de Tito Bustillo

Caballos de la Cueva de Ekain

Caballo de la Cueva de Jorge (Mesolítico) Museo de Cieza (Murcia)

Selva Pascuala, Villar del Humo (Cuenca)

 

Cebras

 

Onagro

 

 

¿Encebra? Pintura rupestre de Fuente del Cabrerizo, Albarracín, Teruel. (Breuil)

 

 

Caballo Przewalski

Tarpan (reconstruido)

 

 

 

Przewalski abatido por soldados rusos

 

 

 

Caballo de tiro centroeuropeo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aptitud para la doma

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vaso campaniforme

 

 

 

 

 

 

 

 

Amen-Hotep II

 

Código de Hammurabi

 

 

 

 

 

 

 

Yegua berberisca

Caballo berberisco

Bajorrelieve mesopotámico. Asna con su buche

 

 

 

Yegua berberisca con su rastra

 

 

 

 

 

Thut Mose IV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jinete ibero

 

 

 

 

 

 

Caballo árabe

 

 

 

 

 

 

 

 

Perfil sub-convexo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manada losina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estela con jinete. Clunia (Burgos)

Marco Aurelio

La jineta se conserva en el rejoneo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yeguas mestizas

 

 

 

Cueva de Niaux 

Pony Shetland

Pony Dales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Terrecota ibera

P.R.E.

Bronce ibero

Caballo de bronce (Museo de Mérida)

 

 

Caballo Sorraya

 

Vaqueros

Guerrero ibero

 

 

caballo losino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yegua losina en Invierno

 

 

 

 

Yegua con muleta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caballeros cristianos y musulmanes

 

Alfonso X "El Sabio"

 

 

 

 

 

 

Rodrigo Díaz de Vivar "Cid campeador"

 

 

 

 

 

Muletas

 

Garañón Zamorano

 

Rendición de Granada

 

 

 

 

 

 

Yeguas bretonas con sus rastras

 

 

 

 

 

Caballo losino

 

 

 

 

 

Yeguas con sus muletas en la sierra

 

 

 

 

 

 

 

 

Caballo losino

 

Molinero en su yegua losina

 

 

 

 

 

 

 

Alférez de la Caballería española

 

Semental postier bretón

 

 

Coche de mulas

 

 

 

 

 

 

 

 

Potranca losina

 

 

 

 

 

 

Yegua losina con rastra

 

 

 

 

 

 

Dibujo de un caballo losino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querían ver la raza en los ejemplares cruzados... (el "Moro" de Berberana)

 

 

El "Moro" de Castrobarto

"Blacky" de Relloso

 

"Blacky" de Relloso

 

 

 

 

"Moro" de Castrobarto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se soltaron las yeguas en el monte de Pancorbo...

 

 

 

 

 

Feria de Criales de Losa (1989)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Boni" con su vieja yegua

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caballo losino

 

 

 

 

 

 

 

 

Restos de un lechal losino comido por los lobos

 

 

 

 

 

 

 

Jinetes en losinos

 

 

 

 

Manada losina en la sierra de Pancorbo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tarjeta de Telefónica sobre el caballo losino

 

 

 

 

Yeguas losinas en el monte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lechal losino mordido por los lobos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yegua losina y su potro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yegua y potranca losinas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cabeza de potro losino

 

 

 

 

 

 

 

 

Manada losina capturada

 

 

 

 

Marcando losinos

 

 

 

 

 

 

 

 

Yegua losina con rastra, en los pastos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CABALLO LOSINO, SUS ORÍGENES

EL CABALLO SILVESTRE EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

             Es notorio que, durante el Paleolítico el caballo era muy abundante en la Península Ibérica y así lo demuestran, no sólo los restos fósiles sino también cientos de pinturas rupestres y en especial las correspondientes al período Solutrense.

            Comúnmente se ha dado por sentado que los cambios climáticos producidos a finales del Pleistoceno (10.000 a. C.) produjeron modificaciones en la vegetación, que conducen a la transformación de las estepas en bosques, y que con aquéllas desapareció la especie caballar. Según esta teoría, los caballos habrían abandonado la Península Ibérica, ascendido septentrionalmente tras los hielos en retirada.

            Muchos autores han creído confirmada esta teoría al no encontrarse restos  fósiles de équidos correspondientes a la etapa del Neolítico.

            Hay que aceptar respetuosamente cualquier hipótesis, pero sin olvidar que todas ellas están por ser demostradas y que por lo tanto siempre hay que recibirlas y analizarlas con espíritu crítico y jamás darlas por “indiscutibles”.

            Las teorías tienen una importancia de primer orden en el desarrollo de las ciencias. En el pasado no había más opción que discutirlas razonadamente, pues no existían los métodos actuales de investigación. Que duda cabe, que en muchas ocasiones la aplicación de la razón al análisis de las hipótesis ha llevado a convencimientos absurdos (“el sueño de la razón produce monstruos”, dijo Goya), ya que la realidad es con frecuencia más caprichosa que nuestra imaginación.

             Estas teorías, publicadas por algún autor, han sido reproducidas en infinidad de publicaciones y sin el más mínimo espíritu crítico, contribuyendo así a su divulgación y aceptación  social.

            Afortunadamente, cada día son más los conocimientos acumulados y los métodos de investigación (nuevas técnicas arqueológicas, ADN, Carbono 14,...) y por lo tanto, la comunidad científica está en situación de confirmar, modificar o rechazar muchas de esas teorías clásicas. Sin embargo hay dos factores que frenan este sano avance: la escasez de recursos económicos (si pocos son los fondos destinados a la Arqueología, menos son los dedicados a la Arqueozoología y escasísimos los aplicados a la investigación arqueológica de las razas domésticas) y el profundo arraigo de algunas de estas creencias entre el público (reforzada por la constante aparición de publicaciones, de bajo nivel intelectual que machaconamente repiten y respaldan ideas obsoletas)

            Sirva como ejemplo la manida teoría de que las actuales razas de caballos domésticos descienden del Equus przewalski, cuando hace ya muchos años que el análisis de ADN demostró que este équido está genéticamente tan distante del Equus caballus como éste lo está del Equus asinus, ya que el primero posee 66 pares de cromosomas, el caballo 64 y el burro 62 (si bien es cierto que, mientras que el cruce de Przewalski y caballo es normalmente fértil, el de caballo y burro no lo suele ser). A pesar de ello son multitud las publicaciones aparecidas en los últimos años que mantienen aquella idea.

            De la misma manera la teoría de la desaparición de la especie caballar de la Península Ibérica durante el Neolítico se dio por buena hasta hace pocos años, a pesar de que se podrían haber objetado dudas razonables.

            Con el tiempo han aparecido, y cada día son más, los restos de caballos encontrados en los niveles neolíticos peninsulares, como son los aparecidos en Aldecueva (Carranza – Vizcaya), cueva de Urtiaga (Itziar-Deba – Guipúzcoa), cueva de los Husos (el Villar – Álava), yacimiento de Zatoya (Aburrea Alta – Navarra), Cova Fosca (Ares del Maestre – Castellón)...  Según el Profesor D. Jesús Altuna, Director del Departamento de Arqueología Prehistórica de la Sociedad de Estudios Aranzadi y miembro del Comité Internacional de Arqueozoología (ICAZ), aquella teoría “queda alterada e invalidada” y “no ha habido extinción del caballo ni en el Mesolítico, ni en el Neolítico”, aunque “probablemente no fue abundante en la región durante el final del Paleolítico al preferir las estepas desarboladas centroeuropeas”.  

            En "Fauna y paisaje de los Pirineos en la Era Glacial" (Óscar Arribas, 2004) dice: En el Cantábrico la abundancia de la especie disminuye mucho al acabar el Würm, aunque sin desaparecer del todo a lo largo del Meso- y del Neolítico. En la Meseta tampoco parece que desaparezca en el Posglaciar, , sino que continúa hasta el Neolítico, donde aparentemente sigue su caza y comienza su domesticación

            Este hecho puede tener una gran repercusión sobre las teorías acerca del origen de los caballos ibéricos, ya que es frecuente leer planteamientos como que, si durante el Neolítico no existían caballos aquí y en el Mesolítico sí, éstos tienen que proceder de caballos oriundos de centroeuropa (caballo celta) o del Norte de África (caballo bereber).

            Con los conocimientos actuales, lo más coherente es suponer que los caballos silvestres ibéricos de la Edad de Hierro, descendían directamente de los caballos del Paleolítico.

            Durante el Pleistoceno, en la Península Ibérica, habitaba el Equus caballus torralbae, de 144 a 145 cm de alzada, mientras que en el resto de Europa habitaban el Equus caballus mosbachensis, de 164 a 167 cm de alzada y el Equus caballus gallicus, de 132 a 142 cm.

            A partir de la última glaciación, denominada Würm, los fósiles de caballos aparecidos en la Península Ibérica pertenecen a una única subespecie caballar (a excepción de los yacimientos de Urtiaga y Aitzbitarte, donde aparecen restos de Equus caballus gallicus, sin duda debido a la proximidad con el sur de Francia). Esta subespecie es el Equus caballus antunesi que derivaría del E.c. torralbae, y de la que descenderían los caballos silvestres ibéricos y por tanto las razas caballares españolas y portuguesas.

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DEL CABALLO SILVESTRE AL DOMÉSTICO

Aunque hoy en día veamos al caballo como un animal doméstico muy especial, con el que compartimos ratos de ocio o del que nos servimos en nuestro trabajo diario, hay que  reconocer que durante las 30/31 partes del tiempo que llevamos conviviendo con él, este ha sido considerado  tan sólo como una más de las piezas de czaa de las que se sustentaba el hombre euroasiático.

            Llegado un momento, esta relación se transforma y nace la doma. Aprendimos a aprovecharnos de la fuerza y velocidad de este animal. Este hecho es uno de los más transcendentales de la Humanidad y a marcado decisivamente la historia de las culturas y naciones.

            Pero, ¿dónde y cuando se produce este evento?. Para la mayoría de los autores, esto se produjo en Oriente. Unos se inclinan por el Cáucaso, otros por Ucrania, otros por Kazajistán o por Mongolia.

            Como ocurre con las reacciones químicas, para que de la unión del hombre y del caballo se  produzca el jinete se tienen que dar unas condiciones adecuadas. La primera es que estos dos cuerpos se encuentren, lo que implica que, necesariamente tuvo que producirse dentro del área del hábitat natural del caballo silvestre. La segunda condición es que el hombre halla alcanzado el adecuado nivel cultural. Este momento coincide con el Neolítico, época en la que los hombres comienzan a desarrollar la agricultura y la ganadería. Necesariamente tendría que haberse producido sobre équidos física y psíquicamente aptos para la domesticación. Otra condición es que la vegetación esté suficientemente despejada como para que el uso del caballo resulte útil, ya que en las zonas boscosas pierde la mayor parte de su utilidad. Tampoco sería en zonas muy montañosas, por la misma razón anterior, y porque el caballo silvestre solo visitaría esas zonas de manera esporádica y estacional. Un factor muy importante es que esa sociedad fuera ganadera, dado que el conocimiento de la domesticación de otros animales le daría una ventaja fundamental, y encontraría una aplicación inmediata a la doma del caballo en el manejo de sus ganados.  

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DE LOS ÉQUIDOS, SU DISTRIBUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS

            El genero Equus procede del continente americano, en donde se extinguió durante el Pleistoceno. Desde allí se esparció por el continente euro-asiático y por África, produciendo, en su adaptación a los distintos nichos ecológicos, una serie de especies, subespecies y variedades. Estas formas componen un amplio abanico que, manteniendo los parámetros que las unen como especie, difieren en formas, alzadas, llamadas, capas y condiciones para su domesticación.

            En el sur y este de África dio lugar a las cebras, entre las que se han conocido al Equus zebra, Equus granti. Equus boehmi, Equus chapmanae, Equus grevyi, Equus quagga y Equus burchelli. Todas ellas son de pelaje rayado en blanco y negro o castaño, con raya de mulo, tienen la cabeza y orejas grandes, la cola en forma de brocha, la crin corta y erizada, rebuznan y no han sido utilizadas como animal doméstico.

            En el norte de África se produjo el asno. El asno salvaje africano se clasifica como Equus asinus, tienen una talla pequeña (alrededor de 1,10 m), de capa gris amarillenta con una raya oscura que le surca por el lomo desde la crin a la cola (raya de mulo), otra que atraviesa la cruz (cruz de San Andrés)  y cebraduras en las patas. El hocico y el vientre son más claros, la cabeza y las orejas muy grandes, la crin corta y erizada, rebuzna y ha sido domado desde la prehistoria, generando muchas razas domésticas por todo el mundo.

            En Oriente Próximo se generó el hemión u onagro, conocido científicamente como Equus hemionus onager. En el Tibet se produjo el kiang conocido como Equus hemionus kiang. En el noroeste de la India el khur o ghorkar, llamado Equus hemionus khur y en Mongolia el kulán o chiguetai, conocido científicamente como Equus hemionus hemionus. Todos ellos son de capa crema amarilla, con el vientre y hocico blancos, raya dorsal, cola brocha, crin corta y erecta, cabeza y orejas grandes, rebuznan,    están adaptados a vivir en climas desérticos, son muy veloces y son de carácter arisco y huidizo, lo que no impidió que fueran domados y uncidos a los carros en Mesopotamia, en la época de los sumerios.

            Desde el Villafranquiense hasta el último periodo prehistórico habitó, en el sur de Europa y oeste de Asia el Equus hidruntinus. Su forma ibérica perduró hasta el siglo XVI o XVII, y se conocía como Cebro/a o Encebro/a, habitaba regiones montañosas del centro, este y sur, su capa era de color gris con cebraduras, eran muy veloces y relinchaban. Su carne era muy apreciada, así como su cuero. Se domesticaron.

            El nombre de cebra aplicado a los équidos del sur y este de África procede de este mítico animal. El primero, o uno de los primeros ejemplares de cebra africana de los que se tiene noticia en España es el que envió el “Rey” de Egipto cuando mandó una embajada al Rey Alfonso X “el Sabio”, en el año 1260:

             Y estando el Rey Don Alfonso en Sevilla y todas las gentes con él en este cumplimiento que hacían por su padre, vinieron a él mensajeros del Rey de Egipto, que decían Alvandexaver. Y trajeron presentes a este Rey Don Alfonso de muchos paños preciados y de muchas naturas, y muchas joyas y muy nobles y mucho extrañas. Y otrosí trajeron un marfil y una animalia que decían azorafa, y una asna, que era buiada, que tenía la una banda blanca y otra prieta, y trajéronle otras bestias y animalias de muchas maneras...

            Por lo que se puede apreciar este animal era desconocido en occidente y se le califica como una “asna buidada” (barreada o listada), y aún no se le aplica el nombre de cebra. Posiblemente este nombre se lo dieran posteriormente los portugueses, al recordarles a la encebra por sus “bandas blancas y prietas”.  

            En el Diccionario de la Lengua Francesa, le Petit Robert dice de la cebra: Zébre- 1610, port. zebbra (XIIe.), d´o. i.; á l´origine nom d´ un équide sauvage de la péninsule ibérique, applié ensuite á l´animal d´Afrique.

            El Nuovo Zingarelli, ed. Zanichelli, 1986, dice: Zebra - voce iberica col sign "di onagro" (d´origine incierta) passata`poi, per tramite port., nel Congo, a designare l´animale esotico.

            En Mongolia han existido hasta época reciente el caballo Przewalski y aún sobrevive en algunos zoológicos y parques. Se trata de un équido de pequeña alzada, de color crema, con el vientre y el hocico blancos, la crin corta, erecta y sin tupé, estrecha raya de mulo, cebraduras ocasionales en las patas, cabeza y orejas grandes, cola poco poblada, ojos pequeños y poco expresivos, de carácter esquivo, nunca fue domado. Durante mucho tiempo se le consideró el ancestro de todos los caballos verdaderos, pero esa teoría ya ha sido descartada. Juliet Clutton-Brok (British Museum, Natural History, Cambridge, 1987) dice: No parece que el caballo de Przewalski esté directamente ligado a los ancestros de los caballos domésticos europeos. Es más aceptable que sea un vástago lateral de la línea principal de caballos pleistocénicos, que sobrevivió a la extinción...

            En las llanuras euro-asiáticas habitó el Tarpán. Gmelin lo conoció en las alturas de Rusia central, cerca del río Don, en 1769, y lo describió así: El mayor de los caballos salvajes es difícilmente tan grande como el más pequeño ruso. Comparada con otras partes, su cabeza es extraordinariamente pesada. Sus orejas son puntiagudas, ambas del tamaño de las de los caballos domésticos, o largas, casi parecidas a las de los asnos, y caídas. Sus ojos son fieros. Su crin es corta y erizada. Su cola está más o menos cubierta por pelo, pero siempre algo más corto que en los caballos domésticos.

            Son de  color ratón y ésta es una característica observada en todos los caballos salvajes de este distrito... el vientre es de color blanco o ceniza y las patas negras por debajo de la mitad y hasta los cascos. Su pelo es muy largo y tan grueso que uno imagina tener la sensación de ver una piel de peletería más que la de un caballo.

            Los caballos salvajes son muy difíciles de domar, no son usados para cabalgar y generalmente mueren al año siguiente de ser capturados.

            Los sementales salvajes atacan y matan a los domésticos para secuestrar sus yeguas. Del cruce se producen híbridos que comparten características de ambos.             

           Describe a uno de esos híbridos, que ya debían de ser muy comunes en aquel tiempo. Era hijo de una yegua negra doméstica cimarrona con un semental tarpán. El híbrido era de color ratón oscuro mezclado con negro. Su cola era más peluda, pero no completamente. Su cabeza era gruesa, la crin corta y erizada, la forma del cuerpo más oblonga, mientras que el pelo era de caballo doméstico, tanto en longitud como en densidad.

                La extraordinaria variación en el tamaño de las orejas (del tamaño de las de los caballos domésticos, o largas, casi parecidas a las de los asnos) habría que achacárselo a los cruces sufridos por aquella población del Don, lo que, junto a la caza con armas de fuego, supuso su total extinción.

            Zeuner, en su “Historia de los animales domésticos” (Londres, 1963) cita la información de Pfizenmayer (1926) quien, cuando se encontraba en la expedición por Siberia que le permitió recobrar el famoso mamut Beresovka, ahora exhibido en San Petersburgo, recogió, a su vez, varias informaciones de los cazadores locales sobre una población de caballos salvajes al noreste de Siberia, entre los ríos Omolon y Anjuj, ambos tributarios del Kolijma. Este caballo era muy parecido al Tarpán pero cubierto de largos pelos de color gris-blanquecinos, del tamaño de un caballo yakut, y habitaba en las proximidades del circulo polar, en la tundra, cerca del límite forestal.

            Para Lundholm (1949) las diferencias entre el Przewalski y el Tarpán estaban en lo plano de la frente, en el perfil ondulado del cráneo, en dos depresiones, la primera de las cuales se encuentra entre los ojos y la segunda entre los tercios medio y anterior del nasal,  en que los supraorbitales sobresalen por encima del nivel de la frente y en que el morro es más bajo y corto que en el Przewalski.

              Por estas descripciones parece que el tarpán era algo más parecido al caballo verdadero, pero también habría que considerarlo como un semi-caballo, a mitad de camino entre los semi-asnos y los caballos.

            En Europa occidental, al final de la última glaciación, existían tres tipos de caballos; al norte de los Pirineos, el  Equus caballus gallicus, de una alzada de 1,32 a 1,40 m., y el Equus caballus germanicus, de una alzada de 1,45 a 1,50 m., y al sur de los Pirineos, el Equus caballus antunesi, de una alzada de 1,40 a 1,47 m., único y exclusivo de la Península Ibérica.

            Hoy en día los caballos se dividen en tres grupos genéricos: los ponies, los caballos de sangre fría o pesados y los corceles. A pesar de haber transcurrido tantos siglos y de un intenso trasiego de caballos, aún es posible ver coincidencias al superponer el mapa de distribución de éstos con el de las subespecies primitivas.

            De estas tres subespecies, la que reunía mejores condiciones para la equitación era la de la Península Ibérica, por tratarse de animales de estepa, adaptados a la carrera, ágiles y de suficiente talla. Nada podemos saber de sus condiciones psíquicas para la doma, pero a juzgar por sus descendientes, éstas debieron ser muy buenas, y en cualquier caso, abismalmente superiores a las de los semi-caballos habitantes de las estepas orientales

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DEL ENTORNO FÍSICO

             Durante mucho tiempo se pensó que la retirada de los hielos habría dado paso a un paisaje forestal en la Península Ibérica, sin embargo, los análisis polínicos demuestran que, al principio del Holoceno, en la meseta existía un paisaje estepario con manchas de robledal mixto, mientras que en el Levante dominaba el bosque mediterráneo. En la Europa templada y en la cornisa cantábrica sí se dieron los bosques espesos y continuos. Estas condiciones ecológicas debieron influir en la evolución de las distintas subespecies de caballos.

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DEL MARCO AGRÍCOLA Y GANADERO.

            Por razones ecológico-climáticas, en la Península Ibérica se dieron con anterioridad al resto de la zona ocupada por los caballos las condiciones para el desarrollo de la agricultura y la ganadería.

            El inicio de la agricultura se produjo en las zonas en donde, tras la última glaciación, se criaban espontáneamente las gramíneas. Éstas se daban en la cuenca del Mediterráneo, asociadas al robledal mixto. En el Levante español, se practicaba su recolección desde antes del Holoceno, y su cultivo aparece a mediados del noveno milenio, mientras que en otras regiones como Zagros o Anatolia, no aparecen hasta el octavo. En el yacimiento de la cueva de l´Or, se descubrieron varios tipos de trigo y cebada cultivada datados del 5.500 a. C., mientras que a la Europa del norte y oeste y a los límites de la estepa rusa, no llegaron hasta el 4.000 a. C. (María Luisa Ruiz-Gálvez Priego,  “Prehistoria de España, los orígenes”, Biblioteca Iberoamericana, Ed. Anaya SA, 1988, Madrid)

           Según informaba la agencia EFE el 29-01-05, un equipo del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valencia ha descubierto en el yacimiento neolítico de Mas d´Is (Alicante) fragmentos de cultivos de trigo y cebada que se remontan a 5.600 años antes de Cristo.

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DEL ORIGEN DE LA DOMA Y DEL CABALLO DOMESTICO

            Los argumentos anteriores hacen sospechar que fue en la Península Ibérica donde brotó la domesticación del caballo. Esto habría sido posible por contar con una variedad de équido apta para la doma, por haber alcanzado un desarrollo socio-económico adecuado (agrícola-ganadero), y por poseer un paisaje (estepas con bosque mixto) en las que su uso como montura resultaba altamente beneficioso. Este hecho se podría haber producido antes del 4.000 a. C.

            De esta misma opinión era el gran hipólogo lusitano Ruy d´Andrade y dijo:

            “De hecho, nos demuestran los arqueólogos, aparecen caballos domesticados en las pinturas de abrigos del Levante español que se remontan al Mesolítico y, al Neolítico, aparecen ya montados, encontrándose de esa época, armas como la alabarda, que es un arma anti-caballería, el "dardo de arremesso" y la lanza contrapesada, "lanza de conto", que es de la época del bronce, así como el freno y las espuelas, todos ellos objetos de uso en la lucha ecuestre de la lanza esgrimida. Estos datos arqueológicos hacen, pues, remontar la equitación de la jineta, necesaria para la esgrima de lanza, a 4.000 años a. C., fecha en la que en parte alguna del Mundo se conoce haber ya caballos domesticados, mucho menos montados y aún menos conducidos con freno y espuelas, esto es ensillados para evolucionar con precisión”. (traducción libre del texto “Esgrima de Lança á Gineta”)  

            Otro texto que abunda en el mismo convencimiento es el siguiente: La existencia de caballos (Equus caballus) en los yacimientos anteriores, así como en otros contemporáneos de la provincia de Granada, plantea la posibilidad de una domesticación autóctona de esta especie en la Península Ibérica según el investigador alemán H. P. Uerpman, para el que habría que descartar una difusión de esta especie domesticada desde Oriente o Europa Central (La Historia de Almería, Vol. I La Prehistoria. Martínez C., Carrillero M. y Román M. Ed. Mediterráneo-Agedime. Madrid. 1998)

            Con los datos aportados en las últimas décadas por el yacimiento de Cova Fosca  (Ares del Maestre - Castellón), ya sabemos que en el Levante domesticaban caballos, ovejas, cabras y perros desde finales del Paleolítico (Epipaleolítico) y al cerdo y al toro, desde el Neolítico. (Carmen Olaria e Isabel Rubio, “El Neolítico en las comarcas Castellonenses” Ed. Cátedra SA, Madrid, 1988)

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DE SU DIFUSIÓN POR EUROPA

            Desde la Península Ibérica se habría comenzado a distribuir el corcel hacia el norte y este en tiempos remotos, muy probablemente junto con la expansión de la cultura megalítica. Tradicionalmente se consideró que la cultura megalítica procedía del este, sin embargo, hoy se sabe que las construcciones megalíticas occidentales son anteriores a las orientales.

            Durante mucho tiempo se tendió a ver en ello la influencia civilizadora de Oriente, donde ya era conocido este tipo de enterramiento.[...] A partir de la utilización del método del carbono 14, desde los años 60 quedó claro que las construcciones megalíticas occidentales eran más antiguas que las orientales; otros trabajos posteriores permitieron igualmente aislar de toda influencia oriental el nacimiento de la metalurgia en Europa. El más antiguo foco megalítico de la Península es el portugués, que se remonta al cuarto milenio a. de C. (María Luisa Ruiz-Gálvez Priego, 1988)

            No sería extraño que esta cultura se difundiera desde la Península Ibérica. Su difusión coincide con la aparición de las gramíneas cultivadas en el centro y norte de Europa, y podrían haberse distribuido desde la costa levantina española donde ya se cultivaban desde el 5.600 a. C.

            Entre los pobladores neolíticos de la Europa central y norte coexistieron dos actitudes opuestas hacia los caballos, al mismo tiempo eran piezas de caza y atributo de príncipes y reyes. Esto bien podría interpretarse como que, mientras el caballo nativo sigue siendo el tradicional objeto de la caza, hay unos pocos, adquiridos mediante el comercio con la Península Ibérica, por los que se tiene un extraordinario aprecio, siendo una ostentación del máximo rango su posesión.

            Para algunos autores la expansión del caballo doméstico por Europa central coincidió con la de la cultura conocida como de las “Hachas de Guerra”, que penetró en Alemania, procedente del sur de Rusia, sobre el 2.300 a. C. Esto parece coincidir con la expansión de la cultura Campaniforme que, procedente de la Península Ibérica, penetró en Alemania desarrollando una floreciente cultura que intercambiaba ámbar de la costa del mar Báltico por bronce, cerámica y collares del mar Mediterráneo. El vaso campaniforme también era considerado como un artículo de lujo.

            Según Zeuner: Con el Danubiano IV, la primitiva Edad del Bronce se desarrolla y disemina hacia el oeste y el norte. El pueblo de la cerámica campaniforme establece la nueva economía del metal trabajado y desarrolla el comercio por doquiera. Puede ser debido al comercio que el caballo viene a ser ahora una importante proposición económica, y que la cría del caballo se inicie a gran escala. 

            Fernando d´Andrade dice en su “Historie du Cheval Ibérique”: Il est probable que l´expansion de la civilisation connue comme celle du “vase campaniforme” se développant sur la Péninsule Ibérique pendant l´âge du bronze, trois millénaires avant J-C, et répandue sur l´Europe du Nord et du Centre, soit due á ce cheval.

            El perfil convexo de las razas pesadas europeas, que en España también se le conoce como perfil germánico, es muy probable que lo adquirieran de los caballos del sur de la Península Ibérica, ya que éste era uno de sus rasgos característicos.

            Fue Antonius el primero en sugerir un centro de domesticación separado en la Península Ibérica (aunque, para él éste sería el origen de los caballos pesados). De similar opinión era Staffe (1944), quien la englobaba con el noroeste de África. Zeuner dice: Asumiendo que el oeste fue indudablemente un centro independiente de domesticación del caballo, el problema cronológico salta a la palestra. Si el caballo doméstico estuvo presente en el Neolítico de la Península Ibérica, debería haber estado aquí considerablemente antes del 2.000 a. C., en un tiempo en que el resto del Mediterráneo todavía no lo había recibido.

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DE SU DIFUSIÓN POR ORIENTE

            La llegada del caballo doméstico a Europa central y norte no habría supuesto ninguna convulsión social o económica ya que al tratarse de zonas muy boscosas el caballo no podía desarrollar todo su potencial y disminuía mucho su valor como arma de guerra. Más bien se le tenía como un artículo de lujo, apto para el ornato y ostentación de las clases más poderosas que comenzaban a surgir junto con el comercio. Sin embargo, al llegar a las estepas del oriente europeo y occidente asiático provocaría un cambio radical y muy especialmente al encontrarse con el carro. Esto pudo ocurrir a orillas del mar Caspio, ya que en Mesopotámia venían usando el carro para uncirlo a bueyes y onagros.

            Isaac Asimov, en “La tierra de Canaán” (Alianza Ed. Madrid, 1983) lo narra así:

            Entre los primeros pueblos que poseyeron el carro y el caballo habría uno al que conocemos como los hurritas. Estos descendieron sobre el arco septentrional de la Media Luna Fértil desde las estribaciones de las montañas del Cáucaso, al norte del Tigris y el Éufrates, inmediatamente después de la muerte de Hammurabi, entraron en Canaán y la atravesaron...

            Por primera vez en la historia de Egipto, éste tuvo que enfrentarse a un enemigo proveniente del otro lado del Sinaí. No pudo resistir a los caballos, como no había podido hacerlo Canaán.

            El caballo pasó a convertirse en una indispensable fuerza bélica. A partir de entonces y hasta principios del siglo XX definiría la historia del mundo.

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DE LA TEORÍA CLÁSICA

            Esta teoría contrasta con la que comúnmente localiza la domesticación del caballo en la estepa ucraniana, al norte del Cáucaso. Algunos autores incluso creen haber encontrado evidencias en el yacimiento arqueológico de Dereivka, del 4.000 a. C., pero hay que darse cuenta de que de haber sido domesticado el caballo en Ucrania, en una edad tan temprana, su uso se habría extendido a la misma velocidad que él por todo Asia y norte de África, y el mundo civilizado de entonces tendría que haberlo conocido, inexcusablemente con mucha más anterioridad; bien lo habría adoptado como arma, ornato y medio de transporte, o bien habría sufrido las feroces cabalgadas de los pueblos invasores hartos de polvo y miseria y sedientos de sangre y riquezas, tal como ocurrió muchos siglos más tarde. En el texto de Asimov citado anteriormente nos relata cómo los hurritas, procedentes del Cáucaso, asolaron el Imperio Babilónico a la muerte  de Hammurabi, es decir sobre el 1.750 a. C., y efectivamente, en su famoso Código de Leyes no se menciona a los caballos, pero existe una carta, aparentemente escrita en tiempos de su sucesor, Samsulluna, en la que narra como por aquel tiempo hubo grandes movimientos de gentes, que trajeron muchos caballos a Mesopotamia (Zeuner).

            Otro tanto habría ocurrido en Egipto. Los egipcios divinizaron a muchos animales, desde el humilde escarabajo al hipopótamo o al buitre. De haber llegado el caballo en una época más temprana, cuando se estaba fraguando su religión, lo hubieran puesto en sus altares, pues resulta imposible de creer que, de haberlo conocido, no divinizasen a un animal tan "adorable".

            Parece ser que las sucesivas oleadas bárbaras, procedentes de las estepas de Asia occidental, sufridas por Oriente Medio y por Europa están directamente relacionadas con "su" descubrimiento del caballo doméstico y "su" dominio de la equitación.

            El hecho de que Europa haya sufrido tantas invasiones de pueblos jinetes desde Oriente, ha influido poderosamente en nuestras cabezas, a la hora de suponer un origen a la equitación.

            La razón por la cual tardó tanto tiempo en difundirse el caballo y la equitación desde la Península Ibérica es porque, al no ser posible el transporte marítimo de caballos, en aquella época, necesariamente tenía que hacerlo a través de Europa, y esta región, durante el Neolítico, era un extenso y denso bosque, con muy escasa población, circunstancias que no permitieron a aquellos europeos aprovechar las ventajas del caballo como sí lo hicieron los pueblos de las estepas, cuando lo conocieron.

            Cuando los ibéricos llevamos a los caballos a América éstos se extendieron por todo el continente, desde la Patagonia al Canadá y sin embargo no se encuentra en la selva del Amazonas. Esto no es tanto por razones climáticas como por la inoperatividad del caballo en los bosques.

            Curiosamente fue a Portugal y a España, cuna del caballo doméstico, a quienes les correspondió el honor de devolverle a su tierra de origen, a América, donde, por algunos siglos, pudo recuperar su estado salvaje y galopar por todo el continente sin límites. 

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DEL CABALLO BERBERISCO Y DEL ÁRABE

             El caballo no es un animal propio de climas desérticos. Con el clima actual, las únicas zonas aptas para mantener una población de caballo silvestre, en el norte de África, sería la zona comprendida al norte de la línea que une Sidi Ifni (Marruecos) con Sfax (Túnez), por encima del Atlas argelino, otra zona en los alrededores de Trípoli y otra en los alrededores de Bengasi. En estas áreas hay un clima estepario y marítimo seco, pero al sur hay clima desértico. Por otra parte sabemos que el actual aspecto desértico del Sahara es, en parte, un fenómeno reciente. Hace ocho mil años, durante la regresión de la última glaciación, el Sahara tenía un clima templado pero ha ido evolucionando a seco y esta crisis se agudizó a partir del siglo II después de Cristo, alcanzando la crisis climática su momento decisivo entre los siglos V y X, pasando de una facies esteparia a una facies desértica, exceptuando el desierto de Libia, que es de origen más antiguo. 

            Para Roma, Berbería y Cirenáica fueron, junto con Iberia y Egipto, el granero de su imperio. Herodoto nos describe su paisaje así:  Esta comarca y el resto de Libia en dirección a Poniente están más pobladas y más cubiertas de bosques que las de los nómadas. Pues la Libia oriental en donde habitan los nómadas es baja y arenosa hasta el río Tritón; pero la que está al occidente de este río y habitada por agricultores es muy montañosa, muy arbolada y llena de animales salvajes”(CXCI) “En el interior de Libia el país es desértico, sin agua, sin animales, sin lluvias, sin bosques, desprovisto de cualquier clase de humedad”(XXXII)

            Teniendo en cuenta estos antecedentes y el hecho de que al día de hoy, y desde tiempos remotos, existe en esa zona una población caballar, conocida como bereber o berberisca, parece lógico pensar que en la antigüedad también existieron caballos silvestres en el norte de África. Sin embargo, sabemos que al final del Pontiense (hace 7 millones de años), ya en el primer periodo del Pleistocénico (Placenciense) se vuelve a abrir el Estrecho de Gibraltar y queda configurado con su aspecto actual. El équido que habitaba a ambos lados del Estrecho en aquella época era el Hiparión brachypus o Pliohippus, similar a una cebra con apoyo en un solo dedo y dos atrofiados. Los verdaderos caballos aparecen en Europa en el interglacial Günz-Mindel, hace aproximadamente medio millón de años. De haber llegado al norte de África lo tendrían que haber hecho a través de Oriente Medio y Egipto y sin embargo, en estas zonas se desconocía al caballo. Hay algunos datos que refuerzan esta teoría, como por ejemplo, que en Crimea, durante el Musteriense (180.000-140.000 a. C.), los animales a los que el hombre daba caza eran el corzo, el íbice, la oveja salvaje, la saiga, el  ciervo y el asno salvaje; destaca el asno, del que se encontraron 60.000 huesos y dientes en el yacimiento de Starosl´ye. Que los sumerios (5.000 a.C.) no conocían al caballo, sin embargo usaban al onagro para arrastrar pesados carros militares. (Lara). Que, como narra J. Pijoan en su Historia del Mundo (Salvat Ed. 1950 t.I) “Resulta evidente, de algunos fragmentos del Zend-Aresta que cuando los arios llegan a Persia (al comenzar el segundo milenio antes de Cristo) los únicos animales que tenían domesticados eran el perro y la vaca, y acaso el gallo. Que los egipcios no conocieron al caballo hasta después del imperio medio tebano (1.660 a. C.)”

 ¿Pudo ser que se extinguiera en Oriente Medio y Egipto y quedara una población aislada en el norte de África? ¿Sería posible que habiendo evolucionado separado del resto de la población mantuviese un parecido tan grande con el caballo ibérico?  Sin duda es un asunto que la arqueología terminará por dilucidar, pero hay suficientes razones como para sospechar que África no contaba con poblaciones de caballos silvestres, sino de asnos y, por lo tanto los caballos berberiscos descenderían de caballos europeos y asiáticos llevados por la mano del hombre. Sin embargo nos encontramos con argumentos contradictorios, como los siguientes: en la región del Tibesti (Chad) aparecieron unas pinturas rupestres en las que se distinguen carros de un eje tirados por una pareja de animales al galope. Las pinturas parecen pertenecer a una cultura neolítica. De esto se podría deducir que en la región del Sahara existían caballos en el Neolítico, y no sólo esto, sino que además ya conocían la doma y el carro. Sin embargo esta conclusión puede ser errónea, pues si analizamos este asunto minuciosamente vemos lo siguiente: el Neolítico es un termino convencional, es la época anterior a la era de los metales, pero su datación varía mucho según las zonas y culturas que las habitaban. Así, por ejemplo, en Australia y en la Polinesia ésta era duró hasta hace apenas dos siglos, mientras que en Europa la rebasaron en el 2.000 a.C. En África la Edad de Piedra final (Paleolítico Superior) se extendió hasta la Edad de Hierro (pocos siglos antes o después de Cristo, según las diversas zonas) o incluso hasta tiempos históricos. Por otra parte sabemos que los egipcios conocieron al caballo y al carro con la invasión de los Hicsos, en 1650 a.C. y que fueron expulsados por Ahmés en 1580 a.C. Una vez libres de los invasores y dueños de la nueva tecnología del caballo y el carro, es muy probable que mandaran expediciones a las zonas de su entorno (o que fuesen los garamantes, como luego veremos) y que llegasen a la zona del Tibesti, en donde sus primitivos habitantes intentaron retratarlos en las paredes de sus cuevas. Si nos fijamos en estas pinturas rupestres nos daremos cuenta que los animales allí representados, como vacas y jirafas, están retratados con mucha destreza, a pesar de la sencillez de los trazos. Los carros también están perfectamente dibujados y sin embargo, las parejas de animales que los arrastran  están tan burdamente pintados que es imposible reconocer en ellos al caballo. En realidad parecen más unas jirafas de cuello corto, y esto, sin duda es así, porque esta gente era la primera vez que veían a los caballos y por ello no fueron capaces de darles el realismo que acostumbraban dar a las especies nativas. Así pues, contrariamente a lo que pudiera creerse en una primera y precipitada conclusión, estas pinturas pueden corroborar que el caballo era desconocido por los habitantes del Tibesti.

             Según Herodoto (siglo V a.C.) los garamantes de Fezzán (Libia) eran agricultores sedentarios que utilizaban carros tirados por caballos: “Dan caza estos garamantes a los etíopes trogloditas con carros arrastrados por cuatro caballos”y este hecho se verificó en el siglo XX gracias a un descubrimiento de arte rupestre en el Jabal Akakus en el Fezzán occidental y en el Jabal al-Urraynat cerca de la frontera de Egipto. Sin embargo, estas pinturas no han de ser muy antiguas ya que los garamantes no disfrutaron del caballo hasta el año 900 a. C.

            Hoy en día se da por asumido que el caballo no existía en África, pero aquí se plantea otra incógnita y es que si los egipcios no conocen al caballo hasta el siglo XVII a.C., y los garamantes hasta el año 900 a. C., cuando los fenicios fundaron Cartago (1.900 a.C.) o Trípoli (1.800 a.C.) no los encontrarían. Puede ser que los llevasen ellos y lo más lógico (por la proximidad, cantidad y calidad de sus caballos) es que los aportasen desde sus colonias ibéricas como Almuñécar, Adra, Málaga o Cádiz. De ser así, se explicaría la similitud entre el caballo ibérico y el bereber.  

            Tampoco hay que desdeñar la posibilidad de que fuesen los navegantes tartessios los que introdujesen por primera vez al caballo en África, ya que, como dice el Prof. García Bellido en "Historia de España" (Pág. 291): Sería absurdo sostener que los tartessios - a quienes hemos visto poco antes mantener estrechas relaciones marítimas con Bretaña, las Islas Británicas e Irlanda, antes de los fenicios - no estuviesen capacitados para navegar hacia el Sur, a lo largo de las costas mauritanas y hasta parajes muy alejados; tanto por lo menos, como lo está Cádiz de Irlanda. Y en la página 293 cita a Poseidonio, el cual describe sus embarcaciones: "a los que llaman caballos, a causa de la figura de sus proas"

            Curiosamente, en una de esas antiguas colonias fenicias se constituyó el Imperio Cartaginés, que rivalizó con el romano por el control del Mediterráneo y que hizo de su caballería una de las mejores de la antigüedad. Con respecto a las poblaciones de animales y los cartagineses, cabe recordar que en su tiempo los elefantes eran comunes en Berbería, hasta el punto que Aníbal los usaba en sus ejércitos, y sin embargo, hoy están extinguidos. Y que el animal más emblemático del Sahara, el dromedario, no existía, ya que fue introducido por Séptimo Severo a finales del siglo II.

                 Los griegos debieron influir en el desarrollo de la raza berberisca .En la Historia del Mundo (Salvat ed.) de Pijoan J., encontramos lo siguiente:

            “... en el siglo IX a C, que es cuando escribe Homero, el caballo debía ser muy común en Grecia, pero en la Iliada aqueos y troyanos no montan a caballo sino en ocasiones especialísimas. No tienen caballería; tan solo emplean los caballos para uncirlos a los carros de guerra; Los troyanos son designados con el epíteto "domadores de caballos"; en contraposición, a los aqueos se les llama "destructores de ciudades". Todo hace creer que la tan ponderada riqueza de los troyanos era resultado del comercio que hacían con los caballos”.

             Los griegos instalaron colonias comerciales en el Mediterráneo y criaron caballos en ellas.            “...Cirene, ,(Shabbat, Libia) en Africa una colonia de los dorios, era famosa por su suelo fértil favorable para la cría de caballos".

Los griegos admiraban al caballo ibérico y a sus jinetes. Era tenido como el mejor  de la época mitológica griega (Homero, Ilíada, más de 1000 a.C.).Durante la Guerra del Peloponeso, Dionisos de Siracusa ofreció 50 jinetes mercenarios iberos a Jenofonte, para ayudar a los espartanos contra los atenienses (Jenofonte, Las Helénicas, vol VII, 369 a. C.). Si eran capaces de transportar por mar, a 50 iberos con sus respectivos caballos desde Iberia hasta el Peloponeso, hay que concluir varias razones:

            -El transporte de caballos en barco, incluso a largas distancias era factible para los griegos del siglo V a. C. (ya lo habría sido para los fenicios)

            -La caballería ibérica tendría algo muy especial para llevarla hasta tan lejos y ser suficiente en tan reducido número (se ganó la batalla).

            -No encontraban jinetes ni caballos comparables en lugares más próximos.

Si estas conclusiones son acertadas, es lógico suponer que no sólo transportasen caballos ibéricos con fines bélicos y que no sólo los importasen a Grecia, sino también a sus colonias asiáticas y africanas.

            De ser así, el caballo bereber procedería, primordialmente, del caballo ibérico, tanto por influencia tartessia, fenicia o griega . Publius Vegetius (siglo IV a. C.) en su Mulomedicina nos dice: Los caballos africanos de sangre hispánica sobrepasan a los demás en velocidad.

 

            En cuanto al origen del árabe, parece estar mucho más claro que desciende de animales domésticos importados en época histórica. No hay que olvidar que el comercio en la antigüedad era muy fluido y que influyó mucho en la distribución de los animales domésticos, especialmente donde no existían de manera natural, por no encontrar competidores. Sirva como curioso ejemplo el texto siguiente:

[..] A partir del siglo I de la era cristiana (tras la expedición romana de Aelius Gallus, procónsul de Egipto, ordenada por Augusto en el año 26 a. C., que alcanzó las puertas de Márib, capital de Sabá ), el comercio se hizo por mar. Naves romanas con tripulaciones griegas recalaban en los puertos sudarábigos, desde donde transportaban los aromas sudarábigos y las especias de la India con menos peligro y menos coste hasta el puerto de Berenice en Egipto, y desde allí por tierra hasta la ciudad de Koptos, y por el Nilo en barco hasta Alejandría. El manual de comercio del siglo I para el mar Rojo y el océano Índico, conocido como “Periplo del mar Eritreo”, nos informa de los artículos que las sociedades sudarábigas importaban. Estos eran principalmente textiles y vestidos, oro, estaño y cobre, coral, perlas, estoraque, trigo, arroz, vino, aceite de sésamo y esclavos; mercancías de lujo como caballos, estatuas y objetos de plata para la corte. [...] “El País de la Reina de Saba, tesoros del antiguo Yemen”. Felipe Maíllo Salgado (Pág. 15)

            A poco que reflexionemos sobre este texto tenemos que concluir que el hoy tan afamado caballo árabe y supuesto ancestro de tantas razas no existía en el siglo I, ya que como dijo Fernando del Pulgar “porque así como ninguno piensa en lleuar fierro a la tierra de Vizcaya, donde ello nasce...”...a ningún comerciante romano se le pasaría por la cabeza llevar caballos a donde con tanta calidad se crían. Sin duda la Península Arábiga tampoco entraba en la distribución natural de la especie y , por tanto hay que pensar que la actual raza árabe es fruto de la recría de caballos domésticos europeos. Posiblemente al haberse criado fuera de su hábitat, de una manera artificial, muy dirigida por el hombre, con un alto grado de aislamiento y con una fuerte endogamia, se haya producido una raza tan peculiar, homogénea y de tanta preponderancia genética.

            Con frecuencia se oye hablar del caballo como un animal propio del desierto, lo cual no es cierto en absoluto. Los animales propios de los desiertos arenosos tienen pies almohadillados, adaptados para caminar en la arena sin hundirse, como por ejemplo el dromedario y el camello. Los équidos que tienen por hábitat los desiertos pedregosos sí que tienen pies duros, pero suelen poseer grandes orejas tanto para oír a largas distancias como para facilitar la regulación de la temperatura corporal, como ocurre con el asno salvaje, el emión, el onagro o el kiang.

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DEL ORIGEN DE LAS RAZAS AUTÓCTONAS IBÉRICAS

             Es muy probable que ya en el Neolítico se fijasen las diferencias entre los distintos tipos que se aprecian en la actualidad; en la zona cantábrica, adaptado al clima atlántico, con abundantes pastos pero de bajo poder nutricional y mineralmente pobres, relieves abruptos, climas suaves y lluviosos, que le obligan a adoptar formas pequeñas, ventrudas y de perfil sub-cóncavo. En la meseta, adaptado a estepas y faldas de montaña, con clima continental, pastos menos abundantes pero muy nutritivos y de gran riqueza mineral, que desembocan en un tipo de caballo de tamaño medio, perfil recto, con una osamenta de gran calidad y gran vigor. En la zona bético-mediterránea, adaptado al clima mediterráneo, pastos abundantes y de riqueza mineral variable, que produce un tipo de caballo de mayor talla que los dos anteriores , de capa más clara y con perfil sub-convexo.

            Durante el Neolítico, el hombre ibérico comienza a despegarse de su nicho ecológico y a crearse su propio entorno, dominando la naturaleza, mediante la agricultura y la ganadería. Aunque el cambio ha sido lento y progresivo, y por tanto es muy difícil definir el momento en que el ser humano deja de ser una especie más de las muchas que conviven en el orden natural, es evidente que en esta época ya es capaz de abstraerse parcialmente del rigor de la Naturaleza interponiendo técnicas suficientemente desarrolladas, como la construcción de viviendas, la producción de cereales, el ensilado de alimentos, la cría de ganado, la elaboración de textiles y cerámica, etc... Con ello logra una mayor estabilidad y abundancia en la obtención de alimentos, lo que le permite un aumento demográfico que no ha parado hasta nuestros días. Por otro lado se ve obligado a un cierto sedentarismo en las zonas más adecuadas para llevar a cabo el nuevo sistema de vida. Esto propicia que, ya en aquel tiempo, comience a haber zonas más humanizadas (alteradas) y otras que se conservan en su estado natural. La fauna, especialmente la de los grandes herbívoros sufre estos cambios en tres vertientes: una por la ocupación progresiva de sus pastos para la producción agrícola , otra por el aumento de la presión cinegética debido al incremento poblacional, y otra por la aparición de animales domésticos.

            No es el objetivo de este escrito hacer un análisis histórico de la evolución de la sociedad humana en la Península Ibérica y su influencia en el equilibrio natural, pero sí resaltar que ya en esta época comienza un proceso que, andando el tiempo desembocará en diversas fracturas en las poblaciones naturales de los grandes herbívoros, que al permanecer aislados en sus, cada vez más pequeños reductos, comienzan a evolucionar independientemente.     

            Este sería el origen de las razas autóctonas, al que hay que sumar una serie de circunstancias que, a lo largo de su historia las han influido, en mayor o menor grado.

            En la Península Ibérica el proceso ha sido muy lento, ya que se mantuvieron poblaciones salvajes hasta tiempos históricos (los romanos les llamaban Equus silvicolensis) , hasta el siglo XVI existieron las míticas encebras, y aún hoy en día se mantienen poblaciones caballares en estado semi-silvestre.

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SOBRE EL CONCEPTO DE RAZA.

             Según Rodero, E. y M. Herrera (1998) “Las razas son poblaciones que se distinguen por un conjunto de caracteres visibles exteriormente, que están determinados genéticamente y que se han diferenciado de otras de la misma especie a lo largo de proceso histórico, teniendo en cuenta que se han originado en un área determinada con un ambiente común.”

            Para Denis (1982) las razas, en su transcurso histórico pasan por los siguientes tipos:

-         Subespecies geográficas, previas a la domesticación.

-         Razas primitivas, con limitada intervención del hombre.

-         Razas naturales, etapa de transición a las actuales.

-         Razas actuales, intensa intervención humana pero conservando el carácter regional.

-         Razas mejoradas, que tienen proyección internacional.

 

            En este proceso se parte de unas razas, que lo son por selección natural (por adaptación a las condiciones ambientales) y se llega a unas razas “mejoradas”, fruto de una selección artificial (por adaptación al criterio y a las necesidades de la sociedad)

            Hay autores que tratan indistintamente a unas razas y otras, sin tener en cuenta que, mientras que unas están en los primeros estratos y por tanto deben sus características a un proceso de adaptación al medio durante miles de años, otras son fruto de manipulaciones humanas en busca de tipos económicamente rentables o por simple capricho. Mientras que las primeras tienen un gran valor genético y etnozoológico, que las hace irreemplazables, las últimas se pueden recrear, siempre que se cuente con ejemplares de las razas de las que proceden.

            Por otra parte, las razas mejoradas dependen totalmente de la protección humana y cuando las circunstancias económicas que han provocado su aparición cambian, éstas desaparecen con rapidez. Razas que hace unas décadas eran muy buscadas, hoy han dejado de criarse. Sin embargo, las razas primitivas no tienen dependencia del ser humano y han sido capaces de sobrevivir allí donde el hombre se lo ha consentido, de forma similar a como lo han logrado los ciervos, jabalíes o lobos.

            Hoy nos encontramos con “razas” que, partiendo de las primitivas se las cruzó con caballos españoles que les proporcionasen la alzada y cualidades para cubrir las necesidades militares de aquélla época. Posteriormente y para dar servicio a la agricultura y a los tranvías urbanos se las ha cruzado con sementales percherones y belgas, y cuando el motor de explosión desplazó a los caballos de estos menesteres se ha procedido a cruzar las yeguas con pura sangre inglés para crear una raza deportiva. Hoy cuentan con sus respectivos Libros Genealógicos y el respaldo de asociaciones de ganaderos y entidades públicas por lo que, desde el aspecto jurídico-administrativo son razas de pleno derecho, pero estas razas mejoradas ¿tienen el mismo valor que las razas primitivas? Por poner un ejemplo, es como si comparásemos una repoblación forestal de pinos o eucaliptos con un antiguo bosque autóctono. Desde el punto de vista económico, es posible que tengan más valor las repoblaciones, pero no así desde los puntos de vista botánico, genético, paisajístico, medio-ambietal, histórico, recreativo, cinegético, micológico etc.

              A nuestro entender, no se pueden considerar indistintamente y, mientras que a las primitivas, por ser ramas próximas al tronco originario, se las debe considerar como razas, a las últimas se las debería considerar como variedades, tipos o sub-tipos.

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LAS RAZAS CABALLARES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA.

            Analizando los estudios referentes al origen de las razas caballares de la Península Ibérica, la mayoría de los autores consultados achacan el origen de nuestras razas a las importaciones realizadas por algunos de los muchos pueblos que se establecieron aquí.

            En algunos casos porque los autores son foráneos y tienen una visión parcial del asunto, y en los demás, porque son peninsulares y, como decía Ruy d´Andrade: Com a velha mania ibérica de que só é bom o que de fora nos vem, a galinha da vecina sendo sempre melhor do que a minha, nâo só adoptamos, sem raciocinar, tudo o que nos impignem, como desprezamos tudo o que tenemos, e, se alguma coisa se mostra tâo boa que a nâo podemos desprezar, todos nos empeñamos em procurar – lhe uma possível paternidade estrangeira que lhe confira o valor que apresenta

             Los pueblos preferidos para responsabilizarles de dichos orígenes son los celtas, para las razas de jacas cantabro-pirenaicas y los íberos y árabes para el caballo hispano y lusitano. La mayor parte de los autores no consideran la posible intervención de otros pueblos como fenicios, cartagineses, griegos, romanos vándalos, alanos, suevos, o visigodos.

             El caso más llamativo es el de los romanos, ya que habiendo sido el pueblo que más tiempo nos ocupó, que más transformó a las sociedades nativas, que más se preocupó del desarrollo agrícola y ganadero, que propició un intenso comercio entre la Península Ibérica y la Itálica, así como con el resto del Imperio, podría haber tenido su cuota de responsabilidad en este asunto. Sin embargo parece que no influyeron en las razas cabal